Occidente, libre de deudas culturales

Occidente, libre de deudas culturales

Fernando R. Genovés

Desmontando viejas leyendas que reinventan y falsifican la sustancia y la historia de la civilización occidental, haciéndola depender, no de sí misma, sino de fuerzas exógenas y culturalmente extrañas, incluso hostiles

La caída de Roma fue, en gran medida, cosa de Roma” Adrian Goldsworthy
“En la Edad Media, el Islam no se helenizó, del mismo modo que Occidente no se islamizó.» Sylvain Gouguenheim

La civilización caída, se levantó por su propio pie
El azar, o acaso la no siempre discernible necesidad, allegan a mi mesa de trabajo dos libros de análisis histórico de distinto calibre y argumento, si bien ambos plantean un propósito común: refutar la imagen creada por una amplia sección de la historiografía y que presenta a Occidente como una civilización sin alma propia; dependiente de otras culturas externas para existir; que no se basta a sí misma ni se ha hecho a sí misma, ni para crear o crearse ni siquiera para entrar en decadencia y caer{1}. Los textos valientes y formidables a los que aludo son La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente de Adrian Goldsworthy{2} y Aristóteles y el Islam. Las raíces griegas de la Europa cristiana de Sylvain Gouguenheim.{3}

A lo largo de generaciones, la Historia de la humanidad suele transmitirse tan plagada de embustes y tergiversaciones que llega a parecerse más a un cúmulo de leyendas que a una fiel crónica de acontecimientos. A menudo, semejantes desviaciones de la realidad y de los hechos son debidos a falta de documentación y rigor, a negligencia e incompetencia en la investigación. Pero, no faltan tampoco casos en los que las ficciones y reinvenciones provienen de intereses espurios, vengan de la mano de la tendenciosidad culturalista e ideológica, o bien de simples prejuicios presentados con un presunto armazón científico. Sobran los ejemplos en casi todos los campos: muchos desafueros en el arte han cobrado prestigio actuando en nombre de las «Vanguardias» o las «Nuevas tendencias», bastantes calamidades en literatura pasan por «licencias poéticas» o «experimentalismo» y, en fin, al salvoconducto sin fronteras que legitima no importa qué análisis o explicación le llaman «lectura» o «interpretación». A la vista de la impunidad intelectual vigente, del multiculturalismo rampante y de las mitificaciones autorizadas en detrimento de la racionalidad científica, hoy más que nunca urge separar el grano de la paja e identificar con nombre y apellidos el mensaje fraudulento.

Al césar lo que es del césar
A propósito de Roma, en foros modernos y manuales de Historia, suele difundirse la noticia de que el Imperio romano entró en decadencia y se derrumbó como consecuencia principal de la presión y los asaltos que le infligieron las tribus bárbaras; esto es, como consecuencia de una fuerza externa superior a ella. Un declive puesto de manifiesto en el siglo II de nuestra Era y que culmina en el VII. No faltan, sin embargo, pruebas y argumentos muy solventes y convincentes favorables a explicar el ocaso de Occidente como resultado, en última instancia, de causas internas. ¿Cómo comprender la naturaleza de tan profunda disparidad?

A fin de dar razón de este hecho fenomenal que todavía concita el interés de estudiosos, y público en general, Adrian Goldsworthy ha compuesto su reciente trabajo, titulado originalmente The Fall of the West. The Death of the Roman Superpower, con una precisión e intención hurtadas en la versión en español. Adrian Goldsworthy no es un desconocido entre nosotros, tampoco un advenedizo, un autor de nueva ola, uno más empeñado en hacer su particular aportación a la Historia o a la novela histórica. Doctor en Historia, formado en las selectas aulas de Oxford, y dedicado durante bastantes años a la enseñanza en varias universidades, Goldsworthy es en la actualidad un reconocido especialista en el mundo romano de la Antigüedad, al que ha dedicado, entre otros, los siguientes libros: El ejército romano, La caída de Cartago: las guerras púnicas, Grandes generales del ejército romano y, más recientemente, el muy celebrado César: la biografía definitiva. En el momento presente, ultima una biografía conjunta de Antonio y Cleopatra.

