No le den el Nóbel… ¡es de derechas!

No le den el Nóbel… ¡es de derechas!

Johan Norberg

El premio Nóbel de literatura a Mario Vargas Llosa ha escandalizado a la izquierda sueca, ya que no es “uno de los nuestros”.
“Estoy algo enojada”, afirmó la crítica literaria sueca Ulrika Milles durante la retransmisión de la televisión sueca del anuncio del premio Nóbel de literatura de 2010. La élite cultural del país se dio cuenta inmediatamente de que se había producido un error en el proceso de votación de la Academia Sueca: el ganador, Mario Vargas Llosa, ya no es socialista. “Le perdí cuando se hizo neoliberal”, se quejó Milles. Muchos compartieron esta opinión.

Personas que nunca mostraron ninguna preocupación acerca de las inclinaciones políticas de otros ganadores del Nóbel (como Wisława Szymborska, autora de poesía aduladora sobre Lenin y Stalin; Günter Grass, que alabó la dictadura cubana; Harold Pinter, que apoyó a Slobodan Milošević o José Saramago, que llevó a cabo purgas de antiestalinistas del periódico revolucionario del que era editor) tuvieron la impresión de que la Academia Sueca había, finalmente, cruzado el límite. Al parecer, las tendencias políticas de Mario Vargas Llosa deberían haber descartado su candidatura para cualquier tipo de premio. Al fin y al cabo, es un liberal clásico al estilo de John Locke y Adam Smith.

Periodistas y autores de la izquierda sueca, partidarios del estatismo, indicaron que Vargas Llosa se convirtió en un “traidor” durante los 80, cuando renunció al socialismo e incluso se presentó a las elecciones presidenciales del Perú con una agenda liberal. Sugirieron que probablemente su estilo de vida privilegiado, fruto de su éxito como escritor, minó su capacidad de sentir empatía y ser solidario con los pobres y oprimidos.

En el periódico más relevante de Suecia, Aftonbladet, las opiniones de tres escritores el día después del anuncio del premio fueron extremadamente críticas. Uno de los autores indicó que el premio suponía una victoria de la derecha sueca. Otro, que lo era de la derecha latinoamericana autoritaria. También se calificó a Vargas Llosa no solo de neoliberal sino también de machista (Vargas Llosa no sabía que hoy en día solo las escritoras pueden escribir sobre sexo. Al parecer, si lo hace un hombre es porque tiene mal gusto y es chauvinista).

Martin Ezpeleta, de Aftonbladet, afirmó incluso que el premio representaba una victoria para el racismo, ya que Vargas Llosa escribió en una ocasión un ensayo crítico acerca de la ideología del multiculturalismo. Ezpeleta prefirió ignorar el hecho de que el artículo también apostaba por una política inmigratoria más abierta, hasta que sus afirmaciones fueron rebatidas y se vio obligado a omitir con disimulo su acusación de racismo y pretender que nunca se había producido.

Fue Flamman, un periódico muy izquierdista, el que sugirió calma a sus correligionarios. Según el periódico, Vargas Llosa es, en efecto, un liberal, pero también es un escritor genial y una “elección excelente” para el premio Nóbel. Ciertamente, lo es. Incluso si uno odia los mercados, el libre comercio y otras cosas de las que Vargas Llosa se declara partidario, es difícil negar que es uno de los mejores narradores de nuestro tiempo.

Vargas Llosa ha escrito algunas historias sencillas, algunas incluso irrelevantes, pero novelas como La fiesta del chivo y La guerra del fin del mundo son obras ambiciosas de un tipo que ya no se estila, en unos tiempos en los que la mayoría de escritores solo tiene paciencia suficiente para compartir con su público sus bares favoritos y sus trágicas historias de amor. En sus mejores momentos, Vargas Llosa es la respuesta literaria a los científicos de la teoría de cuerdas: gestiona más dimensiones de las que podemos experimentar con nuestros sentidos. Como Víctor Hugo, encapsula una era o la tragedia de un país en unos pocos capítulos, pero como los mejores escritores de intriga, también nos mantiene en suspense con tramas dramáticas. Como los grandes escritores rusos, es capaz de administrar un gran número de personajes, cuyas relaciones, conversaciones y su desarrollo interno generan el auténtico escenario de la historia.

Vargas Llosa fluye entre estas dimensiones, cambia la narrativa y el tiempo para contar la historia desde distintos ángulos y hacerla más completa y, a la vez, más compleja. Su técnica es elaborada pero, simultáneamente, accesible y de fácil lectura: irresistible. Puede caracterizar de manera seria e importante los personajes más irrelevantes, y escribe acerca de la miseria y la tragedia humana en tonos humorísticos e irónicos.

