Por Esta Liberdad
Fayad Jamis Bernal (1930-1988)
(Mexican-born Cuban poet, writer and artist)

Por esta libertad de canción bajo la lluvia
habrá que darlo todo

Por esta libertad de estar estrechamente atados
a la firme y dulce entraña del pueblo
habrá que darlo todo
Por esta libertad de girasol abierto en el alba de fábricas
encendidas y escuelas iluminadas
y de esta tierra que cruje y niño que despierta
habrá que darlo todo
No hay alternativa sino la libertad
No hay más camino que la libertad
No hay otra patria que la libertad
No habrá más poema sin la violenta música de la libertad

Por esta libertad que es el terror
de los que siempre la violaron
en nombre de fastuosas miserias
Por esta libertad que es la noche de los opresores
y el alba definitiva de todo el pueblo ya invencible.
Por esta libertad que alumbra las pupilas hundidas
los pies descalzos
los techos agujereados
y los ojos de los niños que deambulan en el polvo
Por esta libertad que es el imperio de la juventud
Por esta libertad
bella como la vida
habrá que darlo todo
si fuere necesario
hasta la sombra
y nunca será suficiente.

La Paz
Pedro Barcena

Si alguien
busca la paz
yo le digo:
La paz
no está en la noche
ni en el sueño.
(La noche tiene ortigas
que le hieren la espalda;
por el sueño
transitan los espectros.)
La paz
no está en los lagos
solitarios,
ni en los tupidos
bosques,
donde los vientos
guardan
sus secretos.
No está tampoco
(aunque haya quien lo diga)
entre las tumbas.
La paz
no está en los muertos.
Ni en las montañas
coronadas de nieve,
ni en los profundos mares.
Ni entre la multitud
ni en el desierto.
Por la simple razón
de que la paz
no existe:
hay que crearla dentro.

Gracias a la Vida
Violeta Parra (1917-1967)
(Chilean poet and lyricist)

Gracias a la vida, que me ha dado tanto,
Me di dos luceros que cuando los abro
Perfecto distingo lo negro del blanco,
Y en alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes al hombre que yo amo.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto,
Me ha dado el cielo que en todo su ancho
Graba noche y día grillos y canarios,
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos
y la voz tan tiene de mi bien amado.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto,
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con las palabras que pienso y declaro,
Madre, amigo, hermano y luz alumbrando
La vida del alma del que estoy amando.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto,
Me ha dado la marcha de mis pis cansados,
Con ellos anduve ciudades y charcos,
Playa y desiertos, montanas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto,
Me di el corazón que agita su mano
Cuando miro el fruto del cerebro humano,
Cando miro el bueno tan lejos del malo,
Cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto,
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto,
Así yo distingo dicha de quebranto,
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de todos que es mi propio canto.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.

En Algun Lugar
Maria Wine (1912-2002)
(Dannish-born Swedish poet)

En algún lugar
tiene que haber un rayo de luz
que disipe las tinieblas del futuro
una esperanza
que no se deje matar por el desencanto
y una fe
que no pierda inmediatamente la fe en si misma

En algún lugar
tiene que haber un niño inocente
al que los demonios no han conquistado aún
un frescor de vida
que no espire putrefacción
y una felicidad
que no se base en las desgracias de los demás.

En algún lugar
tiene que haber un despertador de la sensatez
que avise el peligro de los juegos autoaniquiladores
una gravedad
que se atreva a tomarse en serio
y una bondad
cuya raíz no sea simplemente maldad frenada.

En algún lugar
tiene que haber una belleza
que siga siendo belleza
una conciencia pura
que no oculte un crimen apartado
tiene que haber
un amor a la vida
que no hable con lengua equívoca
y una libertad
que no se base en la opresión de los demás.

Translator: Francisco J. Uriz

Joaquina Pires-O’Brien

Reseña del libro La fiesta del chivo. de Mario Vargas LLosa. Alfaquara, España. 2000. ISBN: 9788466318709.

Versión en portugués: A festa do bode. Traductor: Wladir Dupont. Mandarim. 2006. (Primera edición en español en 2000). ISBN: 853540211X

Versión en inglés: The feast of the goat. Traductora: Edith Grossman. Faber y Faber Limited. 2003 (Primera edición inglesa en 2001 en EE.UU. por Farrar Strauss & Giroux; primero publicado en Gran Bretaña en 2002 por Faber y Faber Limited). ISBN: 0751-20776-6

Este libro es un relato sobre la tiranía, con lecciones para todos los que valoran la dignidad y la libertad. Probablemente es la novela más sofisticada del escritor peruano Vargas Llosa, que en 2010 ganó el premio Nobel de Literatura. Él recrea en ficción los últimos años de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina en la República Dominicana, así como el tumulto político que ocurrió después de su asesinato en 1961. Las escenas son reales y las situaciones absolutamente creíbles como relatadas por Urania Cabral, una de las muchas víctimas del tirano que fue enviada a los Estados Unidos por las monjas de la academia del convento para estudiar en una escuela similar en Adrian, Michigan. Después de terminar la escuela secundaria en Michigan, se mudó a Boston para estudiar en la Universidad de Harvard, y después de la graduación fue a trabajar para el Banco Mundial en Washington, D.C. Uri, como es llamada por sus amigos en Estados Unidos –un apodo muy diferente a los nombres viciosos que estaban de boga en la República Dominicana–, corta toda relación con su padre y su familia, y decide no volver nunca más a su país de nacimiento. Ahora es una mujer de cuarenta y nueve años, de figura delgada y de grandes ojos castaños, que está bien establecida en los Estados Unidos, donde trabaja en una compañía legal en Nueva York. Soltera, vive sólo para su trabajo, y se pasa el tiempo leyendo e investigando la historia de la Era de Trujillo. Aunque Urania nunca ha tomado vacaciones, decide en último momento viajar a su patria por una semanas. Ella se pregunta a si misma porque ha tomado esa decisión tan apresurada y si se arrepentirá en el futuro.

La narrativa de Urania ocurre en su totalidad durante la semana que pasa en Santo Domingo. Se desarrolla en parte a través de monólogos al lado de su padre Agustín Cabral, postrado debido a una apoplejía, y una vez figura importante en el viejo régimen, hasta que Trujillo sin razón alguna lo echó al lado. Urania quiere contarle esto al padre, y también la información factual que ha aprendido de Trujillo y sus partidarios más íntimos, y de su propia vida. Su padre no oye lo que le está diciendo; sus ojos están enfocados en sus labios como intentando leer lo que ella está diciendo. Ella, sin embargo, continúa hablando. Las escenas retrospectivas de la niñez le ayudan para cerrar algunos huecos de la historia, como un gran rompecabezas, que ella ahora puede completar usando su conocimiento adquirido.

El título de este libro tiene que ver con la intriga para asesinar al dictador, que en sus últimos años fue apodado “El Chivo” por sus detractores, bien como con un festival folklórico del chivo, una carne apreciada en América Latina. Llevó casi treinta años para que la gente percibiera la personalidad verdadera del dictador. Antes de eso, él era llamado por la mayoría de la gente con títulos aduladores como “Padre de la Nación”, “Su Excelencia”, “Generalísimo”, “Benefactor” o simplemente “El Jefe”. Para sus detractores, Trujillo se convirtió en la personificación del diablo que le roba el alma a la gente y los convierte en seres sin identidad. Una de las retrospectivas escenas que Urania evoca son las visitas del dictador a la casa del Ministro Don Froilán, en la ausencia del último, para tener encuentros sexuales con su esposa. Ella se acuerda entonces que el Generalísimo tenía el hábito de visitar a las esposas cuando sus ministros estaban ausentes. Le entristece pensar que su padre había ignorado esto y no puede evitar preguntarse si Trujillo no hubiera hecho lo mismo con su propia madre. El juicio de la historia confirmó décadas después que Trujillo era un matón y un psicópata adicto al poder que ordenó la matanza de miles de haitianos y trajo miseria a sus compatriotas.

Como un joven recluta entrenándose para oficial, Trujillo mostró ser un individuo lleno de confianza. La confianza en sí mismo aumentó con un cierto Sargento Gittleman, un funcionario marino americano que proporcionó su entrenamiento militar durante la ocupación, que fue su mentor más tarde su amigo en los Estados Unidos. A Trujillo le gustaba alardear de su disciplina militar y siempre reconoció el hecho que se lo debía a los marines. Tenía una habilidad especial de leer las expresiones corporales y faciales de las personas, algo que usaba para intimidar a sus subordinados y oponentes. Antes de las elecciones Presidenciales de 1930, la República Dominicana estaba padeciendo un colapso económico y de crímenes desenfrenados. Trujillo, entonces a cargo de la Guardia Nacional Dominicana, era un candidato presidencial que abrazó la creencia popular de que los males del país eran causados por los inmigrantes haitianos. Las personas lo vieron como el hombre que podría traer una solución definitiva al problema, y una panacea para los problemas del país. Una vez elegido, Trujillo se quedó legalmente en el poder hasta 1938, pero consiguió permanecer en este hasta 1961, gobernando a través de una serie de presidentes títeres. Poco después de tomar el poder, se convirtió en el hombre más rico del país, así como el terrateniente y empleador más grande. El hecho de que tuviera el monopolio del mercado de trabajo prácticamente perpetuaba su imagen de figura paternal.

El padre de Urania, el Senador Agustín Cabral, también conocido como “Cerebrito” debido a su gran inteligencia, era una figura importante en el régimen. Antes de convertirse en Presidente del Senado, había sido Ministro de Asuntos Exteriores y Presidente del Partido Dominicano. Desgraciadamente, su inteligencia no le impidió compartir el racismo popular contra los haitianos. Ciertamente no le ayudó a convertirse en un conocedor del carácter de las personas; admiraba la puntualidad, el orden, la exactitud y la disciplina del Jefe, pero era ciego para las faltas del mismo. En su favor, el Senador Cabral era un hombre honrado que nunca usó su posición para ganancia personal. Lo mismo no podría decirse de los otros miembros del círculo interno del dictador. Joaquín Balaguer, el Presidente títere, era un político listo, capaz de mantener la calma sin importarle lo que pasara. El Senador Henry Chirinos, cuyo apodo tenía que ver con su hábito de beber mucho y su conocida florida retórica, era un hipócrita falso que después del final del régimen logró un puesto como embajador en los Estados Unidos pretendiendo ser un demócrata. Como Urania descubrió durante el tiempo que trabajó para el Banco Mundial, fue él quien había traicionado a su padre causando su caída.

El Presidente títere, como los dos senadores, Cabral y Chirinos, era solo una figura que servía para dar al país pretensiones de democracia. Sólo los jefes militares tenían verdadero poder en el círculo interno del dictador, especialmente el General José René (Pupo) Román, cabeza de las fuerzas armadas, y el Coronel Johnny Abés García, ex informante que recientemente había sido nombrado jefe del servicio de inteligencia militar, SIM. Conocido por un apodo vulgar debido a su apariencia, García era un asesino y verdugo frío y cruel. A pesar de sus credenciales, el Jefe todavía conseguía intimidarlo por su fracaso en la misión de asesinar al Presidente Betancourt de Venezuela.

Todos los hombres que conspiraron contra Trujillo estaban recientemente descontentos, cada uno por sus motivos personales. Antonio de la Maza, que venía de una familia anti-Trujillista que realmente luchó contra el dictador, y que en algún momento sucumbió al carisma de Trujillo e incluso trabajó para él junto con su hermano, recientemente asesinado por el dictador. Una historia más típica fue la del Lugarteniente Amado García Guerrero, conocido como Amadito, un soldado ejemplar que fue entrenado para obedecer órdenes. Odiaba a Trujillo porque le prohibió que se casara con Luisa Gil, la mujer que amaba, y por convertirlo en asesino durante una prueba forzada de lealtad, en la cual él disparó dos tiros en la cabeza de un prisionero sin saber que el prisionero que mató era el hermano de Luisa. La conspiración tenía dos fases principales: eliminar al dictador y formar un nuevo gobierno.

La primera fase de la conspiración era una emboscada, que sería llevada a cabo por un grupo de siete: junto con los anteriormente nombrados Antonio de la Maza y Amadito, habían además Salvador Estrella Sadhalá (el Turco), Tony Imbert, Pedro Livio Cedeño, Huáscar Tejeda Pimentel y Roberto Pastoriza Neret. La segunda fase de la conspiración se trataba de poner en marcha el plan de acción para la formación de un gobierno de transición, y esto no tenía el apoyo de ninguna otra persona sino de el Jefe del las Fuerzas Armadas, el General Román. Sin embargo, después de que el dictador fuera asesinado el 30 de mayo de 1961, el cambio esperado de régimen no ocurrió subsecuentemente porque Román quedó paralizado de miedo al enterarse que el Jefe había sido asesinado pero su chofer había sobrevivido a la emboscada. La conspiración desorganizada no previó la necesidad de escondites seguros para los siete hombres que participaron en la emboscada. Como resultado del fracaso de Román en llevar a cabo su parte del acuerdo, la mayoría de los conspiradores principales fueron arrestados, torturados y sus propiedades fueron destruidas; cientos de inocentes miembros de familia y amigos de los conspiradores sufrieron el mismo destino. Del grupo de los siete sólo uno sobrevivió –Tony Imbert– gracias a la ayuda de un individuo con conciencia, una cosa muy rara en esos días, cuando la mayoría de las personas había perdido lo mejor de su sentido humanitario. De los cinco que fueron apresados inmediatamente, dos afortunados lograron matarse antes que fuesen puestos en custodia, mientras que los restantes tuvieron que sufrir varios meses de tortura antes de ser ejecutados por el hijo de Trujillo, Ramifis, con el conocimiento completo del Presidente Balaguer. Muy pronto la implicación del General Pupo Román en la conspiración fue descubierta y él también fue arrestado.

Hay una narrativa sobrepuesta encima de la conspiración sobre la operación “Matar al Chivo”, en la forma de la anatomía de una sociedad servil, que es el resultado de todas las tiranías. Hay también algo dickensiano en las situaciones viles en las que los caracteres de este libro se encontraron, haciéndonos recordar de cómo no se deberían hacer las cosas. Puesto que la tiranía no ofrece ningún derecho a la libre expresión, la gente no es consciente de lo que verdaderamente ocurre en el gobierno. Esto demuestra como las personas pueden ser engañadas con propaganda, adoctrinamiento o miedo al aislamiento. Una vez que la gente abdica su libre albedrío al líder, se vuelven como niños que eventualmente aman padres autoritarios, convenciéndose de que los castigos corporales son buenos para sí mismos.

Las amenazas de las tiranías van más allá de lo que la gente se entera de a través de los defensores de derechos humanos, como arrestos arbitrarios, torturas y ejecuciones. Hay muchas otras amenazas que involucran discriminaciones que privan a individuos el uso completo de sus habilidades. Esas discriminaciones son difíciles de reconocer cuando tienden lugar bajo un manto de “legitimidad”, no proporcionado por un “Estado de Derecho” verdadero sino por un “Estado de Normativas Oscuras”, creadas por los antojos de tiranos insignificantes, en posiciones de poder dentro de las oligarquías del estado. El resultado es una especie de pretensión de justicia, como lo que en Brasil es conocido como la regla de “todo para nuestros amigos, para nuestros enemigos la ley.” Las tiranías pueden parecer eficaces con su potencial de resolver problemas con rapidez. Sin embargo, no hay ninguna garantía de que la solución no implica la violación de derechos humanos. Lo que las tiranías hacen muy bien es crear discriminación por asociación, cuando familias y amigos son responsables por la acción de otros. Esto es cuando el ciudadano individual es obligado a la conformidad o al uso de violencia. En una democracia liberal con un “Estado de Derecho” verdadero, un líder que pierde la confianza del electorado es simplemente votado fuera de oficio.

La tiranía por la que pasó la República la Dominicana durante la era de Trujillo tiene lecciones universales. La primera lección es la frivolidad de las creencias de que las panaceas de cualquier tipo, incluyendo utopías y religión, pueden reemplazar el “Estado de Derecho”. La personalidad pública de Trujillo le permitió ser como una panacea para los problemas del país, pero su régimen sólo trajo miseria y dolor. La segunda lección es la creencia equivocada de que aquellos en el círculo interno de un tirano están libres del abuso de poder. Debido a las intrigas y las traiciones, el honor de una persona siempre está al antojo de otros. La verdad es que nadie está a salvo en una tiranía, ni siquiera los amigos del tirano, como en el ejemplo del padre de Urania, a quien el tirano convirtió en un “muerto viviente” después de que el dictador lo desechara.