¿Por qué sigue fascinándonos de manera tan poderosa la caída del Imperio romano? Quizás porque se trata de un acontecimiento, en el fondo, incomprensible, protagonizado por un Estado de enorme extensión y una longeva hegemonía en el mundo conocido por entonces. Desde el Próximo Oriente hasta Britania, una forma de vida basada en el honor, la gloria y el derecho imperó durante siglos entre pueblos muy diversos, los cuales en muy raras ocasiones se resistían a ser romanizados, o pugnaban por dejar de serlo.

De hecho, durante siglos, especialmente en las proximidades de la frontera del Rin, no pocos pueblos bárbaros decidieron instalarse cerca del limes a fin de comerciar y tratar con Roma, aportando hombres para las legiones y solicitando a cambio oro, provisiones y armas, cuando no protección sin más frente al asalto y acoso de otras hordas bárbaras. Cuando podían burlar los controles de las legiones apostadas en la frontera, saltaban la línea de demarcación y se instalaban a este lado del mundo. «Pasarse al Oeste», vale decir, comenzaba a ser ya una costumbre, antes de lo que algunos piensan o quisieran creer.

«La gran paradoja de la caída del Imperio romano es que no se produjo porque la gente que lo conformaba (pero tampoco los que no formaban parte de él) dejaran de creer en él o desearan que dejara de existir.»{4}
A este respecto, resulta oportuno traer a colación el célebre dictum del mayor estudioso de la decadencia y caída de Roma, Edward Gibbon, quien en su monumental obra dedicada al tema, sugiere dejar de preguntarse por qué el Imperio romano acabó siendo destruido, para, en realidad, sorprenderse de que durase tanto tiempo… Ocurre, con todo, que tras tantos siglos de dominio y poderío, sin otro modelo estructurado y estable, tanto político como militar, que le hiciera sombra o frente, resultaba –y acaso todavía resulta– inimaginable un mundo sin Roma.

Conmueve, en definitiva, en los diversos sentidos del verbo conmover, la traumática comprobación de que Roma no era, en su augustal grandeza, después de todo, una realidad inmortal. El fin de Roma no supuso el fin del mundo, ciertamente; aunque «en comparación con la vida en el Imperio romano, el mundo que surgió de entre sus ruinas resulta tremendamente primitivo.»{5}

Y, con todo, Roma cayó. ¿Cómo pudo suceder? Parece poco fundado el recurso a la presión externa como causa principal del colapso del Imperio. Durante la existencia de Roma, sólo otros dos imperios estaban en condiciones de competir con ella por el dominio mundial: Partia y Persia. Sin embargo, aunque los enfrentamientos con ambas potencias fueron constantes, en ningún momento llegaron a poner en peligro la integridad y la estabilidad del poder imperial romano. Como máximo, algunos territorios limítrofes, particularmente con Persia, fueron cedidos a los reyes de Oriente, a menudo para ser recuperados posteriormente, y, en cualquier caso, nunca se trató de importantes posesiones. Pero, lo que es más relevante: ni los partos ni los persas estuvieron en ningún momento interesados por Occidente.

Se mire por donde se mire, la civilización occidental ha demostrado esta notable singularidad que la distingue del resto: la preocupación y el interés, tanto material como espiritual, por los demás pueblos y las otras culturas, actitudes inapreciables fuera de su ámbito de pensamiento y acción. Persia fue, en efecto, un poderosísimo reino, y algunas victorias parciales lograron luchando contra las legiones del Imperio. Ahora bien, Persia nunca ambicionó conquistar Roma ni entrar en Roma.

Los hunos, además de otras hordas bárbaras, sí asediaron la ciudad del Tíber, así como otros centros o sedes de poder de los emperadores. Lograron incluso que cedieran las defensas de la Ciudad Eterna para entregarse, a continuación, al saqueo y la destrucción. El afán de las huestes nómadas venidas de las lejanas estepas se limitaba, habitualmente, a la invasión y la razia, la depredación y la devastación, nunca anhelaron la ocupación del Imperio.