Sin embargo, antes de que se dejen llevar y concluyan que Vargas Llosa es un justo merecedor del premio… ¿les he comentado que ya no es socialista? Lo fue: durante un tiempo apoyó la revolución cubana y fue un comunista convencido. Vargas Llosa cambió no porque dejara de simpatizar con los pobres y oprimidos, sino porque todavía lo hacía cuando otros empezaron a identificarse más con los revolucionarios que con aquellos por los que se llevaba a cabo la revolución. Vio a Castro perseguir homosexuales y encarcelar a la disidencia: mientras otros socialistas miraban hacia otro lado y argumentaban que el fin justifica los medios, Vargas Llosa empezó a cuestionarse las razones por las que la realización de sus ideales se parecía más a un campo de internamiento que a una utopía socialista.

Es en ese punto en el que el autor empezó a gestar la idea de que la acumulación de poder y riqueza en manos del Estado conduce al autoritarismo, y que las barreras comerciales, las normativas y la ausencia del derecho a la propiedad protegen a los poderosos e impiden a los pobres iniciar proyectos comerciales y vitales propios. Se convirtió en un liberal clásico, enfrentado permanentemente a la corrupción y al autoritarismo sin importarle con que guisa se camuflen, ya sea como juntas militares, mercantilistas de derechas o dictadores socialistas. Alzó la bandera a favor de la lucha en pro del imperio de la ley y del derecho a la propiedad de los pobres y los oprimidos.

Los intentos de caracterizar a Vargas Llosa como un simpatizante de la derecha autoritaria y conservadora en Latinoamérica producen vergüenza ajena. La única prueba que el artículo de Aftonbladet presenta es su apoyo a la candidatura de Sebastián Piñera en las últimas elecciones presidenciales chilenas. Este argumento no tiene sentido: Piñera es un político de carácter democrático y moderado que ha combatido la tradición autoritaria de la derecha chilena, y que votó en contra de Pinochet en el referéndum sobre su régimen en 1988.

Los intentos de Vargas Llosa de medir con el mismo rasero a todos los gobernantes hacen que las críticas acerca de su traición a la izquierda sean tan reveladoras: muchos intelectuales han condenado las dictaduras de derechas de Perú y Chile, y muchos han criticado los regimenes dictatoriales de izquierdas en Cuba y Nicaragua. Muy pocos han, como Vargas Llosa, mostrado su oposición a ambos.

Si eso es un ataque a la izquierda, lo es porque esta ha puesto todas sus esperanzas en generaciones sucesivas de caudillos como Castro y Chávez. Los que insisten en que las normas de la democracia deberían aplicarse a sus héroes se convierten en traidores, rajados, conservadores. Vargas Llosa encarna un papel muy desagradecido: el del esclavo en el carro de la victoria, que entre susurros recuerda al poderoso la temporalidad de la gloria, la propia mortalidad. Como una vez comentó: “Por razones que se me escapan, aquellos que defendemos la libertad de expresión, las elecciones democráticas y el pluralismo político en Latinoamérica somos tachados de conservadores por sus intelectuales”.

Los intentos de politización de un premio literario y la exigencia de que los autores sean izquierdistas con carné del partido no son muy esperanzadores. Sin embargo, es posible que los críticos tengan algo de razón: quizás no es posible separar las novelas de Vargas Llosa de sus opiniones políticas, su obra literaria de su fe en la libertad. En un ensayo acerca de la escritura, escribió: “la literatura de calidad es radical, y nos presenta interrogantes radicales sobre el mundo en el que vivimos”. También afirmó que la literatura es “el sustento de los espíritus rebeldes, el promulgador de disconformidades”.

Se podría incluso decir que la Academia Sueca comparte la misma opinión, ya que otorgó a Vargas Llosa el premio “por cartografiar las estructuras del poder y por sus incisivas representaciones de la resistencia, revolución y derrota del individuo”. La diferencia entre él y sus adversarios, sus otrora amigos, radica en que Vargas Llosa se toma ese poder y esa capacidad de resistencia muy en serio. Para él no son solo ficción.


Johan Norberg es periodista y escritor sueco. Es el autor de Financial Fiasco: How America’s Infatuation with Home Ownership and Easy Money Created the Economic Crisis (El fiasco financiero: cómo la pasión inmobiliaria y crediticia norteamericana causó la crisis económica).
Título original: Don’t Give Him the Nobel – He’s Right-Wing!
© Dr. Johan Norberg
Cortesía de: JN y Spiked-online (http://www.spiked-online.com)
Traducción de: Jo Serra

Referencia:
Norberg, J. No le den el Nóbel… ¡es de derechas! PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, http://www.portvitoria.com