La conclusión de esta historia de tiranía no es de retribución, sino de reconciliación de las victimas con su propia humanidad. En su retorno a Santo Domingo, Urania está impresionada por la ciudad moderna que creció en lugar de la vieja, y se pregunta si ella alguna vez podrá ir hacia el adelante como lo ha hecho la ciudad de Santo Domingo. Comprende que su retorno impulsivo fue una oportunidad de confrontar el pasado y de librarse de él para siempre. Quizás era demasiado tarde para poder confrontar a su padre, pero todavía restaba su tía y sus primas. Si su tía realmente la apreciaba, necesitaba saber la verdad. El proceso de ir hacia delante requiere confrontar la verdad. Y no hay ninguna manera de hacer esto sin dolor.
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Traductora: Erica Gwyther (UK)
Revisora: Marian Campra (UK)

Referencia:
VARGAS LLOSA, M. La fiesta del chivo. Alfaquara, España, 2000. ISBN: 9788466318709. Reseña de: PIRES-O’BRIEN, J. (2011). Un relato sobre la tiranía.
PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com

Joaquina Pires-O’Brien

Resenha do livro The Left is seldom right de Norman Berdichevsky. New English Review Press and World Encounter Institute, Nashville, Tennessee. 2011.
ISBN: 978-0-578-08076-5. 283 pp.

Acabo de ler The Left is seldom right (A Esquerda raramente está certa, sem tradução para o português), de Norman Berdichevsky, uma crítica aberta aos erros e dissimulações da esquerda e à cumplicidade da mídia na divulgação destes. O livro consiste de vinte e cinco capítulos referentes a estudos de casos diversos sobre grandes crises – guerras, alianças, conflitos, problemas, personalidades e eleições –, nos Estados Unidos, Europa, América Latina e Oriente Médio (Israel e Jihad). O reexame de tais casos pelo autor permitiu que ele recolhesse provas de primeira mão incluindo depoimentos testemunhais acerca das interpretações errôneas que contradizem a imagem benevolente que a esquerda goza graças à cumplicidade da mídia. Segundo Berdichevsky a dicotomia direita-esquerda é uma percepção inteiramente falsa a qual é perpetuada pela esquerda com a ajuda da mídia tendenciosa. Para ele, a enorme predisposição a mudanças radicais é a única característica específica dos políticos da esquerda, embora isso não queira dizer que aqueles que não têm a mesma predisposição sejam de ‘direita’.

O currículo de Berdichevsky mostra que ele tem o conhecimento e o empenho para a tarefa de denunciar as falsidades e falácias associadas à esquerda. Tendo nascido e crescido na cidade de Nova Iorque, onde há uma grande concentração de pessoas que se identificam com a esquerda, Berdichevsky deixou a bolha nova-iorquina quando escolheu a Universidade de Wisconsin, em Madison, no Centro-Oeste americano, para fazer o PhD em geografia humana, obtendo seu título em 1974. A sua polimática carreira de escritor, ensaísta, resenhista, editor, pesquisador, tradutor e finalmente professor universitário é um testemunho à sua forte determinação em persistir na sua área de estudo apesar da falta de empregos – principalmente no setor acadêmico –, que caracterizou a década de setenta nos Estados Unidos. Tal circunstância levou Berdichevsky a morar em Israel, Espanha, Dinamarca e no Reino Unido, antes de retornar aos Estados Unidos. O resultado dos percalços profissionais fez dele um poliglota, que além do inglês, sua língua materna, fala o hebraico, o dinamarquês, o espanhol e um pouco de iídiche e de português. O seu livro não tem nenhuma ligação com sua atual posição acadêmica, uma vez que ele é professor de hebraico na Universidade Central da Flórida. Para Berdichevsky escrever é uma maneira de extravasar o seu cabedal intelectual e seu compromisso com a verdade.

No quinto capítulo, intitulado ‘The Gods that Failed’ (Os Deuses que Erraram) Berdichevsky acusa a mídia de se desviar do seu papel primordial de informar, tanto no preconceito que aparenta a favor da esquerda quanto quando comete gafes e as ignora depois de alertada. Segundo ele, a mídia dos Estados Unidos e da Europa encontra-se imiscuída na crença de que, para ser liberal, tolerante e atuante, é preciso ir contra as marcas típicas da direita, como o nacionalismo, valores religiosos, e as visões provincianas tidas como sinônimos do preconceito. O título do capítulo é emprestado de uma antologia de ensaios de famosos pensadores ex-comunistas: Stephen Spender, R. H. S. Crossman, Arthur Koestler, Ignazio Silone, Richard Wright, Andre Gide e Louis Fisher, que se desiludiram com o Partido Comunista e a forma como este procurou manipular seus idealismos. A mudança de opinião desses notáveis pensadores mostra uma esquerda que não tem nada a ver com a imagem benevolente a esta associada.

Além de apresentar um viés a favor da esquerda, a mídia tem outro problema grave na grande quantidade de erros fatuais que são publicados. Segundo Berdichevsky, nem mesmo os gigantes como o The New York Times e a BBC estão livres desse tipo de erro, e ele mostra alguns exemplos. Na sua capacidade de pesquisador consciencioso Berdichevsky lamenta a falta de conhecimento do público no sentido de reconhecer a crucial diferença entre fontes primárias de informação, oriundas de testemunhas que viram ou ouviram com os próprios olhos e ouvidos, e fontes de segunda mão do tipo ‘disse-me-disse’, que não são aceitáveis nos tribunais. Infelizmente, é grande o número de pessoas que aceitam sem questionar qualquer informação publicada nos jornais.

Em todos os estudos de casos analisados Berdichevsky identificou exemplos de memória seletiva que obscureceram contradições preexistentes assim como os casos em que a esquerda contribuiu ativamente para disseminar suposições erradas. A aliança forjada no início da Segunda Guerra Mundial entre Hitler e Stálin e que durou de setembro de 1939 a junho de 1941 mostra a incoerência da presunção de que Hitler e Stálin representavam políticas diametricamente opostas, o primeiro representando a extrema-direita e o segundo a extrema-esquerda. Outro exemplo é a falácia de que o antissemitismo é um traço característico da extrema-direita e não da esquerda, decorrente da argumentação errônea de que, se o antissemitismo é uma característica do Nazismo, e o Nazismo uma característica extrema-direita, então o antissemitismo é uma característica da extrema-direita. O antissemitismo foi uma constante do regime de Stálin, com exceção do período em que a URRS se juntou aos países aliados depois de ser invadida pelas tropas alemãs, quando para ganhar a aprovação dos americanos, Stálin enfatizou o papel dos judeus que lutavam como cidadãos soviéticos.

Sobre a América Latina, Berdichevsky estudou dois casos: a duplicidade do apoio do Partido Comunista de Cuba aos governos de Fulgêncio Batista e de Fidel Castro e o Peronismo na Argentina. O caso de Cuba é montado através de depoimentos dos refugiados cubanos que fugiram para os Estados Unidos para escapar da ditadura de Batista e da influência comunista no seu governo, bem como da reconstrução da história do Partido Comunista de Cuba. O capítulo inteiro encontra-se disponível em português e em espanhol na revista eletrônica semestral PortVitoria (https://portvitoria.com/). O caso do Peronismo na Argentina mostra um exemplo típico do populismo característico na América Latina onde o líder, depois de ganhar o apoio massivo do povo, passa a agir como ditador e seu governo é uma salada de políticas de esquerda e de direita. Eis algumas das perguntas e cogitações de Berdichevsky: “O Peronismo é um movimento da Direita ou da Esquerda? Ou, será que isso faz alguma diferença para aqueles que se opuseram ao seu regime? A Argentina sob Perón era anti-América e favorecia o Eixo nos primeiros anos da Segunda Guerra Mundial, e apenas relutantemente, ao ser pressionada, declarou guerra à Alemanha e ao Japão durante as últimas semanas do conflito. Tanto Juan quanto Eva Perón foram instrumentais em fornecer assistência para facilitar a fuga de muitos criminosos de guerra nazistas e o seu assentamento com falsas identidades na Argentina. Mesmo assim, o regime de Perón manteve os bons termos com a comunidade judaica, e manteve relações amigáveis com o Estado de Israel.”

Conforme enfatiza Berdichevsky, a imagem da esquerda como sendo o partido que zela pelos interesses dos menos favorecidos é decorrente do clichê “direita-esquerda” criado e propalado pela esquerda. Trata-se de um modelo linear de análise política que a esquerda promove e que deixa de analisar os diversos fatores que agem como contrapeso à situação econômica como religião, etnicidade, memória histórica, sentimentos nacionalistas, solidariedades étnicas e morais e valores filosóficos. Essas falhas fazem com que não seja possível situar nesse espectro unidimensional onde ficaria, por exemplo, o anarquismo e o libertarismo, enquanto que muitos comportamentos não podem ser enquadrados nem na direita nem na esquerda. Existem diversos modelos alternativos que não só descrevem bem melhor as idéias políticas existentes, mas que também mostram que nenhuma idéia é absoluta da Direita ou da Esquerda. Um exemplo é o modelo tridimensional The Liberty Papers, de 2005

(http://www.thelibertypapers.org/2005/11/26/a-better-political-spectrum/) onde o eixo horizontal se estende do Socialismo ao Capitalismo e o eixo vertical do Individualismo ao Totalitarismo. Outro modelo apresentado por Berdichevsky é o do Compasso Político, (http://www.thoughtsaloud.com/essays/the-political-spectrum/), em cuja rosa-dos-ventos situam-se quatro conceitos políticos fundamentais: Liberdade, Servidão, Republicanos e Democratas.

Os dois modelos acima mostram a frivolidade em associar a ‘esquerda’ com o partido político que zela pelos interesses das classes econômicas mais baixas ou menos favorecidas, a ‘direita’ como sendo o partido das classes mais altas ou dominantes, e o “centro” como sendo o partido da classe média. Tais associações estão completamente fora da realidade, pois há muitos outros fatores que agem como contrapeso à situação econômica como religião, etnicidade, memória histórica, interesses nacionais, solidariedades étnicas e morais e valores filosóficos. Diversos outros mal-entendidos e enganos resultantes da terminologia “direita-esquerda” são também abordados neste livro.

A grande dificuldade de entender as questões levantadas por Berdichevsky é precisamente a inexistência de absolutos nos valores políticos: aquilo que pensamos ser da esquerda também ocorre na direita e vice-versa. Não se pode negar que as perguntas deste livro podem incomodar muita gente. Entretanto, trazem uma lição importante de que, embora não existam soluções definitivas para os problemas do Ocidente, estes podem ser manejados desde que haja verdade e sinceridade. Para isso é preciso fazer perguntas e procurar respondê-las e isso é precisamente o que Berdichevsky fez com este provocante mas iluminado livro.


How to cite this book review:
BERDICHEVSKY, N. The Left is seldom right. New English Review Press and World Encounter Institute, Nashville, Tennessee. ISBN: 978-0-578-08076-5. Review by: PIRES-O’BRIEN, J. (2011). Erros e dissimulações da Esquerda.
PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com

Joaquina Pires-O’Brien

Resenha do Livro A festa do bode de Mario Vargas LLosa. Tradutor: Wladir Dupont. Mandarim, Brasil. 2006. (Primeira edição em espanhol: 2000). ISBN: 853540211X

Este livro é uma história de tirania com lições para qualquer um que valoriza a sua dignidade e liberdade. É provavelmente um dos romances mais sofisticados do escritor peruano Mario Vargas LLosa, que em 2010 ganhou o Prêmio Nobel de literatura. Ele recria habilidosamente na ficção os últimos anos da ditadura na República Dominicana de Rafael Leônidas Trujillo Molina, assim como os distúrbios políticos ocorridos após o seu assassinato em 1961. Os cenários são reais e as situações são perfeitamente plausíveis na narração de Urania Cabral, uma das diversas vítimas do tirano, que fora mandada para os Estados Unidos pelas irmãs de caridade da academia católica que frequentava para estudar numa escola equivalente em Adrian, no estado de Michigan. Após concluir o segundo grau em Michigan, ela se mudou para Boston a fim de frequentar a universidade de Harvard e após ter se formado ela foi trabalhar para o Banco Mundial, em Washington, D.C. Uri, como ela é chamada pelos seus amigos nos Estados Unidos –um apelido bem diferente daqueles de deboche que eram tão comuns naquela época na República Dominicana–, corta todos os laços com seu pai e sua família, e decide não retornar jamais ao seu país de origem. Agora uma senhora de quarenta e nove anos, de figura esguia e grandes olhos castanhos, ela está bem adaptada aos Estados Unidos onde atualmente trabalha para um escritório de advocacia de Nova Iorque. Solteira, ela vive para o seu trabalho e gasta o seu tempo de lazer lendo e pesquisando a história da Era Trujillista. Embora Urania nunca tivesse tirado férias antes, ela toma uma decisão de última hora de passar uma semana visitando a sua terra natal. Ela imagina consigo mesma o motivo de ter tomado essa decisão apressada e se ela não iria eventualmente se arrepender.

A narrativa de Urania se dá inteiramente durante a semana que ela passa em Santo Domingo. Ela se desenrola em parte através de monólogos em frente ao seu pai Augustín Cabral, paralisado por um derrame, o qual foi uma importante figura no antigo regime até ser posto de lado por Trujillo sem nenhuma razão aparente. Urania deseja falar ao pai sobre isso e sobre as verdades que ela havia apurado sobre Trujillo e os seus colaboradores mais próximos, e também sobre si própria. Seu pai não ouve o que ela diz; os seus olhos se focalizam na sua boca como se estivesse tentando fazer uma leitura de lábios. Mesmo assim, ela continua a falar. Alguns flashbacks da sua infância ajudam a completar algumas das lacunas da história, um enorme quebra-cabeça, que ela agora consegue completar usando os seus conhecimentos.

O título deste livro tem a ver com o complô para assassinar o ditador, que já nos seus últimos anos passou a ser chamado de ‘o Bode’ pelos seus detratores, assim como com a festa popular do bode, cuja carne é bastante apreciada em toda a América Latina. Levaram-se quase trinta anos para as pessoas perceberem a real personalidade do ditador. Antes disso, ele era conhecido pelos mais bajuladores títulos como ‘O Pai da Nova Nação’, ‘Sua Excelência’, ‘O Generalíssimo’, ‘O Benfeitor’ ou simplesmente ‘O Chefe’. Para os seus detratores, Trujillo se tornou a personificação do demônio, pois ele roubava as almas das pessoas tornando-as não-pessoas. Num de seus flashbacks Urania relembra as visitas do ditador à casa do Ministro Don Froilan, na ausência deste, para ter encontros sexuais com sua esposa. Ela então se recorda de que o Generalíssimo tinha o hábito de visitar as esposas dos seus ministros quando eles estavam ausentes. Ela está triste porque o seu pai fez vista grossa para aquilo e não consegue deixar de imaginar se Trujillo não teria feito a mesma coisa com a sua própria mãe. O julgamento da história que se cristalizou décadas mais tarde revelou Trujillo como sendo um bully, um psicopata viciado em poder que ordenou o massacre de milhares de haitianos e trouxe a ruína para o seu próprio povo.

Ainda quando fazia o treinamento de oficial, Trujillo revelou-se como uma pessoa autoconfiante. Sua autoconfiança foi alimentada por um tal Sargento Gittleman, um oficial marine que era encarregado do seu treinamento durante a ocupação americana, que o mentoreou e mais tarde tornou-se seu amigo nos Estados Unidos. Trujillo gostava de se vangloriar da sua disciplina militar e costumava repetir que devia isso aos marines. Ele possuía uma habilidade sagaz de ler a linguagem corporal e as expressões faciais das pessoas, algo que costumava usar para intimidar seus subordinados e oponentes. Pouco antes das eleições presidenciais de 1930, a República Dominicana sofria de uma economia arruinada e pela onda de crimes violentos. Trujillo, então encarregado da Guarda Nacional Dominicana, era um candidato a presidente que havia abraçado a crença popular na época, de que os males do país eram causados pelos imigrantes haitianos. As pessoas passaram a vê-lo não só como sendo o homem que seria capaz de trazer uma solução definitiva para o problema, mas também como uma panacéia para todos os problemas do país. Depois de eleger-se, Trujillo ficou legalmente no posto até 1938, mas conseguiu permanecer no poder até 1961, governando através de uma série de presidentes marionetes. Logo depois de ter assumido o posto ele tornou-se o homem mais rico do seu país assim como o maior proprietário de terras e maior empregador. O fato de ele praticamente deter o monopólio do mercado de trabalho serviu para perpetuar a sua imagem de pai e patrão.