Aunque dividida administrativamente en el Imperio Este y el Imperio Oeste, gobernada por emperadores simultáneos, y aun hablando distintas lenguas, Roma siempre fue Roma. Los emperadores y ciudadanos de Roma, en la Galia, Hispania, norte de África o Egipto, eran, ante todo, romanos. Cuando, finalmente, los bárbaros –visigodos, francos, ostrogodos, vándalos, etcétera– van haciéndose sitio entre las ruinas de Roma, lo hacen fundando reinos locales e independientes. Reyes y caudillos mandan en sus dominios, pero no hay en ellos indicio ni vestigio de voluntad imperial.

Los bárbaros no vencieron a Roma ni quebraron su unidad y universalidad. Tampoco, en sentido estricto, ocuparon su lugar. Los bárbaros, simplemente, se hicieron con los despojos de un Imperio, previamente debilitado y menoscabado; Imperio decaído por sí mismo, por sus propios errores y por sus propias miserias y dejaciones.

Guerras civiles y usurpaciones sin freno; crecimiento imparable de la burocracia y el gasto del Estado; corrupción e intrigas criminales por hacerse con el mando y control de las instituciones civiles y militares; preocupación principal de los emperadores y gobernantes del Bajo Imperio romano limitada a la supervivencia y la permanencia en el poder y no tanto ya a perpetuar la gloria y el poderío del modo de civilización romano: he aquí los desencadenantes fundamentales de la caída de Occidente, según Goldsworthy. Atendamos, a continuación, al resumen que hace de los hechos:

 «El Bajo Imperio romano no estaba concebido para ser un gobierno eficiente, sino para mantener al emperador en el poder y beneficiar a los miembros de la administración. Muchos de ellos podían disfrutar de carreras de gran éxito de acuerdo con los estándares de la época sin llegar a ser jamás eficaces en el papel que teóricamente se suponía que desempeñaban. Las enormes dimensiones del Imperio impidieron el veloz colapso o la catástrofe súbita.»{6}

Roma, republicana e imperial, causa de su ascenso y grandeza, de su auge y esplendor, fue, asimismo, causa de su decadencia y caída. Roma no pagaba a traidores. Tampoco sus herederos deberían pagar a impostores ni deudas no contraídas.

Finalmente, Roma cayó. ¿A qué es debido el interés por parte de tanto comentarista en magnificar la visión de una Roma vencida por el bárbaro, la perspectiva de un Occidente débil y vulnerable, en contraposición a la fortaleza y determinación de un Oriente no romano conquistador y aun regenerador? ¿Por qué esa insistencia en sostener un imagen exógena del devenir de Occidente, difícilmente sostenible en sentido historiográfico? Goldsworthy, en el Prefacio y el Epílogo de su estudio, realiza unas oportunas consideraciones sobre el significado y el destino de los imperios y las superpotencias en la Historia, advirtiendo de los problemas que conlleva forzar determinados paralelismos; por ejemplo, entre Roma y Estados Unidos de América. Tales digresiones ayudan a dar respuesta a las preguntas.

¿Es Estados Unidos la nueva Roma? Para empezar, Estados Unidos no es sensu stricto un Imperio, por más que se esfuerce algún publicista en señalar lo contrario. Es la potencia mundial, democrática, constitucional y no expansionista, erigida hoy en único baluarte solvente de la libertad, la seguridad y los valores de Occidente. La única potencia mundial en condiciones de proteger el limes que separa hoy la barbarie de la civilización, así como de preservar la integridad occidental ante un panorama de amenazas, probables o probadas, venidas de Oriente: «por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico»{7}. Como sucedió con Roma, Estados Unidos dejará un día de ser superpotencia. Probablemente, si le sucede a sus dirigentes y élites lo que a Roma con sus emperadores: que «perdieron el sentido de la amplitud de su misión y, por el contrario, se concentraron en la supervivencia.»{8}