O pai de Urania, o Senador Augustín Cabral, também conhecido como ‘Cerebrito’ devido à sua elevada inteligência, havia sido um personagem importante no regime. Antes de se tornar o Presidente do Senado ele havia sido Ministro do Exterior e Presidente do Partido Dominicano. Infelizmente, a sua inteligência não o impediu de compartilhar do racismo popular que existia contra os haitianos. E certamente não o tornou um conhecedor de caráter: ele admirava a pontualidade, a ordem, a exatidão e a disciplina do Chefe, mas era cego para com as suas faltas. A seu favor, o Senador Cabral era um homem honesto que jamais aproveitou da sua posição de poder para ganho pessoal. O mesmo não pode ser dito dos demais homens do circuito mais próximo do ditador. Joaquín Balaguer, o Presidente marionete, era um político astuto, capaz de manter a calma em qualquer situação. Senador Henry Chirinos, cujo apelido tinha a ver com o seu hábito de beber e sua retórica floreada, era um hipócrita que após o fim do regime, fingiu ser um democrata para obter o cargo de embaixador nos Estados Unidos. Como Urania descobriu durante a época em que ela trabalhou para o Banco Mundial, foi ele quem havia traído o seu pai, causando a sua queda.

O Presidente marionete, assim como os dois senadores, Cabral e Chirinos eram apenas carrancas que serviam para dar ao país uma fachada de democracia. Dentre os homens do circuito mais próximo do ditador apenas os chefes militares tinham poderes reais, especialmente o General José René (Pupo) Román, o chefe das forças armadas, e o Coronel Johnny Abbes García, o ex-informante que recentemente fora nomeado chefe do Serviço de Inteligência Militar, SIM. Conhecido por um chulo apelido ligado à sua má aparência, Garcia era um torturador e assassino frio e cruel. A despeito dessas credenciais o Chefe conseguia intimidá-lo por ter falhado na missão de assassinar o Presidente Betancourt da Venezuela.

Todos os homens que conspiraram contra Trujillo eram desafetos recentes, cada qual com seus próprios motivos. Antonio de la Maza, que havia vindo de uma família anti-Trujillista que chegou a lutar contra o ditador, em alguma altura sucumbiu ao carisma de Trujillo e até trabalhou para ele junto com o seu irmão recentemente morto pelo ditador. Um exemplo de história mais típica é o do Tenente Amado García Guerrero, conhecido como Amadito, um soldado exemplar treinado em obedecer ordens. Ele odiava Trujillo porque este o proibiu de se casar com Luisa Gil, a mulher que ele amava, e por tê-lo tornado em um assassino durante um teste de lealdade imposto, quando ele deu dois tiros na cabeça de um prisioneiro sem saber que se tratava do irmão de Luisa. A conspiração tinha duas linhas principais: a eliminação do ditador e a formação do novo governo.

A primeira linha da conspiração era a emboscada, a ser feita por um grupo de sete pessoas: além dos já mencionados Antonio de la Maza e Amadito havia ainda Salvador Estrella Sadhalá (o Turco), Tony Imbert, Pedro Livio Cedeño, Huáscar Tejeda Pimentel e Roberto Pastoriza Neret. A segunda linha da conspiração era por em prática o plano de ação do governo de transição, e tinha o apoio de não outro senão o próprio chefe das Forças Armadas, o General Román. Entretanto, depois que o ditador foi morto em 30 de maio de 1961, a esperada mudança de regime não aconteceu, pois o general Román ficou paralisado de medo ao descobrir que o Chefe havia sido morto, mas que o motorista dele havia sobrevivido à emboscada. A má planejada conspiração falhou em prever a possível necessidade de esconderijos seguros para os sete homens que participaram da emboscada. Devido à sua falha em cumprir a sua parte no acordo, a maior parte dos principais conspiradores foram presos, torturados e tiveram as suas propriedades destruídas; centenas de inocentes parentes e amigos dos conspiradores sofreram o mesmo destino. Do grupo de sete apenas um sobreviveu – Tony Imbert –, graças à ajuda de um casal conscientizado, coisa rara naqueles dias, quando a maioria das pessoas havia perdido a parte melhor de suas humanidades. Dos cinco que foram presos logo de imediato, dois menos desafortunados conseguiram se matar antes de serem levados presos enquanto os demais tiveram que amargar diversos meses de tortura antes de serem executados por Ramfis, o filho de Trujillo, com a total anuência do Presidente Balaguer. Logo a implicação do General Pupo Román na conspiração foi descoberta e ele também foi preso.

Há uma narrativa superposta na trama à volta da operação denominada ‘Matar o Bode’, sob a forma de uma anatomia das sociedades servis que resultam das tiranias. Há também qualquer coisa dickensiana nas situações vis em que alguns personagens se encontraram, e que servem como lembranças de como as coisas não devem ser feitas. Como a tirania não permite a livre expressão, as pessoas não têm ciência daquilo que realmente se passa no governo. É assim que as pessoas são enganadas pela propaganda, doutrinamento e isolamento. Uma vez que os indivíduos abdicam do seu livre arbítrio a favor do líder, elas se tornam como as crianças que eventualmente amam os seus pais autoritários, convencendo a si próprias de que os castigos físicos são para ao seu próprio bem.

As ameaças de uma tirania se estendem além daquelas que as pessoas costumam ouvir dos defensores de direitos humanos tais como prisões arbitrárias, torturas e execuções. Há muitas outras ameaças que envolvem discriminações como as que privam um indivíduo a empregar integralmente a sua capacidade. Tais discriminações são difíceis de detectar, pois ocorrem sob um manto de ‘legitimidade’ fornecido por um simulacro do ’Estado de Direito’ onde a ‘Lei’ é substituída por ‘obscuros regulamentos’ criados pelos caprichos de pequenos ditadores em posições de poder nas oligarquias do estado opressor. O resultado é um simulacro de justiça como aquela que no Brasil era conhecida como a regra do ‘para os amigos tudo, para os inimigos, a lei’. As tiranias podem parecer eficientes pelo seu potencial de resolver problemas de uma forma rápida. Entretanto, não há nenhuma garantia de que suas soluções não ocorram à custa de violações de direitos humanos. O que as tiranias fazem muito bem é fomentar a discriminação por associação, quando familiares e amigos são responsabilizados pelas ações de terceiros. É assim que o cidadão individual é coagido a se conformar ou vê-se obrigado a fazer uso de violência. Numa democracia liberal com um legítimo Estado de Direito, se um líder perde a confiança do eleitorado ele é simplesmente votado fora.

A tirania experimentada pela República Dominicana ou durante a era Trujillista tem lições universais. A primeira lição é a frivolidade em crer que panacéias de qualquer tipo, incluindo utopias e religiões, podem substituir o Estado de Direito. A persona pública de Trujillo fez com que ele fosse visto como uma panacéia para os problemas do seu país, mas o seu regime só trouxe sofrimento e miséria. A segunda lição é a crença enganosa de que as pessoas do círculo mais íntimo de um tirano estão a salvo dos abusos de poder. Na verdade, ninguém está salvo numa tirania, nem menos os amigos do tirano, como no exemplo do pai de Urania, que se tornou num ‘morto vivo’ quando foi escorraçado pelo ditador.

A conclusão desta história de tirania não é sobre vingança mas sobre a reconciliação das vítimas com a sua própria humanidade. No seu retorno a Santo Domingo, Urania se impressiona com a moderna cidade que cresceu no lugar da antiga e imagina se ela própria conseguiria virar a página assim como fez a cidade de Santo Domingo. Ela descobre no seu retorno impulsivo uma oportunidade de revisitar o seu passado a fim de se libertar do mesmo de uma vez por todas. Talvez fosse tarde demais para ela confrontar o seu pai, mas ainda havia tempo para fazer isso com a sua tia e as suas primas. Se a sua tia realmente se preocupa com ela, ela precisa saber a verdade. O processo de virar a página requer que a verdade seja trazida à tona. E não há nenhuma forma indolor de se fazer isso.


Como citar esta resenha:

VARGAS LLOSA, M. A festa do bode. Mandarim, Brasil. 2006, ISBN: 853540211X. Resenha de: PIRES-O’BRIEN, J. (2011). Uma história de tirania. PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com/

Fernando da Mota Lima

Resenha do livro Sabres e Utopias de Mario Vargas LLosa. Seleção e Prefácio: Carlos Granés. Tradução: Bernardo Ajzenberg. Editora Objetiva, Rio de Janeiro. 2010. 430p.
ISBN 978-85-390-0113-2. Título original em espanhol: Sables y Utopias (2009)

Sabres e Utopias, a mais recente coletânea de artigos e ensaios de Mario Vargas Llosa publicada no Brasil, reúne em mais de 400 páginas, substanciosa e variada amostragem da sua obra de intelectual público empenhado em questões políticas e culturais. O critério de seleção adotado pelo prefaciador do volume, Carlos Granés, privilegia a política e o combate ideológico em detrimento da literatura. Esta é inserida na coletânea já no capítulo final intitulado: “Os Benefícios do Irreal: Arte e Literatura Latino-americanas”. Além de Borges, Octavio Paz e outros poucos escritores hispano-americanos, comparecem os brasileiros Euclides da Cunha e Jorge Amado.

Saliento, todavia, que Vargas Llosa bem pouco considera a literatura compreendida no seu sentido estrito. Já aludi num outro artigo a essa característica tão marcante em romancistas de renome como o próprio Vargas Llosa e José Saramago no debate público da cultura. Embora prioritariamente escritores literários, o fato é que quase sempre se pronunciaram sobre questões políticas e ideológicas. A literatura importa, em termos práticos, apenas como aval ou credencial de sucesso para que intervenham na cena cultural contemporânea.

O que Vargas Llosa escreve acerca de Euclides da Cunha e Jorge Amado, também de outros escritores literários, amplia no campo estético suas obsessões político-culturais enraizadas na América Latina. Noutras palavras, lê Os Sertões, por exemplo, antes de tudo como uma das manifestações supremas dos males típicos que infestam nossas sociedades herdeiras do colonialismo ibérico, do misticismo obscurantista, do nacionalismo estatizante e parasitário, das ditaduras e da corrupção endêmicas apoiadas em ideologias que mantêm o conjunto da América Latina na periferia da modernidade e do autêntico liberalismo democrático.

O que é afinal o liberalismo há décadas ardentemente postulado por Vargas Llosa como solução para os problemas crônicos indicados no parágrafo precedente? A pergunta se impõe em face das incompreensões, quando não grosseiras calúnias, que sobre ele correntemente recaem no conjunto dos países latino-americanos. No Brasil, para ficar no nosso terreiro, o conceito do liberalismo é frequentemente deformado na mídia e no que se pode ainda qualificar como franco debate de ideias. Basta que se pense no abuso com que se emprega sua variante, neoliberalismo. Este é sempre usado não como um conceito, mas simplesmente um insulto ideológico, uma forma de se desqualificar sumariamente um político, pensem em Fernando Henrique Cardoso, uma orientação política ou ainda uma opção ideológica.

Mas voltemos a Vargas Llosa. Esclarecer a noção de liberalismo que adota e propõe como solução para a América Latina saturada de ditaduras e populismos é já um meio de melhor situar nossas turvas disputas relativas a conceitos políticos fundamentais. Os textos chave do livro que comento no que se refere ao liberalismo do autor são “Confissões de um liberal” (páginas 299-308) e “Ganhar batalhas, não a guerra” (páginas 245-58), ambos incluídos no capítulo relativo à democracia e ao liberalismo na América Latina.

Destaco e adiante comento estes textos porque nos ajudam a melhor compreender o liberalismo adotado por Vargas Llosa e também, à parte variantes acidentais, Octavio Paz, a quem dedica um belo artigo intitulado “A Linguagem da Paixão”, e José Guilherme Merquior. Cito nominalmente estes por se distinguirem há décadas entre os grandes intelectuais latino-americanos na defesa de políticas liberais como solução gradual para os problemas crônicos de atraso e subdesenvolvimento que tanto marginalizam nosso subcontinente no contexto do capitalismo globalizado. Assim procedendo, opuseram-se corajosamente ao que o comunismo cubano representa como expressão de caudilhismo político e violação sistemática dos direitos humanos. Quando lembramos que a maioria dos nossos intelectuais, dentro e fora das universidades, ainda reluta em tomar posição contra a persistência do comunismo cubano, para não mencionar os que simplesmente insistem em apoiá-lo, não é de espantar que sua postura liberal tenha provocado tanta incompreensão crítica, não raro também intolerância caluniosa. Embora combatam com igual veemência as ditaduras de direita, este fato, como seria previsível, não os isenta dos ataques procedentes de ambos os lados. Afinal, esta é uma verdade tão antiga quanto a política: quem ousa opor-se aos extremos acaba apanhando de ambos.

“Confissões de um liberal” é o texto de uma palestra proferida por Vargas Llosa no American Enterprise Institute for Public Policy Research na oportunidade em que lhe foi outorgado o prêmio Irving Kristol. Depois de salientar que pela primeira vez, ao lhe conferirem o prêmio, lhe reconhecem a unidade ou coerência que sempre procurou realizar no homem e na obra, na literatura quanto na identidade política, Vargas Llosa acentua a imprecisão do conceito de liberal.

Começa por fixar a distinção observável no emprego do termo na tradição anglo-saxônica e na América Latina – também na Espanha, país que há anos lhe concedeu cidadania quando foi expatriado do Peru por combater uma de suas ditaduras costumeiras. Na primeira o termo tem conotações de esquerda, sendo por vezes associado ao socialismo e ao radicalismo político. Já na segunda tradição o termo sofreu um processo singular de perversão semântica, sobretudo quando consideramos sua última variação, o neoliberalismo. No Brasil ele se converte num insulto ideológico, pois o neoliberal é sempre visto como um conservador ou reacionário, adepto desprezível de toda política privatista geradora da opressão imposta aos pobres do mundo. Em suma, é um chavão usado em bloco por todo esquerdista de sindicato ou militante acadêmico. Confundir o liberalismo de Vargas Llosa, Octavio Paz e Merquior, por exemplo, com as políticas adotadas por gente como George Bush, ou com a política externa norte-americana tout court, é mais que um erro de apreciação ideológica, é incorrer na corrupção leviana da linguagem política.

O conceito se torna ainda mais turvo quando os próprios que se definem como liberais divergem entre si, como é aliás frequente. Melhor dar a palavra ao próprio Vargas Llosa, que num parágrafo exemplar ressalta os traços fundamentais do liberalismo que defende:

“Como o liberalismo não é uma ideologia, ou seja, uma religião laica e dogmática, mas sim uma doutrina aberta que evolui e se adapta à realidade em vez de procurar forçar a realidade a se adaptar a ela, há entre os liberais várias tendências e profundas divergências. No que diz respeito à religião, por exemplo, ou aos casamentos entre pessoas do mesmo sexo, ou ao aborto. Assim, os liberais que, como eu, são agnósticos, partidários da separação ente Igreja e Estado e defensores da descriminilização do aborto, bem como do casamento homossexual, são às vezes criticados com dureza por outros liberais que, nesses assuntos, pensam o contrário de nós. Tais divergências são saudáveis e produtivas, pois não ferem os pressupostos básicos do liberalismo que são a democracia política, a economia de mercado e a defesa do indivíduo frente ao Estado”. (p. 301).

A citação um tanto longa parece-me bem esclarecedora do liberalismo adotado por Vargas Llosa. Ele consiste fundamentalmente na afirmação integrada dos três pressupostos anotados ao final do parágrafo. Compreendendo-os de forma integradora, não incorre na adoção do liberalismo puramente econômico, que tudo entrega às forças do mercado. Pelo contrário, critica em termos veementes esta forma parcial de liberalismo, que na sua perspectiva precisa associar-se à democracia política. Como afirma sem meias palavras, o que distingue a civilização da barbárie não é a liberdade de mercado, não importando o quanto seja eficiente, mas a cultura consistente de um corpo de ideias, valores, crenças e costumes compartilhados em termos democráticos. Se o mercado for entregue a suas forças competitivas cegas, produzirá riqueza, mas sempre ao preço de uma batalha darwiniana, como frisa citando em seguida Isaiah Berlin, um dos teóricos supremos do liberalismo: “os lobos comem todos os cordeiros”.

Além de ressaltar a liberdade como expressão maior do liberalismo que postula, Vargas Llosa coerentemente sublinha a defesa fundamental do indivíduo perante os poderes do Estado. É em nome desse valor supremo, a liberdade individual, que assinala a tolerância como medida civilizada da nossa relação com o outro, sobretudo o outro que nos nega, que pensa diferentemente de nós. Afinal, é fácil concordar com quem conosco concorda. A liberdade individual e a tolerância cívica se expressam antes de tudo diante do diferente, do que pensa diferentemente de nós. Como disse Rosa Luxemburgo, uma comunista libertária, a liberdade é sempre e exclusivamente a liberdade de discordarem de nós.

O problema do comunismo, para aludir aqui a uma ideologia de esquerda que exerceu poderosa influência sobre os intelectuais e camadas mais críticas das sociedades ocidentais, é que ele, pelo menos em termos práticos, baseou a liberdade na realização da igualdade econômica, além de abolir o Estado burguês embalado pela utopia da extinção do Estado de classe. Ora, o que ele de fato realizou foi a instituição do Estado totalitário a partir do momento em que suprimiu as liberdades civis sob o pretexto de que não passavam de liberdades burguesas. Isso é tão verdadeiro que os melhores comunistas brasileiros precisaram amargar no nosso país uma ditadura militar para aprenderem a importância dessas liberdades, que não podem ser confundidas com valores da classe burguesa. Elas representam nossa defesa última contra o poder do Estado que ameaça nossa autonomia individual.

É dentro do contexto acima que me inquieta, numa dimensão em último caso política, a difusão de uma cultura narcisista, votada ao espetáculo do consumo hedonista, que induz as pessoas a renunciarem à sua liberdade, à defesa de sua vida privada que, reitero, constitui nossa defesa última contra os poderes do Estado. Essa renúncia é bem patente neste trocadilho penetrante: evasão da privacidade. Rendidas ao desejo de aparecer, de usufruir os quinze minutos de fama cronometrados na famosa boutade de Andy Warhol, as pessoas tudo negociam, relembrem o caso exemplar de Geisy Arruda, para conquistarem uma ilusória sensação de importância passível de removê-las das vidas insignificantes que sofrem. Essa renúncia à liberdade individual, servilmente negociada no palco ou passarela onde desfilamos nosso narcisismo insaciável, constitui, no meu entender, uma das mais graves ameaças à liberdade no mundo em que vivemos. Portanto, não é por motivações estreitamente moralistas que a critico, mas por considerar o valor político que em última instância encerra.

Vargas Llosa dedica alguma atenção à cena política e cultural brasileiras quando de algumas passagens pelo país. Louva a política liberal adotada por Lula – o que é fato, não obstante o foguetório retórico deste e de muitos que o apoiam – ao mesmo tempo em que duramente o critica pelos passos mais desastrosos de sua política externa. Para ser mais preciso: critica-o quando posa sorridente ao lado de Fidel Castro, emprestando assim apoio público ao ditador no momento em que este golpeava de morte os direitos humanos de prisioneiros políticos da ilha.

É sem dúvida admirável a tenacidade com que, ao longo de uma longa vida, Vargas Llosa combate em defesa da liberdade compreendida dentro dos termos liberais que procurei esboçar neste artigo. O melhor evidentemente é o leitor conferir com seus próprios olhos os fundamentos do liberalismo que adota atentando em particular para os dois textos acima referidos. Melhor ainda é antes remover a névoa dos preconceitos que contaminam as apreciações ideológicas sobre o liberalismo correntes no nosso meio. Confundir o liberalismo de Vargas Llosa, por exemplo, com o da esmagadora maioria dos nossos políticos, dentro quanto fora do congresso, é apenas concorrer para turvar ainda mais essas águas que somente uma autêntica cultura política poderia adequadamente iluminar.

Por fim, restaria assinalar que Vargas Llosa, dentro da sua tenacidade combativa, é um dos últimos representantes de uma espécie em vias de extinção: a do intelectual público, empenhado na luta das ideias e na defesa das liberdades fundamentais do indivíduo ou ainda dos valores humanos invocados por uma longa tradição humanista que aparenta atravessar um declínio irreversível. Russell Jacoby escreveu há alguns anos um livro, The Last Intellectuals, devotado a essa questão na cena cultural americana. Nele demonstra, em síntese, o processo que deslocou os intelectuais da cena pública (bastaria lembrar nomes como Edmund Wilson, Lionel Trilling e William Phillips) para o refúgio da academia, onde hoje entretêm teorias complicadas e radicalismo de cátedra para consumo dos próprios pares, como um jogo de castália praticado em nichos impenetráveis à participação mais ampla do povo no reino da cultura letrada. Vargas Llosa, assim como seus parceiros liberais antes mencionados, Octavio Paz e Merquior, constituem a negação dessa realidade que tende a se impor cada vez mais.


© Fernando da Mota Lima
Reimpresso do Blog http://fmlima.blogspot.com/
Recife, 24 de dezembro de 2010

Como citar esta resenha:

VARGAS LLOSA, M. Sabres e Utopias. Seleção e Prefácio: Carlos Granés. Rio de Janeiro, Editora Objetiva,. 2010. 430p. ISBN 978-85-390-0113-2. Resenha de: MOTA LIMA, F. (2011). O liberal Vargas Llosa. PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com

Joel Mokyr

¿La Ilustración fue algo positivo? De primera impresión, la pregunta casi suena a sacrilegio: al fin y al cabo, la Ilustración del siglo XVIII nos enseñó a ser democráticos y a creer en los derechos humanos, la tolerancia, la libertad de expresión y otros muchos valores que aún se veneran en las sociedades modernas, si bien no siempre se ponen en práctica. Por otro lado, los historiadores cuestionan si en realidad la Ilustración condujo hacia la fraternidad y la igualdad – es evidente que no – e incluso si la libertad, su tercer objetivo, se consiguió sólo con carácter parcial y con retraso. Hay quien ha sugerido que sus ideas de “mejora” humana pueden haber tenido consecuencias negativas imprevistas, tales como el totalitarismo del siglo XX, el racismo y el colonialismo.

Sin embargo, este debate ha oscurecido el efecto más robusto e irreversible de la Ilustración: nos ha hecho ricos. A estas alturas es ya un estereotipo el señalar cuánto mejor es la vida de la gente del siglo XX que incluso la de los reyes de hace tres siglos. En miles de cosas grandes y pequeñas, la vida material de hoy en día es incomparablemente mejor que antes. ¿Somos más felices? ¿Quién sabe? ¿Somos más ilustrados? Es posible, pero ¿estamos más sanos y más cómodos? Por supuesto que si. Y sin querer sonar arrogante sobre el progreso de la historia, o demasiado triunfalista sobre la historia occidental como pináculo del desarrollo humano – enfoque que la mayoría de los historiadores consideran liberal en el sentido decimonónico-, me gustaría sugerir que la génesis de esta prosperidad ha sido el crecimiento de ciertas ideas durante el siglo posterior a la Revolución Gloriosa de Gran Bretaña de 1688.

En cierto modo, esta importante conexión ha pasado de largo en las obras de los historiadores que han escrito sobre la creación del mundo moderno, y sobre variaciones de dicho tema. La mayoría de los historiadores de la economía no se han centrado en factores intelectuales sino económicos, dando así protagonismo a los recursos, precios, inversiones, imperio o comercio como los causantes del periodo de crecimiento sostenido en el que nos encontramos. Aunque atribuir el cambio económico solamente a causas económicas, a expensas de la exclusión de las ideas, es parte integrante del materialismo histórico -una teoría que normalmente se asocia al Marxismo-, los economistas del libre mercado han hecho lo mismo con frecuencia, describiendo así los efectos de la ideología como ”sin pies ni cabeza ”. Uno de los pocos que expresó su desacuerdo fue John Maynard Keynes, quien observó, en un famoso comentario: “el poder de los intereses creados está notablemente exagerado, comparado con el de la gradual incorporación de las ideas”. No hay mejor ejemplo, en mi opinión, de las ideas de la Ilustración que han dado origen a la prosperidad de la que disfrutamos hoy en día.

Los escritores y pensadores cuyo trabajo denominamos “Ilustración” eran un grupo variopinto de filósofos, científicos, matemáticos, médicos y otros intelectuales. Sus opiniones diferían en muchos temas, pero la mayoría estaban de acuerdo en que la mejora de la condición humana era algo posible y deseable. Esto puede sonar manido, pero hay que tener en cuenta que en el 1700 era escasa la gente con motivos para creer que sus vidas fuesen a mejorar en algún momento; para la mayoría, la vida no era menos corta, embrutecida y dura de lo que lo había sido mil años antes; las encarnizadas guerras religiosas que Europa había sufrido durante décadas no habían mejorado las cosas, y aunque había habido algún avance – la difusión de los libros por ejemplo, y un goteo de bienes novedosos del extranjero, como el té y el azúcar – su impacto en la calidad general de vida siguió siendo marginal. Un británico medio nacido en el 1700 tenía una esperanza de vida de treinta y cinco años, se pasaba los días realizando un duro trabajo físico y las noches en un lugar frío, lleno de gente e infestado de pestes diversas.

En este contexto tan crudo, los filósofos de la Ilustración desarrollaron una creencia en la capacidad de lo que ellos denominaron “conocimiento útil” para avanzar el estado de la humanidad. El defensor más destacado de esta creencia había sido el filósofo inglés, un poco anterior, Francis Bacon, el cual había insistido en que el conocimiento del entorno físico era la clave del progreso material: “no podemos controlar la naturaleza salvo si la obedecemos”, escribió en 1620 en su Nuevo Organon. Los intereses de lo que hoy llamaríamos “investigación y desarrollo” empezaron a ampliarse desde la figura del investigador – o su deseo de poner de manifiesto la sabiduría del Creador – hasta la inclusión de la esperanza de que un día este conocimiento se pudiese dedicar a buen fin. En 1671, uno de los científicos más importantes de la época, Robert Boyle, escribió que “apenas hay ninguna verdad física considerable que no esté, en realidad, cargada de inventos beneficiosos y que no se pueda convertir, a manos de la destreza humana y de la industria, en la madre fértil de diversas cosas útiles.” La idea se extendió a otros países; así, el gran científico francés René Reaumur, matemático de formación, pasó gran parte de su carrera investigando materias prosaicas como el acero, el papel y los insectos con la esperanza de utilizar tal conocimiento en la industria y la agricultura.

Para dar lugar al progreso que preveían – para resolver problemas prácticos de industria, agricultura, medicina y navegación – los científicos europeos se dieron cuenta de que tenían que acumular una base de conocimientos sólida y que ello requería, sobre todo, comunicaciones fiables. Escribieron enciclopedias, compendios, diccionarios y publicaciones técnicas – los buscadores de la época – en las cuales se organizaba, catalogaba, clasificaba y hacía disponible en la medida de lo posible el conocimiento útil. Uno de estas publicaciones fue la Enciclopedia de Diderot, quizá el documento de la Ilustración por excelencia. La era de la Ilustración también fue la era de la “República de la ciencia”: una comunidad transnacional e informal en la que los científicos europeos se comunicaban a base de una red epistolar, para así leer, criticar, traducir y a veces hasta plagiar las ideas de los otros. Parece que la nacionalidad importaba poco comparada con el objetivo compartido del progreso humano. “Las ciencias,” dijo el gran químico Antoine Lavoisier, “nunca entran en guerra”. Como muchos de los ideales elevados del siglo XVIII, esta noción acabó siendo, hasta cierto punto, una ilusión.

Sin embargo, la idea del progreso material a través de la expansión del conocimiento útil – lo que hoy llaman los historiadores el programa baconiano – echó raíz progresivamente. La Royal Society, fundada en Londres en 1660, estaba basada explícitamente en las ideas de Bacon; consideraba que su función era “mejorar el conocimiento sobre las cosas naturales, y sobre todas las artes, manufacturas, prácticas mecánicas, motores e invenciones fruto de experimentos que sean útiles.” El movimiento sufrió un empujón considerable en el siglo XVIII, cuando se establecieron organizaciones privadas a lo largo de Gran Bretaña para vincular a aquellos que sabían cosas con aquellos que las hacían. Un ejemplo de ello es la llamada Sociedad Lunar de Birmingham, en la cual científicos punteros se reunían con regularidad con empresarios célebres, como el gran ingeniero de la época, James Watt y su compañero Matthew Bolton. Otro ejemplo era la Sociedad Literaria y Filosófica de Manchester, entre cuyos miembros se contaban muchos de los empresarios más importantes de la industria algodonera de Gran Bretaña, que estaba creciendo a gran velocidad.

Cada vez más industriales pedían asesoramiento a científicos y matemáticos para resolver problemas técnicos y así aumentar la productividad. La actuación de dichos asesores era variada: con mucha frecuencia, los asesores le decían a una empresa algo que ya sabía o algo que podrían haber descubierto por medios más económicos. Pero lo interesante es hasta qué punto, hacia 1780, se extendió la creencia de que la ciencia podría ayudar a la industria.

El programa baconiano tuvo un éxito inesperado en Gran Bretaña, que, como consecuencia, se convirtió en líder mundial de la innovación industrial. Había muchos motivos para ello, por ejemplo la unión de Inglaterra y Escocia en 1707. El historiador Arthur Herman ha escrito, quizá exageradamente, que los escoceses inventaron el mundo moderno. Las universidades de Edimburgo y Glasgow eran las versiones de la Ilustración escocesa de Harvard y MIT: rivales hasta cierto punto, pero que cooperaban en generar el conocimiento útil que subyacía a la nueva tecnología. Emplearon algunas de las mejores mentes de la época – sobre todo, Adam Smith. Al filósofo David Hume, amigo de Smith, se le negó dos veces el ejercicio de una cátedra por causa de sus creencias heterodoxas. En épocas anteriores, ello le podría haber ocasionado problemas con la ley, pero en la Escocia ilustrada vivió una existencia pacífica como bibliotecario y funcionario. Otro escocés y también amigo de Smith, Adam Ferguson, acuñó el concepto de sociedad civil. Pero Escocia no sólo produjo filósofos, también exportó a Inglaterra muchos de sus ingenieros y químicos más destacados, sobre todo James Watt.

Es absurdo argumentar, como han hecho ciertos estudiosos, que Inglaterra no tuvo una Ilustración. Es cierto que la Ilustración inglesa fue más práctica que la escocesa, lo cual quizá se debiera a que ello era necesario para la innovación. Por ejemplo Josiah Wedgwood, el gran alfarero de Staffordshire que revolucionó toda una industria: Wedgwood era la típica figura de la Ilustración; estaba en contra de la esclavitud, estrechamente vinculado con los intelectuales más destacados de su época y era un estudioso contumaz de ciencia, asesorándose con científicos para mejorar la tecnología y el marketing de sus productos. La celebrada invención de Wedgwood del jaspe – un tipo de tierra coloreada con una selección de óxidos de metal – se considera la innovación más significativa de la historia de la cerámica desde la invención china de la porcelana, y se produjo tras miles de experimentos en los laboratorios de Wedgwood de Staffordshire. Parece claro que el progreso en esta área ya no estaba reducido los tropiezos aleatorios de artesanos inspirados.

En algunos campos, el conocimiento útil resultó ser de una productividad enorme. La industria algodonera, que estaba creciendo con gran rapidez, necesitaba un agente químico para blanquear tejidos, pero las técnicas tradicionales eran lentas y caras. En 1774 un químico sueco, Carl Wilhelm Scheele, descubrió una sustancia que el francés Claude Berthollet posteriormente concluyó que tenía propiedades blanqueadoras milagrosas. El que esta sustancia, que más tarde se denominaría cloro, podía tener aplicación en el terreno de la industria fue una idea británica. (Sus otras propiedades se descubrirían más tarde: empezó a usarse como desinfectante a mediados del siglo XIX y la cloración del agua se empezó a extender en el siglo XX.)

Otro ejemplo del éxito del programa baconiano se produjo en el campo de la iluminación: las velas eran caras, producían humo y muchas veces causaban fuegos, así que los científicos de toda la Europa ilustrada empezaron a cavilar sobre este problema. Alrededor de 1780, Archibald Cochrane, el excéntrico y brillante conde de Dundobald, encendía gas de carbón mineral sobre sus hornos de alquitrán, fundamentalmente para entretener a sus amigos; no obstante, no estamos seguros de quién se dio cuenta por primera vez de que el gas no sólo quemaba bien sino que además hacía un servicio muy útil. Jean-Pierre Minkeles se atribuyó este éxito, se dice que iluminó su aula de Lovaina con gas en 1784; Johann Georg Pickel también se lo atribuyó, y es cierto que iluminó su laboratorio alemán con gas en 1786. En 1799, el francés Philippe Lebon patentó una “termolámpara”, que era un aparato de cristal que podía quemar una combinación de aire con gas de madera destilada. Después de que Lebon realizarse una serie de demostraciones con mucha publicidad en París en 1801, algunas de las fábricas de algodón de Manchester y todo el Pall Mall de Londres se iluminaron con gas de carbón en celebración del cumpleaños del rey Jorge. En la década siguiente la luz de gas convirtió a la noche en día para muchos europeos.