Algunos muestran una gran ansiedad por presenciar otro colapso de Occidente, e incluso hacen lo que pueden para que ello ocurra cuanto antes. Se trata de los nuevos bárbaros, asediando de mil formas las ciudades de Occidente, socavando la moral de los herederos de Atenas, Roma y Jerusalén, esperando el momento de asistir al declinar de su misión para dar el golpe definitivo. Y es que «criticar a Roma se ha convertido en un modo de criticar la política y la cultura estadounidense, lo que, inevitablemente, influye sobre su visión de ambas potencias.»{9}

Y sí, Roma cayó. En síntesis, ¿cómo y cuándo pasó?
«El Imperio romano de Occidente dejó de existir en el siglo V. Aun aquellos estudiosos que describen el proceso como una transformación admiten ese simple hecho. El Imperio romano de Oriente perduró otros mil años, hasta que fue invadida por los turcos. Ni siquiera en su máximo esplendor tenía esperanzas de llegar a dominar el mundo: era una potencia, más que una superpotencia. El siglo VI demostró que carecía de la capacidad para reconquistar las provincias occidentales perdidas. En el siglo VII, los árabes le arrebataron aún más territorio.»{10}

Dar al-Islam lo que es del Islam
La caída definitiva del Imperio romano de Occidente coincide en el tiempo con el ascenso del islamismo. Roma seguiría existiendo después como potencia mundial, pero ya sin las dimensiones y el esplendor de antaño, hasta la caída de Constantinopla por los turcos. Siguiendo la convención histórica, ahí tendría lugar el cambio de Era: desde la Edad Media a la Edad Moderna. Durante ese largo lapso de tiempo, Occidente y Oriente –representados por la civilización judeo-cristiana y por el Islam, respectivamente– pugnaron cruentamente por la hegemonía política, cultural y espiritual de los dominios que ambos abarcaban, y de los que ansiaban abarcar. En ese escenario de «conflicto de civilizaciones», Europa ha representado uno de los principales espacios en disputa; por lo visto, hasta nuestros días.

Acabamos de comentar las variaciones sobre el tema a propósito de la caída de Roma. La reinvención de la Historia no ha pasado tampoco de largo por este nuevo caso, según han puesto en evidencia varios y bizarros ensayos y trabajos de investigación dispuestos a desmontar otra gran falsificación del pasado, a saber: que Occidente recuperó el saber griego en el Medioevo –permitiéndole así conservar la cultura clásica y hacerla florecer nuevamente en el Renacimiento– gracias a la contribución determinante del Islam, y más en concreto, a las traducciones árabes de los grandes textos clásicos realizadas por sabios musulmanes.

El libro de Sylvain Gouguenheim, Aristóteles y el Islam. Las raíces griegas de la Europa cristiana, constituye una valiosa contribución al esfuerzo desmitificador de esta otra imagen de Europa intencionadamente deformada{11}. Sylvain Gouguenheim, nacido en 1960, ejerce en la actualidad de profesor de Historia Medieval en la École Normale Supérieure de Lyon. Además del referido libro, es autor de otras obras especializadas: Les fausses terreurs de l’an mil (1999), Les Chevaliers teutoniques (2008), Regards sur le Moyen âge: 40 histoires medievales (2009) y La réforme grégorienne. De la lutte pour le sacré à la sécularisation du monde (2010). Pero, ciertamente, es su estudio Aristote au Mont Saint-Michel, título original publicado en Francia por la editorial Seuil en 2008, el texto que le ha proporcionado mayor celebridad. Celebridad y renombre no exentos de polémica, ni aun de un violento hostigamiento dirigido desde sectores de medios universitarios y de comunicación «cansados de Occidente», al haber contravenido la «corrección política» vigente en Francia, en Europa y, en realidad, en todo el mundo. El autor ha puesto en duda, de manera razonada y pública, la realidad del denominado «Islam de las Luces», supuesta causa primordial del proceso de culturización y civilización de Europa. He aquí el acto infiel. ¿Cuál es, en síntesis, el mito que Gouguenheim desmonta y que, a la vista de lo desvelado, ha provocado la ira del «pensamiento único» galo, acusándole, como insulto más moderado, de «islamófobo»?