Seguía abundando el optimismo relativo a las grandes posibilidades que tenía el conocimiento útil para mejorar el mundo. En 1780, una de las grandes figuras de la Ilustración, Benjamín Franklin, escribió en una carta que “el progreso rápido de la verdadera ciencia hace que a veces lamente haber nacido tan pronto. Es imposible imaginar la altura a la que puede llegar, dentro de mil años, el poder del hombre sobre la materia… ojalá la ciencia moral se encontrase en un camino de mejora tan clara.” Se refería a ese sentimiento tan baconiano en una carta a su amigo Joseph Priestley, el científico y filósofo británico que inventó la soda y descubrió el oxígeno.

Por supuesto, la era de la Ilustración también fue la era de Newton, cuyos descubrimientos hicieron posible la comprensión del movimiento de los cuerpos celestiales. Ello se recibió, generalmente, como una muestra de lo que estaba por llegar: si podían entender eso, podían entenderlo todo. Pero la naturaleza resultó ser más caótica de lo esperado. Durante un siglo, muchos campos de investigación se resistieron a los esfuerzos de mejora simplemente porque la física y la química de base, y por supuesto la biología, no habían avanzado lo suficiente. Buen ejemplo de ello es el lento desarrollo de la energía eléctrica. La ciencia del siglo XVIII estaba fascinada con la electricidad y adivinaba sus posibilidades; en 1760 el preámbulo a los Nuevos experimentos y observaciones sobre electricidad de Franklin afirmaba proféticamente que la electricidad era, quizás, el agente más extraordinario e irresistible del universo. No obstante, aún debió pasar otro siglo y el trabajo de muchos científicos hasta que la energía eléctrica pudiese resultar económicamente útil.

Los progresos en medicina también fueron esporádicos. Los médicos ilustrados creían con vehemencia en el progreso. ¿Cómo no hacerlo? veinte de cada cien bebés morían antes de cumplir un año, muchos hombres y mujeres jóvenes y brillantes sufrían una muerte prematura por enfermedad, la vida adulta era con frecuencia una secuencia de enfermedades desfigurativas y debilitantes. “No veo una razón para dudar de que, aprovechándose de los varios y continuados progresos de la ciencia, el mismo poder se podrá ejercer sobre cuerpos animados, tal y como se ejerce en la actualidad sobre cuerpos inanimados”, escribió Thomas Beddoes, un médico inglés ilustrado, en 1793. Así, fue testigo en vida de al menos un gran éxito: el descubrimiento de Edward Jenner de la vacuna de la viruela tres años más tarde. Se podrían mencionar otros progresos más modestos, como el descubrimiento de que los cítricos podían proteger a los marineros del escorbuto. Pero estos descubrimientos eran excepcionales: el conocimiento útil no podía controlar, y mucho menos curar, la mayoría de las enfermedades hasta la década de 1850. Además, aparecieron nuevas enfermedades que dejaron indefensa la profesión médica: el cólera de la década de 1830 fue comparable al HIV de la década de 1980, y se tardó años en determinar su modo de contagio. Beddoes murió decepcionado y desilusionado.

Incluso en la industria, los efectos inmediatos del programa baconiano fueron limitados. Algunos de los inventos más importantes del siglo XVIII, especialmente en textiles, fueron artefactos mecánicos ingeniosos pero que no dependían de avances en la física. La maquina hiladora “Jenny” de Hargreaves y la desmotadora de Whitney, por ejemplo, no incluían ningún elemento que Arquímedes no hubiese podido entender. La novedad del siglo XVIII fue el darse cuenta de cuánto podían aprender la una de la otra la ciencia y la tecnología. Pero la innovación tenía una deuda de menor calibre con la ciencia formal que con la intuición, la ingenuidad y la destreza de genios mecánicos como Watt, el cual fue más allá que los demás para promover la eficiencia en la máquina de vapor, pero que a la vez no entendía en su totalidad los principios físicos de la misma. En 1824, cinco años después de la muerte de Watt, el científico francés Nicolás Sadi Carnot, intrigado por la máquina de vapor, escribió un ensayo que sentaba las bases de la termodinámica moderna.

De todos modos, el empleo del programa baconiano resultó ser un punto de inflexión clave en la historia de la humanidad, sin el cual la innovación podría no haberse producido. Es fácil imaginar una situación histórica muy distinta, en la cual la tecnología hubiese avanzado sólo lo suficiente como para crear un mundo de hiladoras de algodón mecánicas y de barras de hierro más baratas, y luego se hubiese estancado. Otros triunfos tecnológicos anteriores, como la invención de la imprenta en el siglo XV, de los buques transoceánicos y de las armas de fuego habían cristalizado del mismo modo.

El siglo XIX era distinto, gracias a las revoluciones intelectuales del siglo anterior. Después de 1815, el espíritu de innovación recobró fuerza, de modo que el mundo ya nunca iba a ser el mismo. Incluso aunque la Ilustración en el sentido estricto de la palabra ya había pasado, dejó una herencia de avances tecnológicos a lo largo del siglo XIX: el acero barato, la teoría de las enfermedades y los gérmenes, el control de la electricidad, los inventos procedentes de la termodinámica y la química orgánica y muchos otros. En 1787, Emmanuel Kant escribió que había vivido en una era de Ilustración pero no en una ilustrada. El siglo XIX fue justo lo contrario: ya no era la era de la Ilustración, sino una era ilustrada, en el sentido restrictivo de que estaba empeñada en continuar con el programa baconiano.

Las contribuciones de la Ilustración al crecimiento económico a largo plazo no fueron sólo de tipo científico. Así, muchos economistas, siguiendo el liderazgo del Premio Nobel Douglass North, empezaron a considerar las ideas políticas y económicas de la Ilustración como claves para este proceso. La doctrina económica inicial, muchas veces llamada mercantilismo, propugnaba que el comercio era una suma de ceros: si un lado ganaba, el otro perdía. Este pensamiento condujo a las políticas que hoy conocemos como “proteccionismo”, que todos los profesores de económicas de este país se enorgullecen en describir como costosas e ineficientes. La idea de que el comercio normalmente favorece a ambas partes condujo al crecimiento del mercado libre después de 1815 y fue clave para el establecimiento de zonas de libre mercado en Europa y en otros lugares después de 1950. Tal concepción se originó en la Ilustración y en el pensamiento de gigantes intelectuales como Smith y Hume.

Más importante todavía fue la idea de libertad de expresión de la Ilustración. Hoy en día concebimos los cambios tecnológicos como algo natural y obvio, y desde luego consideraríamos su ausencia un motivo de preocupación. Esto no era así en el pasado: los inventores se percibían como seres poco respetuosos que se revelaban contra el orden existente, amenazando así la estabilidad del régimen y la Iglesia y poniendo en riesgo el empleo. En el siglo XVIII esta noción empezó poco a poco a dejar paso a la tolerancia, a la creencia de que debía permitirse a aquellos con ideas extrañas someter las mismas a pruebas de mercado. Muchas ideas nuevas se sometieron a experimentación, especialmente en medicina, de modo que constantemente se proponían y se ponían a prueba nuevos modos de lucha contra la enfermedad (la mayoría de las veces en pacientes desinformados que hacían, sin saberlo, de conejillos de indias). Así, empezaron a desaparecer palabras como “hereje” aplicadas en los innovadores. De hecho, algunas de las figuras más destacadas de la revolución industrial, sobre todo Watt y Jenner, se hicieron mundialmente famosos.

Los críticos de la Ilustración tienen razón al afirmar que no convirtió a los europeos en monaguillos, precisamente. La revolución francesa, inspirada inicialmente en el pensamiento ilustrado, degeneró en un baño de sangre violento y después en una dictadura militar. Las dos naciones más ilustradas, Francia y Gran Bretaña, se enfrentaron en 1793 en una guerra encarnizada que duró más de veinte años y que condujo a políticas interiores de opresión y oscurantismo. La revolución americana, tan heredera de la Ilustración como la francesa, toleró y reguló la esclavitud. En el siglo XIX, los europeos usaron sus nuevas tecnologías para oprimir, explotar y asesinar a los no europeos; a finales del siglo XIX, reemplazaron las los ideales transnacionales de algunos pensadores ilustrados con un nacionalismo de feo cariz que enseñó a las masas que el modo de mostrar amor por su país era odiar a sus vecinos; de este modo, en la primera mitad del siglo XX, se enfrentaron entre ellos con una brutalidad y una destrucción que carecían de precedente en la historia.

Así, la Ilustración, por desgracia, no puso fin a la barbarie y la violencia; sin embargo, acabó con la pobreza en muchos de los países que la adoptaron. Una vez las cosas se calmaron después de la revolución francesa, Europa empezó un siglo de crecimiento económico (conocido como la Pax britannica) aderezado con algunas guerras locales relativamente cortas. Hacia el 1914, los países que habían experimentado algún modo de Ilustración se habían enriquecido e industrializado, mientras los que no, o los que se había resistido (como España y Rusia) se quedaron a la cola. El “club” de los países ricos formó el núcleo del mundo industrializado en la mayor parte del siglo XX. Incluso tras dos guerras de gran magnitud y de una devastación tal que habría acabado con cualquier imperio antiguo, Europa pudo reponerse y hoy en día la calidad de vida en países europeos es la envidia de gran parte de la humanidad.

Aunque parezca improbable, un pequeño grupo de intelectuales en una esquina de la Europa del siglo XVIII cambió la historia del mundo. No sólo se pusieron de acuerdo sobre la importancia del progreso, sino que también escribieron un programa detallado sobre cómo aplicarla y a continuación, sorprendentemente, la pusieron en práctica. Hoy en día, disfrutamos de comodidades materiales, de acceso a la información y al entretenimiento, de mejor salud, casi todos nuestros hijos llegan a una edad adulta (incluso si escogemos tener menos hijos), y tenemos expectativas razonables de vivir muchos años con una jubilación agradable y económicamente estable. Éstos son lujos con los que Smith, Hume, Watt y Wedgood sólo podían soñar, pero que sin la Ilustración no había sucedido.

El progreso tecnológico se ha convertido en parte integrante de nuestras vidas, hemos aprendido que la ciencia y la tecnología avanzan cada año y que vamos a descubrir más y más cosas sobre el mundo físico para así mejorar nuestra existencia material, ya sea en el campo de la medicina, los materiales, la energía o la tecnología de la información. Nuestra preocupación creciente sobre el medio ambiente y sobre la influencia que la tecnología ha ejercido sobre nuestro frágil planeta añade matices y sofisticación a esa creencia. La era de la Ilustración quemaba carbón sin preocuparse, sin saber del impacto del hidrocarburo en la atmósfera. Nuestra época está aprendiendo otra lección: necesitamos más que nunca el progreso tecnológico, pero necesitamos más que nunca utilizarlo con inteligencia. Ben Franklin estaría de acuerdo.


Joel Mokyr es profesor de la Norhwestern University, EEU, donde es titular de la cátedra Robert H. Strotz de Artes y Ciencias. Su libro más reciente si titula The Enlightened Economy: Britain and the Industrial Revolution (La Economía Ilustrada: Gran Bretaña y la Revolución Industrial).

Título Original: Enlightened and enriched. We owe our modern prosperity to Enlightenment ideas
© Dr. Joel Mokyr
Cortesía de: JM y City Journal, Summer 2010, vol. 20, no. 3 (http://www.city-journal.org), una publicación del Manhattan Institute, editado por Brian C. Anderson

Traducción de: Elena Fresco Barreira (UK)

Referencia:

Mokyr, J. (2011). Ilustrados y enriquecidos. Debemos nuestra prosperidad moderna a las ideas de la Ilustración. PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com

Joel Mokyr

O Iluminismo foi uma Boa Coisa? À primeira vista a pergunta soa quase como um sacrilégio. Afinal de contas, o Iluminismo do século dezoito nos ensinou a ser democráticos e a acreditar em direitos humanos, tolerância, liberdade de expressão e muitos outros valores que ainda são reverenciados, embora nem sempre acatados, pelas sociedades modernas. Por outro lado, os historiadores questionam se o Iluminismo levou de fato à confraternização e à igualdade (naturalmente que não), e mesmo a liberdade, o seu terceiro objetivo, foi obtida apenas de forma parcial e tardiamente. Algumas pessoas até sugeriram que as suas idéias de ‘aperfeiçoamento’ humano podem ter tido consequências ruins não intencionadas tais como o totalitarismo, o racismo e o colonialismo do século vinte.

Ainda assim, o debate obscureceu o resultado mais robusto e irreversível do Iluminismo: ele nos tornou ricos. Hoje em dia já é um clichê notar que a vida das pessoas do século vinte e um chega a ser melhor do que a dos reis de três séculos atrás. Em milhares de coisas pequenas e grandes, a vida material de hoje é incomensuravelmente melhor do que antes. Somos mais felizes? Quem sabe? Somos mais esclarecidos? Possivelmente. Mas, temos mais saúde e conforto? É óbvio que sim. E sem querer soar nem arrogante em relação à progressão da história, nem demasiadamente triunfalista em apresentar a cultura Ocidental como a realização maior do desenvolvimento humano (visão que a maioria dos historiadores rotulam como whiggish1), eu gostaria de sugerir que o que gerou toda essa prosperidade foi o crescimento de certas ideias no século que sucedeu à Revolução Gloriosa Britânica2 de 1688.

De alguma forma essa importante conexão passou despercebida pelos diversos historiadores que escreveram sobre o surgimento do mundo moderno e temas afins. A maior parte dos historiadores da ciência econômica não focalizou os fatores intelectuais mas sim os econômicos, creditando recursos, preços, investimentos, império ou comércio com o desencadeamento da Revolução Industrial, que por sua vez levou ao período de crescimento econômico continuado no qual ainda nos encontramos. Embora a atribuição de mudança econômica puramente a causas econômicas à exclusão de ideias seja uma parte do pacote do materialismo histórico, teoria geralmente associada ao Marxismo, economistas favoráveis ao livre mercado frequentemente fizeram a mesma coisa quando descreveram os efeitos da ideologia como sendo ‘um sorriso falso sem um gato’3. Um dos poucos que discordaram foi John Maynard Keynes, que escreveu num trecho famoso que ‘o poder dos interesses próprios é vastamente exagerado em comparação como a invasão gradual das ideias.’ Não há exemplo melhor do que as ideias do Iluminismo, que a meu ver, criaram a prosperidade que hoje em dia usufruímos.

Os escritores e pensadores cuja produção intelectual constitui aquilo que chamamos de Iluminismo eram um bando heterogêneo de filósofos, cientistas, matemáticos, físicos e outros intelectuais. Embora eles divergissem em muitos tópicos, a maioria concordava que a melhoria da condição humana era possível e desejável. Isso soa banal para nós, mas vale lembrar que por volta de 1700, poucas pessoas deste planeta tinham muitos motivos para crer que as suas vidas poderiam melhorar. Para a maioria, a vida não era muito menos curta, abrutalhada e ruim do que havia sido mil anos atrás. As violentas guerras religiosas que a Europa vinha sofrendo há muitas décadas não haviam melhorado as coisas, e embora tivesse havido alguns avanços—como o aumento na disponibilidade de livros e o surgimento de um punhado de novos produtos importados como o chá e o açúcar—o impacto dos mesmos na qualidade de vida geral permanecia marginal. Um britânico nascido em 1700 podia esperar viver cerca de 35 anos, passando os seus dias trabalhando no pesado e as suas noites nalguma morada fria, cheia de gente e infestada de pestes diversas.

Contra esse sombrio pano de fundo, os filósofos do Iluminismo desenvolveram a crença no potencial daquilo que eles chamavam de ‘conhecimento útil’ para o avanço da situação da humanidade. O proponente mais influente dessa crença foi o filósofo inglês Francis Bacon, que enfatizou que o conhecimento do ambiente físico era a chave do progresso material: ‘só se pode vencer a natureza obedecendo-lhe,’ ele escreveu em 1620 no seu livro Novo Órgão.’ A agenda daquilo que um dia chamaríamos de ‘pesquisa e desenvolvimento’ começou a se expandir apenas do interesse do pesquisador—ou do seu desejo de ilustrar a sabedoria do Criador—e incluía a esperança de um dia o seu conhecimento pudesse ser colocado em uso. Em 1671, um dos cientistas mais eminentes da época, Robert Boyle, escreveu que ‘existem poucas verdades físicas relevantes que não estejam se emparelhando com invenções lucrativas, e que não possam através da diligência e habilidade humana, transformar-se numa geratriz de diversas coisas úteis.’ A ideia se espalhou para outros países. O grande cientista francês René Réaumur, matemático de formação, passou uma boa parte da sua carreira pesquisando coisas mundanas tais como aço, papel e insetos, na esperança de vir a empregar tal conhecimento na indústria e na agricultura.

A fim de criar o progresso que anteviam—para resolver os problemas pragmáticos da indústria, da agricultura, da medicina, e da navegação—os cientistas europeus perceberam que teriam de acumular uma sólida base de conhecimentos, o que requereria, acima de tudo, comunicações confiáveis. Eles produziram enciclopédias, compêndios, dicionários e livros técnicos—os ‘buscadores’ da sua época—onde o conhecimento útil era organizado, catalogado, classificado e tornado o mais acessível possível. Uma dessas obras é a Enciclopédia de Diderot, talvez o documento iluminista por excelência. A idade do Iluminismo foi também a idade da ‘República da Ciência’, uma comunidade informal e transnacional, onde os cientistas europeus faziam uso de uma rede epistolar para ler, criticar, traduzir e muitas vezes plagiar, ideias e trabalhos uns dos outros. A nacionalidade parecia ter pouca importância em comparação com o objetivo compartilhado do progresso humano. As ‘ciências’, disse o famoso químico Antoine Lavoisier, ‘nunca fazem guerra’. Como muitas das ideias altivas do século dezoito, essa noção eventualmente provou ser, até certo ponto, ilusória.

Ainda assim, a ideia do progresso material através da expansão do conhecimento útil—aquilo que os historiadores de hoje chamam de ‘o programa Baconiano’—aos poucos criou raízes. A Royal Society, fundada em Londres em 1660, era baseada explicitamente nas ideias de Bacon. O seu declarado objetivo era ‘aprimorar o conhecimento das coisas naturais, e de todas as artes úteis, manufaturas, práticas mecânicas, engenhos, e invenções decorrentes de experimentos’. Entretanto, o movimento teve um forte empuxo durante o século dezoito, quando organizações privadas foram criadas em toda a Grã-Bretanha para servir de ponte entre os que sabiam coisas e os que construíam coisas. Um exemplo foi a estranhamente denominada Sociedade Lunar de Birmingham, onde os cientistas de maior calibre reuniam-se regularmente com empresários famosos, incluindo o maior engenheiro da época, James Watt, e seu parceiro Matthew Boulton. Outro exemplo foi a Sociedade Filosófica e Literária de Manchester, cujos membros incluíam alguns dos homens de negócios mais proeminentes da crescente indústria da tecelagem de algodão britânica.

Mais e mais fabricantes procuraram o apoio de cientistas e matemáticos para resolver estrangulamentos técnicos e aumentar a produtividade. O registro deixado dessas consultorias era misto, quase sempre um consultor informava à firma algo que a mesma já sabia ou que poderia ter descoberto de uma forma menos cara. Mas, o interessante é a maneira como a ideia de que a ciência poderia ajudar a indústria, se espalhou por volta de 1780.

O programa Baconiano provou ser extraordinariamente bem sucedido na Grã-Bretanha, e por essa razão a mesma liderou o mundo na inovação industrial. Havia razões de sobra para isso, uma das não menos importantes sendo a união entre a Inglaterra e a Escócia em 1707. O historiador Arthur Herman escreveu, com um certo exagero, que os escoceses inventaram o mundo moderno. As universidades de Edimburgo e Glasgow eram a Harvard e o MIT do Iluminismo escocês: rivais até certo ponto, mas colaborando uma com a outra para a geração do conhecimento útil capaz de embasar novas tecnologias. Tais universidades atraíram as mentes mais capazes do seu tempo—acima de tudo, Adam Smith. O filósofo David Hume, amigo de Smith, foi preterido em duas ocasiões para um cargo permanente de professor, por conta das suas crenças heterodoxas. Numa época um pouco anterior, ele poderia até ter tido problemas com a lei; mas na Escócia iluminada, ele teve uma vida pacífica como bibliotecário e servidor público. Outro escocês também amigo de Smith foi Adam Ferguson, que introduziu o conceito de sociedade civil. Mas a Escócia não produziu só filósofos; também exportou para a Inglaterra diversos dos seus mais talentosos químicos e engenheiros, sendo James Watt o mais notável de todos.

É absurdo argumentar, como certos estudiosos têm feito, que a Inglaterra não teve um Iluminismo próprio. O que ocorreu foi que o Iluminismo inglês foi mais prático que o escocês, e talvez isso é que era preciso para inovar. Tome o exemplo de Josiah Wedgwood, o grande ceramista de Staffordshire que sozinho conseguiu revolucionar toda uma indústria. Wedgwood era uma figura típica do Iluminismo: contrário à escravatura, bem entrosado com os intelectuais mais proeminentes da sua época, estudioso contumaz de ciência, e com o hábito de consultar cientistas e procurar melhorar a tecnologia e o marketing. A celebrada invenção de Wedgwood, o ‘jasperware’—um tipo de ‘stoneware’ colorido pelo acréscimo de óxidos de metais selecionados—foi considerada a maior inovação da história da cerâmica desde a invenção da porcelana pelos chineses. Foi o resultado de milhares de experimentos nos laboratórios de Wedgwood em Staffordshire. Claramente, o progresso nessa área já não era mais restrito aos tropeços fortuitos de artesãos inspirados.

Em algumas áreas, o conhecimento útil eventualmente se tornou altamente produtivo. O rápido crescimento da indústria da tecelagem de algodão havia criado a necessidade de um agente químico capaz de clarear tecidos, mas as técnicas tradicionais eram lentas e caras. Em 1774, um químico sueco, Carl Wilhelm Scheele, descobriu uma substância que o francês Claude Berthollet subsequentemente percebeu que tinha uma miraculosa propriedade como alvejante. O reconhecimento do poder industrial de tal substância, mais tarde chamada de cloro, foi uma idéia britânica. (As outras propriedades do cloro foram descobertas depois: o mesmo começou a ser empregado como um desinfetante em meados do século dezenove, e a difusão da cloração da água começou no século vinte.)

Outro exemplo do sucesso do programa Baconiano ocorreu no campo da iluminação. As velas eram caras, emitiam fumaça, e frequentemente causavam incêndios. Cientistas de toda a Europa iluminada começaram a colocar os seus cérebros a serviço desse problema. Por volta de 1780, Archibald Cochrane, o brilhante mas excêntrico conde de Dundonald, costumava acender o gás de carvão mineral sobre os seus fornos de alcatrão, mais como uma forma de divertir os seus amigos; entretanto não se sabe ao certo quem foi o primeiro a descobrir que o gás não só queimava muito bem mas também tinha imensas utilidades.

Reivindicações do descobrimento foram feitas por Jean-Pierre Minkelers, que supostamente iluminou com gás a sua sala de aula em 1784, e por Johann Georg Pickel, que certamente iluminou o seu laboratório na Alemanha com gás em 1786. Em 1799, o francês Philippe Lebon obteve a patente para uma ‘lamparina térmica’, um objeto de vidro dentro do qual era queimada uma mistura de ar e gás destilado da madeira. Depois que Lebon fez diversas e bem promovidas demonstrações em Paris em 1801, ficou bastante evidente que uma nova e radical possibilidade havia surgido. Em 1807, algumas tecelagens de algodão de Manchester e todo o percurso do Pall Mall4 de Londres foi iluminado por gás de carvão mineral em homenagem ao aniversário do Rei George. Na década seguinte, a iluminação a gás havia transformado a noite em dia para muitos europeus.

O otimismo sobre o potencial do conhecimento útil para melhorar o mundo continuava abundante. Em 1780, uma das figuras mais importantes do Iluminismo, Benjamin Franklin, escreveu numa carta que ‘o rápido progresso que a verdadeira ciência está a fazer, me faz lamentar que eu nasci cedo demais. Em mil anos, é impossível imaginar aonde chegará o poder do homem sobre a matéria… Ah, que a ciência moral leve a um caminho justo de progresso.’ Ele expressou tal sentimento Baconiano ao seu amigo Joseph Priestley, o cientista e filósofo britânico que descobriu o oxigênio e inventou a água carbonada.

A idade do Iluminismo, foi naturalmente a idade de Newton, cujas descobertas levaram à compreensão do movimento dos corpos celestes. Isso era amplamente tido como uma amostra daquilo que estava por vir: se podemos compreender isso, podemos compreender qualquer coisa. Entretanto, a natureza mostrou ser mais complicada do que era esperado. Durante um século, diversos ramos da pesquisa resistiram às tentativas de melhoria simplesmente porque os alicerces físicos e químicos, e também os biológicos, ainda não haviam avançado o suficiente. Um bom exemplo é o lento desenvolvimento da energia elétrica. A ciência do século dezoito era fascinada pela eletricidade e já sentia o seu potencial; em 1760, o prefácio do livro de Franklin ‘New Experiments and Observations on Electricity’ (Novos Experimentos e Observações Sobre Eletricidade) afirmou profeticamente que a eletricidade era talvez o agenciador mais formidável e irresistível do universo. Entretanto, ainda levou mais um século e o trabalho de diversos cientistas até que a energia elétrica se tornasse economicamente útil.

Os avanços na medicina também provaram ser esporádicos. Os físicos iluminados tinham paixão pelo progresso. E como é que não teriam? Vinte em cada cem bebês que nasciam, morriam ainda no primeiro ano de vida; muitos jovens de talento morriam prematuramente de doenças terríveis; a vida adulta era frequentemente uma sequência de doenças debilitadoras e desfigurantes. ‘Eu não tenho motivos para duvidar que, tirando proveito das diversas e continuadas descobertas que vêm surgindo na ciência, o mesmo progresso que temos no presente no tocante aos corpos inanimados poderá ser obtido sobre a vida’, escreveu Thomas Beddoes, um instruído médico inglês, em 1793. E de fato, pelo menos um sucesso significativo ocorreu durante a sua vida: a descoberta da vacina contra a varíola, por Edward Jenner, três anos depois. Podemos mencionar mais alguns avanços mais modestos, tais como a descoberta de que as frutas cítricas tinham o poder de proteger os marinheiros contra o escorbuto. Entretanto, tais descobertas eram excepcionais: antes de 1850 o conhecimento útil não podia controlar, e muito menos curar, a maior parte das doenças. Para piorar a situação, doenças novas surgiam, deixando a profissão médica desamparada: a cólera foi para a década de 1830s o mesmo que o HIV foi para a década de 1980; levou-se décadas somente para isolar o seu modo de transmissão. Beddoes morreu desapontado e desiludido.

Mesmo na indústria, o efeito imediato do programa Baconiano era limitado. Algumas das invenções de maior importância do século dezoito, especialmente no setor têxtil, consistiam de engrenagens mecânicas engenhosas mas que não dependiam dos avanços da física. Dois exemplos são a máquina de tear conhecida como ‘spinning jenny’, criada por James Hargreaves, e a máquina de depurar algodão chamada ‘cotton gin’, criada por Eli Whitney; elas não tinham nada de especial que Arquimedes não teria compreendido. A novidade no século dezoito foi entender o quanto a ciência e a tecnologia podiam aprender uma com a outra. Mas a inovação continuou a dever menos à ciência do que à intuição, criatividade e desteridade dos gênios da mecânica como Watt, que fez mais que nenhum outro para tornar o engenho a vapor eficiente mas não entendia inteiramente a física da energia a vapor. Só em 1824, cinco anos depois da morte de Watt, que o cientista Frances Nicolas Sadi Carnot, intrigado com o engenho a vapor, escreveu um ensaio que serviu de fundamento para a termodinâmica moderna.

Com tudo isso, a aplicação do programa Baconiano acabou virando uma encruzilhada crítica na história humana. Sem o mesmo, a inovação poderia ter fracassado. É fácil de imaginar um cenário histórico muito diferente, onde a tecnologia progredisse apenas o suficiente para criar um mundo de tecelagens de algodão e barras de ferro mais baratas—para depois estagnar. Os florescimentos tecnológicos anteriores, tais como a invenção da imprensa no século quinze, os navios transoceânicos e as armas-de-fogo haviam se cristalizado dessa forma.

Mas o século dezenove foi diferente, graças às revoluções intelectuais do século anterior. Após 1815, o espírito do progresso ganhou vapor, assim por dizer, e o mundo nunca mais seria o mesmo. Muito embora o Iluminismo, que numa acepção correta, já tivesse ficado para trás, o seu legado foi as grandes descobertas do século dezenove: aço barato, a teoria dos germes causadores de doenças, a domação da eletricidade, as invenções derivadas da termodinâmica, a química orgânica e inúmeras outras descobertas. Em 1787, Immanuel Kant escreveu famosamente que ele vivia na idade do Iluminismo e não numa idade iluminada. O século dezenove foi precisamente o oposto: já não era a época do Iluminismo mas sim uma época iluminada, num sentido admissivelmente restrito, da obstinação inexaurível de levar adiante o programa Baconiano.

As contribuições do Iluminismo ao crescimento econômico de longo prazo não eram meramente científicas. Seguindo a liderança do Nobel laureado Douglass North, muitos economistas já estão começando a ver as idéias econômicas e políticas do Iluminismo como sendo centrais a esse processo. A doutrina econômica mais primitiva, frequentemente chamada de ‘mercantilismo’, ensinava que o comércio era um jogo de somatória zero: se um lado ganhasse, o outro perdia. Tal maneira de pensar levou às políticas que hoje em dia são conhecidas como ‘protecionismo’, e hoje em dia, todos os professores de economia do país ensinam que são ineficientes e caras. A ideia de que o comércio normalmente beneficia os dois lados levou ao crescimento do livre comércio após 1815 e foi central ao estabelecimento de zonas de livre comércio na Europa e noutros lugares depois de 1950. Essa compreensão veio do Iluminismo e do pensamento de intelectuais notáveis como Smith e Hume.

Ainda mais importante era a noção de liberdade de expressão defendida pelo Iluminismo. Hoje em dia pensamos em mudança tecnológica como algo natural e óbvio; chegamos a considerar a falta da mesma uma causa de preocupação. No passado não era assim: os inventores eram vistos como pessoas desrespeitosas, rebeldes contra a ordem existente, que ameaçavam a estabilidade do regime e da Igreja, e ameaçavam o emprego das pessoas. No século dezoito, essa noção foi aos poucos mudando e abrindo caminho para a tolerância, a crença que as pessoas que tinham noções estranhas deviam ter a oportunidade de submetê-las a um teste de mercado. Muitas ideias novas foram testadas experimentalmente, especialmente na medicina, fazendo com que novas maneiras de combater doenças passaram a ser constantemente propostas e testadas (muitas vezes em pacientes que nem suspeitavam que estavam a servir de cobaia). Palavras como ‘herege’, antes usadas para descrever pessoas inovadoras, começaram a desaparecer. De fato, alguns dos personagens mais extraordinários da Revolução Industrial—sobretudo Watt e Jenner—se tornaram celebridades internacionais.

Os críticos do Iluminismo estão certos no sentido de que o mesmo não tornou os europeus submissos. A Revolução Francesa, inicialmente inspirada no pensamento do Iluminismo, acabou se degenerando num banho de sangue homicida seguido por uma ditadura militar. As duas nações mais iluminadas, a França e a Grã-Bretanha, voltaram-se uma contra a outra em 1793, numa guerra terrível que perdurou por mais de vinte anos e levou a políticas domésticas opressivas e não-iluminadas. A Revolução Americana, que como a Francesa era filha do Iluminismo, tolerava e codificava a escravatura. No século dezenove, os europeus empregaram as suas novas tecnologias para oprimir, explorar, e matar não-europeus; no final do século dezenove, eles trocaram os ideais transnacionais de alguns pensadores iluminados por um nacionalismo quase sempre feio e que ensinava às massas que odiar os vizinhos era a maneira de mostrar amor pelo próprio país; e na primeira metade do século vinte, eles se voltaram uns contra os outros com uma brutalidade e destrutividade nunca antes vista pela história.