Mientras Europa estuvo encerrada en las largas Dark Ages de la Edad Media, fue incapaz de salir de su estado de postración cultural e intelectual, tanto por la parálisis que supuso el dominio sobre ella de la espiritualidad cristiana como por el desconocimiento del legado del pensamiento griego. El gran saber generado en la Grecia clásica sólo pudo ser recuperado merced al esfuerzo traductor y hermenéutico de los filósofos musulmanes («falasifa»), quienes lo trasmitieron a Europa para ser vertido al latín. Esto probaría que el mundo musulmán fue superior espiritualmente al mundo cristiano medieval y colocaría a Occidente ante una gran deuda que pagar al Islam: Europa debería al Islam nada menos que su propia identidad cultural. Semejante acto de aceptación y sumisión convertiría a Occidente en «una especie de heredera o apéndice del mundo musulmán»{12}. Así habla el mito medievalista que reinventa la civilización.

Ocurre, en efecto, que esta narración, repetida hasta la saciedad, constituye una leyenda más que un devenir de acontecimientos históricos. Algunos de los datos que Gouguenheim pone sobre la mesa resultan muy clarificadores, y aun demoledores, para la fiabilidad de la visión hagiográfica de un Islam civilizador de Europa. El acceso que, en verdad, tuvieron los falasifa a la herencia griega nunca fue de primera mano, sino a través de traducciones previas del griego al siríaco. Y el motivo es bien sencillo: los sabios musulmanes no dominaban el griego. Incluso Al-Farabi, Avicena y Averroes lo ignoraban. Por lo demás, la lengua árabe, auténtica protagonista en la transmisión del saber clásico, carecía del aparato lingüístico necesario para verter en sentido estricto, y fielmente, el contenido de la sabiduría griega.

Por ejemplo, términos esenciales en la filosofía o el derecho, como «razón» o «persona», no tienen un claro y preciso correspondiente en la lengua árabe: «los conquistadores [árabes] eran guerreros, mercaderes, ganaderos, no sabios o ingenieros. Por eso hubo que inventar un vocabulario científico y técnico.»{13} La misma identificación práctica entre lo árabe y lo musulmán es abusiva. De hecho, bastantes traductores de raza árabe que colaboraron en las tareas divulgadoras eran cristianos de fe. Del mismo modo, mucho de lo atribuido al Islam, provenía, en realidad, de autores sabeos, judíos o persas.

Los sabios musulmanes estaban consagrados, preferentemente, no a la ciencia, sino a la custodia del texto coránico, y no tanto a su comentario crítico. Mucha fama ha trascendido sobre la «Casa de la Sabiduría» (Bayt al-Hikma), presentada como centro musulmán de acogida y faro iluminador de la ciencia universal, cuando gran parte de la misma no es, también, más que leyenda. En realidad, se trataba de la biblioteca privada del sultán Harun al-Rasih y sus allegados directos, y, en última instancia, reservada a expertos en el Corán y la astronomía (tareas complementarias, pues, por ejemplo, necesitaban precisar al máximo el calendario de periodos sagrados como el Ramadán)

«Durante más de tres siglos, entre el VII y el X, por tanto, la “ciencia arabo-musulmana” de Dar al-Islam fue en realidad una ciencia griega por su contenido e inspiración, y siríaca, y después árabe, por su lengua. La conclusión es clara: el Oriente musulmán se lo debe prácticamente todo al Oriente cristiano. Y es esta deuda la que solemos pasar por alto en la actualidad, tanto en el mundo musulmán como en el occidental.»{14}

La línea de continuidad entre la tradición greco-romana y el Occidente medieval cristiano nunca se rompió en Europa. Occidente, por sí mismo, conservó, atesoró y divulgó el legado clásico, permitiendo así, de propia mano, el gran desarrollo científico y cultural que fundó la Modernidad. En los scriptoria de monasterios repartidos por todo el viejo continente se copiaron miles de manuscritos y centenares de códices que han llegado hasta nosotros directamente de traducciones del griego al latín. Los libros circulaban y los eruditos también, hasta el punto de formar una red de escuelas de sabiduría, suficientemente comunicadas entre sí (al menos, lo que aquellos tiempos permitían). Como refiere Gouguenheim, Europa pudo conocer los textos griegos, no porque se los trajesen de fuera, sino porque los buscó y conservó por medio de sus propios sabios y amanuenses.