Assim, o Iluminismo, infelizmente, não pôs fim à barbárie e à violência. Mas, pelo menos pôs fim à pobreza na maior parte do mundo que o abraçou. Quando a poeira finalmente se assentou depois das convulsões e da violência da Revolução Francesa, a Europa entrou num século do crescimento econômico (a fase conhecida como a pax Britannica) pontuado por algumas guerras curtas e localizadas. Por volta de 1914, os países que haviam experimentado o Iluminismo de alguma forma, tornaram-se ricos e industrializados, enquanto que os que não haviam experimentado ou que haviam resistido ao mesmo com sucesso (como a Espanha e a Rússia), ficaram para trás. O ‘clube’ das nações ricas foi o eixo do mundo industrializado durante a maior parte do século vinte. Mesmo depois de duas guerras gigantescas, cuja devastação teria arruinado qualquer dos antigos impérios, a Europa pôs-se novamente de pé, e hoje a qualidade de vida lá é de fazer inveja a uma boa parte da humanidade.

Por mais improvável que pudesse parecer na época, uma comunidade relativamente pequena de intelectuais, num pequeno canto da Europa do século XVIII, mudou o curso da história universal. Eles não apenas concordaram que o progresso era algo desejável; eles escreveram um programa pormenorizado de como implementá-lo, e o que é mais admirável, levaram-no adiante. Hoje em dia usufruimos de confortos materiais, acesso a informação e entretenimento, melhor saúde, de ver praticamente todos os nossos filhos chegarem à idade adulta (mesmo se optamos por ter poucos filhos), e de uma razoável expectativa de que passaremos muitos anos de uma aposentadoria economicamente segura e dotada de lazer. Essas coisas eram os luxos que Smith, Hume, Watt e Wedgwood apenas sonhavam. Entretanto, sem o Iluminismo, elas nunca teriam se tornado realidade.

O progresso tecnológico se tornou parte das nossas vidas. Nós aprendemos a esperar que a ciência e a tecnologia continuarão avançando a cada ano que passa e que iremos descobrir cada vez mais coisas sobre o mundo físico para melhorar a nossa existência material, seja na medicina, nos materiais, na energia ou na tecnologia da informação. A nossa crescente preocupação com o ambiente e a influência que a tecnologia tem tido no nosso frágil planeta está a acrescentar nuances e sofisticações a essa crença. Ignorante do impacto dos hidrocarbonetos na atmosfera, a idade do Iluminismo queimou carvão mineral sem qualquer preocupação. A nossa idade está aprendendo mais uma lição: de que precisamos mais do que nunca do progresso tecnológico, mas também precisamos ser inteligentes com o mesmo. Ben Franklin concordaria.


Notas da Tradutora:

1. Whiggish. Segundo o dicionário Merriam-Webster, ‘whiggish’ caracteriza a visão de que a história tem um percurso de inevitável progresso e melhoria e que julga o passado à luz do presente. Trata-se de um adjetivo derivado de ‘Whig’, cognome do partido político da Grã-Bretanha formado no século dezoito após a restauração da monarquia e que defendia a ‘Exclusão’ do rei católico James II e do seu filho, o próximo na linha de sucessão (ver Revolução Gloriosa, abaixo). O partido oposto, denominado ‘Tory’, acatava piamente o sistema da hereditariedade do poder. Embora na realidade os dois partidos fossem ‘conservadores’ e ‘liberais’ ao mesmo tempo, no sentido em que defendiam a manutenção de liberdades já adquiridas, no século dezenove ‘whig’ passou a ser popularmente empregado como ‘liberal’ e ‘tory’ como ‘conservador’, sendo que a acepção descrita no dicionário Merriam-Webster decorre do ideário pós-modernista do século vinte.
2. Revolução Gloriosa. Nome do golpe sem sangue ocorrido em 1688 na Grã-Bretanha, que destituiu o rei católico James II (1633-1701), sucessor de Charles II, e colocou no seu lugar o seu genro, William of Orange, que ascendeu ao trono como William III.
3. ‘Um sorriso sem gato’. Do inglês ‘a grin without a cat’, trata-se de uma citação do livro de Lewis Carroll Alice no País das Maravilhas, quando Alice disse ao bichano de Cheshire: ‘Eu já vi muitas vezes um gato sem sorriso, mas um sorriso sem gato!’ O significado da expressão é ‘coisa sem pé nem cabeça’. O uso da expressão neste ensaio de Joel Mokyr é possivelmente em referência ao filme documentário de mesmo nome produzido em 2009 por Chris Marker e baseado no seu livro The case of the grinning cat, publicado em 2004, sobre a ascensão e a decadência dos sonhos políticos da Nova Esquerda no século vinte.
4. Pall Mall. Famosa rua no centro de Londres considerada a principal via entre os setores ligados ao governo e à realeza.


Joel Mokyr é professor da Northwestern University, USA, onde é o titular da cadeira Robert H. Strotz de Artes e Ciências. Seu livro mais recente intitula-se The Enlightened Economy: Britain and the Industrial Revolution (A Economia Iluminada: A Grã-Bretanha e a Revolução Industrial, inédito em português).

Título Original: Enlightened and Enriched. We owe our modern prosperity to Enlightenment ideas.
© Dr. Joel Mokyr
Cortesia de: JM e City Journal, Summer 2010, vol. 20, no. 3 (http://www.city-journal.org), uma publicação do Manhattan Institute, editado por Brian C. Anderson
Tradutora: Joaquina Pires-O’Brien

Tradução: Joaquina Pires-O’Brien (UK)

Como citar este artigo:
Mokyr, J. (2011). Iluminados e enriquecidos: devemos nossa prosperidade moderna às ideias do Iluminismo. PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com

Norman Berdichevsky

Al igual que Bélgica, Uruguay se estableció como un amortiguador entre dos importantes naciones, Brasil y Argentina, cerca de la estratégica desembocadura del río de la Plata y en el punto de confluencia de los ríos Paraná y Uruguay. Al principio de la independencia uruguaya en 1928, el país contaba con una escasa población de 75.000 habitantes. Sólo había una ciudad importante, Montevideo, la capital. El resto de la población se encontraba dispersa entre la región noroeste donde se hablaba portugués y la región sur donde se hablaba español.

Actualmente Uruguay está reconocido como un país donde sólo se habla español pero un examen más de cerca revela vestigios del bilingüismo colonial que también contribuyó a la formación de una identidad nacional, casi por un accidente de la historia, como una “provincia perdida” de sus dos poderosos vecinos y posteriormente como un estado amortiguador neutral.
Los historiadores uruguayos llegaron a designar a los indios Charrúas, que mataron a los primeros colonizadores españoles, en la banda “izquierda” (este) del río Paraná, como los “fundadores de la nación”. Los Charrúas postergaron por más de ciento cincuenta años el asentamiento en la banda este permitiendo que Buenos Aires, en la banda opuesta, se transformarse en el puerto más importante y en el centro de asentamiento de toda la región Rioplatense, dejando a Montevideo en la sombra.

En Uruguay la lengua oficial fue determinada por la política del gobierno central que favoreció una lengua – el español – sobre su rival, el portugués. La rivalidad centenaria entre España y Portugal fue transferida al Nuevo Mundo. La poco definida y luchada frontera entre los imperios de España y Portugal había sido objeto de disputa desde el acuerdo de la “División del Mundo” entre los dos poderes ibéricos con el apoyo del Papa, con la firma del Tratado de Tordesillas de 1494.

Montevideo era la que tenía inicialmente más ventajas, con un puerto natural mejor y más adecuado para recibir grandes embarcaciones transoceánicas. Esta ventaja geográfica sobre Buenos Aires debería haber convertido su lado del gran estuario del Río de La Plata en el puerto más importante y en el centro para la latitud media de España, la colonia sudamericana de la costa atlántica. El asentamiento en la banda oriental de la bahía se vio postergado por la feroz resistencia de los indios Charrúa, hasta que en 1680 los portugueses asentados en las tierras del sur de Brasil, deseosos de expandir sus dominios, fundaron la Colonia del Sacramento, cerca de la desembocadura del río Uruguay. Cuarenta años después, el gobierno colonial español, con base en Buenos Aires, envió una expedición a través del río, circunvalando el poblado portugués, para construir un fuerte militar, el Fuerte de San José, donde hoy se encuentra Montevideo, con el objeto de explotar la bahía natural y de contener la fuerte expansión portuguesa.

Montevideo se encontraba mucho más atrasado que Buenos Aires, que había sido elegida como la capital del virreinato del Río de la Plata y se utilizó primariamente como puerto para el comercio español de esclavos africanos destinados a suplir mano de obra para las plantaciones de azúcar de Cuba. El resultado fue la presencia de una pequeña población negra que se asentó de forma permanente en la ciudad contribuyendo a un son peculiar de la música folclórica uruguaya (ausente en Argentina) conocido como el candombe.

Las vacas introducidas por los europeos pronto corrieron a sus anchas por la Pampa y sus alrededores a lo largo de los ríos donde los grandes rebaños proporcionaron una fuente de riqueza por la comercialización de cuero, pieles, carne enlatada y más tarde, con la llegada del ferrocarril y los barcos refrigerados, por la distribución de carne fresca y congelada. Este enorme recurso era explotado por los gauchos, vaqueros sin filiación política al gobierno central y sin idealismos por una nueva nacionalidad. Se resistían al control de los gobiernos centrales y a menudo peleaban entre ellos. Gradualmente todos los gauchos consideraron necesario restringir el movimiento de sus grandes manadas para facilitar y abaratar el sacrificio de las reses y el embalaje de la carne.

Como consecuencia de las Guerras Napoleónicas, Gran Bretaña se vio involucrada en el rompecabezas político de Sudamérica, cuando en 1808 capturó temporalmente a Buenos Aires y a Montevideo, después de que Napoleón invadiera España y encarcelara al rey Fernando VII. Los patriotas locales argentinos rechazaron la autoridad del virrey de paja y establecieron un gobierno interino para gobernar la colonia en nombre del legítimo Rey Fernando, aunque secretamente aspiraban a su independencia de España. En Buenos Aires la autoridad interina no consiguió mantener un control eficaz de la banda este ni de los territorios periféricos.

Cuando el virrey de paja decidió mudar su corte desde Buenos Aires a Montevideo, después de la ocupación Británica, su mera presencia provocó sentimientos de independencia en los habitantes de la banda este. Se unieron en un movimiento de sublevación pensando que podrían disfrutar de una sustancial autonomía en una Argentina independiente. Cuando su descontento con el gobierno de la nueva capital de la República Argentina independiente alcanzó un punto crítico, Argentina insistió en mantener su lealtad a Buenos Aires y en impedir que la banda este se separase.

El asunto del estado de Uruguay permanecía indefinido cuando, en 1818, el Brasil Imperial, todavía bajo dominio portugués, invadió Uruguay. Gran Bretaña había formado fuertes vínculos con los portugueses junto a quienes ayudaron a expulsar a las tropas francesas de España. En 1821, Brasil ya independiente, se anexionó a Uruguay anexionándolo como su “Provincia Cisplatina.” Esto enfureció a Argentina y provocó un inmediato intento de “rescate” para recuperar Uruguay. A pesar de haber etiquetado previamente a los líderes uruguayos de “separatistas”, “gauchos rebeldes” y “anarquistas”, las fuerzas armadas argentinas intervinieron para proteger el territorio de la “subyugación brasileña.” En 1828, ambas partes estaban exhaustas y aceptaron la propuesta de Lord John Ponsoby del Ministerio Británico de Asuntos Exteriores, y convertir la “Banda Oriental” en un estado independiente. El nombre aún figura en la designación oficial de Uruguay como la “República Oriental de Uruguay”.

La primera constitución se adoptó en 1830 y tanto el nombre oficial del país como su bandera fueron diseñados para asemejarse a los de Argentina. La bandera, con un sol radiante en el campo y rayas azules y blancas, recordaba a la de los dos estados que habían estado tan fuertemente vinculados. Argentina y Brasil mantuvieron el derecho de intervenir en Uruguay en caso de producirse una guerra civil así como el derecho de aprobar su nueva constitución. Por un tiempo, dos facciones rivales, los Colorados y los Blancos, intentaron dirigir el país hacia una política pro-Brasil y pro-Argentina respectivamente, hasta que finalmente acordaron seguir un curso estrictamente neutral.

A lo largo de 1850, las tensiones entre Brasil y Argentina permanecían altas, y ambas naciones programaban recuperar Uruguay pero el apoyo prometido por las fuerzas navales británicas evitó que ninguno de los dos países intentara desafiar abiertamente la independencia uruguaya. Brasil obtuvo una serie de derechos especiales en asuntos uruguayos como la extradición de esclavos fugados y criminales; el derecho conjunto para navegar el río Uruguay y una especial exención de impuestos para el ganado brasileño y la exportación de carne salada.

El portuñol y la controversia de la lengua a lo largo de la Frontera
El portugués continuó siendo la lengua hablada en la zona rural del norte en la frontera con Brasil pero la introducción del español en los colegios públicos fue progresando poco a poco. La importancia del portugués en la zona era considerable debido al contrabando de ganado y a la importación de frutas tropicales y subtropicales desde el cercano Brasil que resultaba más eficaz para abastecer a la región que el tener que acceder hasta Montevideo. Muchos lusismos (palabras portuguesas y expresiones en español traducidas literalmente del portugués) se deslizaron en la forma popular de hablar de Montevideo como consecuencia de la migración de los habitantes del norte a la ciudad.

El recién completado “Atlas Lingüístico del Uruguay” confirma la existencia de una franja de 25 km de anchura al norte de Uruguay donde una buena parte de la población es bilingüe o habla un dialecto local con una mezcla de español y portugués, denominado “portuñol”. La proximidad de la zona a las estaciones brasileñas de televisión ha contribuido a que la población local tienda a mantener el dialecto y un cierto nivel de conocimiento del portugués brasileño. Otra razón para mantener el idioma en la zona es que tradicionalmente las oportunidades de educación han sido siempre mejores en la parte brasileña de la frontera. La presencia continua del portuñol puede verse también como un intento de los uruguayos de reforzar un sentido de identidad nacional, particularmente entre la gente joven, un sentido de rebelión contra la política del gobierno de hablar “el español correcto” y de sentirse independientes de sus poderosos vecinos argentinos.

Varios ministros de educación uruguayos han declarado el portuñol como un dialecto “vulgar” o de “clase baja” y que la política del Ministerio de Educación debe asegurar que ambas lenguas: “español y portugués se enseñen y se hablen correctamente”, mientras que la lingüista Graciela Barrios defiende el uso del dialecto y su utilización por las jóvenes generaciones de Montevideo. Graciela ha declarado que “detrás de la normativa del manejo de la lengua, hay actitudes discriminatorias. Cuando el gobierno acusa a la gente joven de ´deformar´ el idioma de alguna manera están diciendo –No nos gusta la gente joven. La lengua de la frontera es parte de nuestro patrimonio cultural y no debe desaparecer”.

El lingüista Steven Fisher ha predicho que Brasil terminará dejando de ser un país de habla portuguesa y en el que sólo se hablará portuñol (revista brasileña Veja, 5 de Abril de 2000) lo cual, como es natural, ofende a muchos literatos e intelectuales de Brasil. También ha habido una producción significativa de literatura en portuñol así como comics regionales sobre todo en Uruguay y en Brasil y una novela seria, Mar Paraguayo, escrita por el autor brasileño Wilson Bueno (1992).

A pesar de todo, tan tarde como durante la junta militar en 1970, la política uruguaya para la lengua y la educación había alcanzado una actitud tan negativa hacia el dialecto que se colocaron grandes carteles en la frontera dirigidos a los padres diciendo “Si quiere a sus hijos: Hable Español. Recuerde-ellos le imitan”.

La búsqueda de la identidad uruguaya
Uruguay tiene un fuerte resentimiento contra la asunción de Argentina de hablar en nombre de toda la región rioplatense como si Uruguay fuese todavía la olvidada provincia del “Borde Oriental”. A los uruguayos no les gusta ser subestimados pero a veces se compadecen de sí mismos o se muestran irónicos al mismo tiempo que se burlan de la ignorancia que existe en el exterior acerca de su país. Una canción popular de naturaleza patriótica habla de Uruguay como el país que “por el mapa no se ve”. Un chiste conocido entre los uruguayos judíos que emigraron a Israel es como sigue:

Varios inmigrantes judíos de Etiopía, Rusia y Latinoamérica están charlando en Israel y quejándose del trato que reciben por parte de los veteranos israelíes. Un etíope dice: en Etiopía nos llaman “malditos judíos” pero aquí en Israel nos llaman”negros miserables”. El ruso dice: Sí, en Rusia nos llaman “malditos judíos” pero aquí sólo somos “rusos miserables”. Uno de los sudamericanos asiente y dice: Es verdad, en Uruguay nos llaman “malditos judíos” y aquí todo lo que dicen es “argentinos miserables”.