No fue tampoco Toledo la primera cantera de traductores. Al menos otras dos localizaciones son merecedoras de reconocimiento por su labor pionera y emérita en la traslación de textos: Antioquia y Mont Saint-Michel. A la abadía localizada en el hermoso emplazamiento de Normandía dedica, en particular, el autor de Aristóteles y el Islam un decisivo capítulo que representa un perfecto homenaje al trabajo traductor y copista de unos monjes empeñados en conservar las propias raíces. Entre ellos, destaca por la calidad y extensión de su trabajo, Jacobo de Venecia: «eslabón perdido en la historia del paso de la filosofía aristotélica del mundo griego al mundo latino.»{15}

Se trata, en suma, de Dar al-Islam lo que es del Islam, es decir, reconocerle su realidad, y no más; así como de conservar en Occidente lo que le es propio y le corresponde, sus verdaderas raíces: la cultura griega y la tradición judeo-cristiana.


Dr. Fernando Rodríguez Genovés es escritor, ensayista, crítico literario y profesor funcionario de carrera en la asignatura de Filosofía. En 2004, obtuvo el título de Doctor en Filosofía por la Universidad de Valencia con la tesis «La noción moral de contento entre la ética antigua y la moderna: Marco Aurelio, Montaigne y Spinoza». Además de ser el autor de cinco libros y de varios blogs, el Dr. Genovés es fundador y colaborador habitual de El Catoblepas, revista crítica del presente, de periodicidad mensual, publicada desde 2002. Su último libro, Cine, espectáculo y 11-S, publicado en 2011, está disponible gratuitamente en Internet.

© Dr. Fernando R. Genovés
Cortesía de: El Catoblepas (ISSN 1579-3974 35), número 107 • enero 2011.
Fuente: http://www.nodulo.org/ec/2011/n107p07.htm

Notas
{1} El presente ensayo conoció una primera edición en papel con el título de «Occidente por sí mismo. Leyendas que reinventan la civilización», en la revista Debats, Institució Alfons el Magnànim, nº 108, 2010/3, Valencia, págs. 24-29.
{2} Adrian Goldsworthy, La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente, La Esfera de los Libros, Madrid, 2009, 631 páginas.
{3} Sylvain Gouguenheim, Aristóteles y el Islam. Las raíces griegas de la Europa cristiana, Gredos, Madrid, 2009, 267 páginas.
{4} Adrian Goldsworthy, La caída del Imperio romano, pág. 32.
{5} Ibíd., pág. 13.
{6} Ibíd., pág. 513.
{7} José Ortega y Gasset, «La rebelión de las masas», en Obras Completas, Tomo IV, Editorial Taurus, Madrid, 10 volúmenes (Santillana Ediciones Generales/Fundación José Ortega y Gasset, en coedición), Madrid 2005, pág. 355.
{8} Adrian Goldsworthy, op. cit., pág. 523
{9} Ibíd., pág. 16.
{10} Ibíd., pág. 501.
{11} Es justo destacar, entre las contribuciones aludidas, el brillante trabajo de Rosa María Rodríguez Magda, Inexistente Al Ándalus. De cómo los intelectuales reivindican el Islam, Nobel, Oviedo 2008, galardonado con el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2008.
{12} Sylvain Gouguenheim, Aristóteles y el Islam, pág. 18.
{13} Ibíd., pág. 80.
{14#125; Ibíd., pág. 91.
{15} Ibíd., pág. 96.
© 2011 www.nodulo.org

Referencia:
Genoves, F.R. Ocidente, libre de dudas culturales. PortVitoria, UK, v. 5, Jul-Dec, 2012. ISSN 2044-8236, http://www.portvitoria.com/archive.html