Muchos uruguayos están convencidos de que Carlos Gardel, la mayor figura del tango a nivel mundial y elevado a icono nacional en Argentina, nació en realidad en Uruguay pero que la verdad se había escondido utilizando un certificado de nacimiento falso y documentos de inmigración mostrando que había nacido en Francia y que se había trasladado a Argentina cuando tenía dos años. Gardel era el más famoso pero no el único artista, poeta, escritor, músico o actor que se cruzó a la “banda Oeste” en busca de fama y fortuna en Buenos Aires, donde el mercado económico y cultural era mucho mayor.

Tanto Argentina como Uruguay atrajeron a numerosos inmigrantes de España, Italia, las Islas Canarias y países centroeuropeos y de Europa del Este. Uruguay, aunque más pequeño, tuvo más éxito estableciendo instituciones libres y alcanzó un alto nivel de educación para muchos de sus ciudadanos, conservando las libertades esenciales, y promovinendo el bienestar social convirtiéndose en un paraíso para los refugiados. Han ganado la copa mundial de fútbol en varias ocasiones y vencer a sus archirrivales en el campo de juego les ha ayudado a consolidar un fuerte sentido de identidad nacional. Aunque hablado por una minoría de la población, el portiñol es un elemento adicional que convierte a Uruguay en una nación inconfundible y orgullosa de su historia.


Norman Berdichevsky es autor, escritor, ensayista, editor, investigador, traductor, conferenciante y profesor universitario. Natural de Nueva York y residente en Orlando, Florida, realizó un doctorado en geografía humana en la Universidad de Wisconsin, Madison, en 1974. Acaba de publicar dos nuevos libros: The Left is seldom right y An introduction to Danish culture (La Izquierda raramente está cierta; Introducción a la cultura danesa, – ninguno de ellos traducido al español), los cuales pueden ser adquiridos través de la siguiente página de internet: http:www.newenglishreview.org

Título Original: ‘Portunhol and other Hurdles of Uruguaian identity’
© Dr. Norman Berdichevsky
Cortesia de: NB
Tradutora: Monica Racero (Ipswich, UK)

Como citar este artigo:
Berdichevsky, N. (2011). Portuñol y otros problemas en la identidad uruguaya. PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com

Norman Berdichevsky

Da mesma forma que a Bélgica, o Uruguai estabeleceu-se como um estado amortizante entre duas nações importantes, Brasil e Argentina, na vicinidade da desembocadura do rio da Prata e no ponto da confluência dos rios Paraná e Uruguai. Logo após a independência uruguaia alcançada em 1828, o país contava com uma escassa população de 75.000 pessoas. Montevidéu, a capital, era a única cidade. A população restante era dispersa entre a região noroeste de falantes de português e a região sul de falantes de espanhol.

Embora hoje em dia o Uruguai seja reconhecidamente um país falante de espanhol, um exame mais de perto revela resquícios do bilinguismo colonial que também contribuiu para a formação de uma identidade nacional. A formação da identidade nacional uruguaia ocorreu quase como um acidente da sua própria história, primeiramente como a ‘província perdida’ dos seus poderosos vizinhos e mais tarde no seu papel de estado-tampão.

Alguns historiadores uruguaios chegaram a designar os índios Charruas, que mataram os primeiros colonizadores espanhóis na margem ‘esquerda’ (leste) do rio Paraná como sendo os ‘fundadores da nação’. Os Charruas postergaram por mais de cento e cinquenta anos o povoamento da chamada ‘Banda Oriental’, o que permitiu que Buenos Aires, localizada na margem oposta, se tornasse um importante porto e o centro do povoamento de toda a região Riopratense, deixando Montevidéu na sua sombra.
No Uruguai a língua oficial foi determinada pela política do governo central de favorecer uma língua– o espanhol – sobre a língua competidora, o português. A rivalidade centenária entre a Espanha e Portugal foi transferida para o Novo Mundo. As fronteiras mal definidas e contestadas entre os impérios da Espanha e de Portugal já eram um objeto de disputa desde o acerto da ‘Divisão do Mundo’ entre os dois poderes ibéricos com o apoio do Papa, através do Tratado de Tordesilhas de 1494.

Montevidéu era que tinha a vantagem original, com um porto natural melhor e bem mais adequado para receber grandes embarcações transoceânicas. Esta vantagem geográfica sobre Buenos Aires deveria ter feito da Banda Oriental da baía não só o grande estuário do rio da Prata, mas também o maior porto. Se isso tivesse ocorrido a colônia da costa leste sul-americana teria sido o centro da expansão espanhola na América do Sul. Entretanto, a povoação da Banda Oriental foi de tal forma atrasada pela feroz resistência dos índios Charruas, que por volta de 1680 os portugueses assentados nas terras do sul do Brasil, desejosos de expandir seus domínios, fundaram a Colônia do Sacramento, perto da desembocadura do rio Uruguai. Quarenta anos depois, o governo colonial espanhol, com base em Buenos Aires, mandou uma expedição cruzar o rio e contornar o povoamento português para construir um forte militar no local que ficou conhecido como Forte de San José, onde hoje fica Montevidéu, com vistas a explorar a baía natural e conter futuras expansões portuguesas.

Montevidéu ficou bem para trás de Buenos Aires, que havia sido escolhida para ser a capital do vice-reinado do Rio da Prata, sendo usada primariamente como um porto de comercialização de escravos africanos destinados a suprir mão de obra para as plantações de cana-de-açúcar de Cuba; o resultado foi a presença de uma pequena população de negros que se assentou na cidade, conferindo um som distinto na música folclórica uruguaia (ausente na Argentina), conhecido como candombe.

O gado que os europeus haviam introduzido logo se tornou selvagem e se espalhou por toda a região dos pampas e nos arredores do mesmo bem como ao longo dos rios. As grandes manadas acabaram se tornando uma fonte de riqueza com a produção de couro, peles e bife enlatado, e depois da chegada da estrada de ferro e dos navios dotados de refrigeradores, também de bife fresco e congelado. Este enorme recurso era explorado pelos gaúchos, boiadeiros sem vínculos políticos significativos a qualquer governo central ou ideário de qualquer nacionalidade nova. Eles resistiam ao controle de governos centrais e frequentemente brigavam uns com os outros. Apenas gradualmente os gaúchos optaram por restringir o movimento das suas boiadas para facilitar o abate e a embalagem da carne de boi.

Uma das consequências das Guerras Napoleônicas foi o fato da Grã-Bretanha ter se envolvido no quebra-cabeça político da América do Sul, quando em 1808 capturou temporariamente Buenos Aires e Montevidéu, depois de Napoleão ter invadido a Espanha e mandado prender o rei Ferdinando VII. Os patriotas argentinos não aceitaram a autoridade do vice-rei fantoche e estabeleceram um governo interino para governar a colônia em nome do legítimo Rei Ferdinando, apesar de secretamente aspirar a independência da Espanha. Em Buenos Aires a autoridade interina não conseguiu manter um controle eficaz da outra banda e dos seus territórios mais distantes.

Quando o fantoche de vice-rei decidiu mudar a sua corte de Buenos Aires para Montevidéu, após a ocupação Britânica, a sua mera presença provocou sentimentos de independência nos habitantes da Banda Oriental. Eles se juntaram ao movimento rebelde na crença de que teriam uma substancial autonomia como parte de uma Argentina independente. Quando a sua insatisfação com o governo da independente República Argentina atingiu um ponto crítico, a Argentina insistiu na lealdade a Buenos Aires e procurou impedir que a Banda Oriental se separasse.

A questão da situação do Uruguai ainda permanecia indefinida em 1818, quando o governo Imperial no Brasil, ainda sob o domínio português, invadiu o Uruguai. Na altura, a Grã-Bretanha havia formado vínculos firmes com os portugueses por tê-los ajudado a expulsar as tropas francesas da Espanha. Em 1822, o Brasil já independente anexou o Uruguai designando-o como a sua ‘Província Cisplatina.’ Isso causou furor na Argentina que imediatamente se mobilizou para tentar ‘salvar’ ou retomar a posse do Uruguai. Apesar de terem anteriormente rotulado os líderes uruguaios como ‘separatistas’, ‘gaúchos rebeldes’ e ‘anarquistas’, forças argentinas interviram para proteger o território do ‘domínio brasileiro.’ Por volta de 1828, os dois lados, já exaustos com a contenda, resolveram aceitar a solução sugerida pelo embaixador Britânico, Lorde John Ponsonby, do Gabinete de Assuntos Estrangeiros (Foreign Office) de fazer da ‘Banda Oriental’ um estado independente. O nome ‘Oriental’ ainda consta na atual designação da ‘República Oriental do Uruguai’.

A bandeira nacional uruguaia, contendo um sol radiante contra um campo azul e listras brancas, foi desenhada para parecer com a da Argentina e é uma lembrança de que os dois países foram um dia muito unidos. A Argentina e o Brasil mantiveram o direito de intervir no Uruguai no evento de uma guerra civil e para aprovar a sua nova constituição, adotada em 1830. Por algum tempo, as duas facções rivais uruguaias, os Colorados e os Blancos, tentaram guiar o país para uma política pró-Brasil ou pró-Argentina, respectivamente, até que finalmente concordaram em adotar um curso estritamente neutro.

Por volta de 1850 era alta a tensão que havia entre o Brasil e a Argentina decorrente dos esquemas de ambos para reaver o Uruguai, embora a promessa de apoio que haviam feito à Grã-Bretanha, o poder naval da época, impedia a ambos de contestar a independência do Uruguai. O Brasil obteve diversos direitos especiais do governo uruguaio tais como a extradição de criminosos e escravos fugidos, a navegação conjunta do Rio Uruguai e isenções de impostos para a importação do gado brasileiro e a exportação da carne-seca.

O portuñol e a polêmica da língua na região da fronteira
Enquanto que a introdução do espanhol nas escolas públicas ocorreu de uma forma lenta e gradativa, o português continuou a ser falado no meio rural na fronteira norte com o Brasil. A importância local do português era considerável devido ao contrabando de gado e à importação de frutas tropicais e subtropicais do Brasil, que abastecia a região de uma forma bem mais eficaz do que Montevidéu. À medida que as pessoas das zonas rurais foram migrando da parte norte para a cidade, os lusismos (palavras e expressões do português ou equivalentes das mesmas em espanhol) foram se infiltrando na fala popular de Montevidéu.

O recém completado ‘Atlas Linguístico do Uruguai’ confirma a existência de uma faixa de 25 km de largura ao norte do Uruguai onde uma boa parte da população é bilíngue ou fala um dialeto local formado pela mistura de espanhol e português designado como ‘portunhol’. Muitos linguistas insistem em diferenciar o dialeto ‘Portunhol’ da faixa norte do Uruguai com a mistura do português e espanhol também conhecida como ‘Portunhol’. Entretanto, tal distinção nem sempre é fácil de se perceber quanto mais de compreender. O fato de haver melhores oportunidades de educação formal no lado brasileiro somado à presença de diversas estações de televisão brasileira na região da fronteira têm contribuído para a tendência da população uruguaia não só de manter o dialeto ‘portunhol’ mas também de aprender um pouco do português brasileiro.

Entretanto, o ‘portunhol’ caracterizado pela mistura do português e espanhol, é um problema que preocupa as autoridades educacionais tanto do Uruguai quanto do Brasil. Numa entrevista concedida à Veja em 2000 (5 de Abril) o linguista Steven Fischer ofendeu o estabelecimento literário e os intelectuais do Brasil com sua previsão de que o Brasil eventualmente irá deixar de ser um país falante de português para ser um país falante de ‘portunhol’.

A recalcitrância do dialeto ‘portunhol’ no Uruguai é também vista como uma tentativa dos uruguaios de reforçar a sua identidade nacional. No caso particular dos jovens o ‘portunhol’ não só serve para diferenciá-los dos seus poderosos vizinhos argentinos mas também como uma forma de rebeldia contra a política governamental de ‘falar o espanhol correto’. Diversos ministros da educação do Uruguai já declararam o ‘portunhol’ como sendo um dialeto ‘vulgar’ ou ‘de classe baixa’ e que a política do ministério é assegurar que tanto o espanhol quanto o português, sejam ensinados e bem falados conforme os respectivos padrões.

A atitude contrária ao dialeto da política educacional uruguaia, culminou na década de setenta durante o governo da junta militar, quando cartazes foram colocados na região da fronteira com os dizeres ‘… Se você ama os seus filhos fale espanhol. Lembre-se de que eles o imitam!’ Uma visão diferente é a da linguista uruguaia Graciela Barrios, que insiste em defender o uso tanto do dialeto quanto do linguajar da geração jovem de Montevidéu. Segundo ela “As políticas de controle da língua esconde atitudes discriminatórias. A acusação do governo de que os jovens estão a ‘deformar’ a língua é uma forma dissimulada de afirmar – ‘Nós não gostamos dos jovens’. A língua da região da fronteira é o nosso patrimônio cultural e não deve desaparecer.”
Não se pode negar que tem havido um aumento significativo na produção literária em portunhol principalmente no Uruguai e no Brasil, não só de revistas em quadrinhos mas também de livros sérios. Um exemplo frequentemente citado é o romance Mar Paraguayo do escritor brasileiro Wilson Bueno (1992). Entretanto, segundo alguns críticos literários, o ‘portunhol’ de Bueno foi inventado pelo próprio autor, e portanto não se trata nem do dialeto colonial do norte uruguaio nem da tendência recente de misturar as duas línguas.

A busca da identidade uruguaia
É forte o ressentimento uruguaio contra a presunção da Argentina de falar em nome de toda a região riopratense, como se o Uruguai ainda fosse a província esquecida da ‘Banda Ocidental’. Ao mesmo tempo em que mostram seu descontentamento por não serem valorizados muitas vezes eles adotam atitudes de comiseração própria ou de ironia, quando zombam da ignorância que há no exterior sobre o seu país. Um exemplo da autocomiseração uruguaia é a canção popular de natureza patriótica que faz referência ao Uruguai como um país que ‘no mapa ninguém enxerga’. Outro exemplo é uma conhecida piada sobre o judeu uruguaio que imigrou para Israel, abaixo descrita:

Um grupo de imigrantes judeus formado por etíopes, russos e latino-americanos em Israel estão conversando e reclamando do tratamento que recebem dos israelenses mais antigos. Um etíope reclama: “Na Etiópia eles nos chamam… ‘Seus judeus malditos!’ mas aqui em Israel eles chamam a gente de …’Seus negros miseráveis!’” Um russo entra na conversa e diz: “É verdade, na Rússia, eles nos chamam ‘Seus judeus desgraçados!’ mas aqui é só …’Seus russos malditos!’” Nessa altura, um dos sul-americanos balança a cabeça e acrescenta: “É verdade, lá no Uruguai eles chamam a gente ‘Seus judeus amaldiçoados!’ e aqui tudo o que eles dizem é … ‘Seus argentinos desgraçados!’”

As piadas de autocomiseração dos uruguaios e a polêmica em torno do ‘portunhol’ fazem parte da busca da sua identidade nacional. Tal busca também explica porque muitos uruguaios estão convencidos que Carlos Gardel, a maior figura do mundo do tango e um ícone nacional na Argentina, nasceu no Uruguai. Entretanto, a verdade escondida por detrás de uma falsa certidão de nascimento, encontra-se nos documentos de imigração que mostram que Gardel nasceu na França e desembarcou na Argentina quando tinha dois anos de idade. Gardel foi o mais famoso ‘uruguaio’ mas não foi o único artista, poeta, escritor, músico ou ator que cruzou para a outra margem em busca de fama e fortuna em Buenos Aires, onde o mercado econômico-cultural era bem maior do que na Banda Ocidental. Um outro componente da identidade nacional uruguaia é o reforço positivo do sucesso obtido no futebol. No campo de futebol o Uruguai já venceu os seus grandes rivais em duas copas mundiais e inúmeros torneios continentais e intercontinentais.

A verdade é que o Uruguai tem uma história contemporânea própria e que em nada deve aos seus antigos contendores. Tanto a Argentina quanto o Uruguai atraíram muitos imigrantes da Espanha, Itália, Ilhas Canárias e do Leste e Centro da Europa. Apesar do seu menor tamanho o Uruguai foi mais bem sucedido em estabelecer instituições livres, dar aos seus cidadãos uma boa educação, preservar as liberdades essenciais, promover o bem-estar social e se tornar um verdadeiro paraíso dos refugiados políticos de todo o mundo.


Norman Berdichevsky é autor, escritor, ensaista, editor, pesquisador, tradutor, conferencista e professor universitário. Natural de Nova Iorque e residente em Orlando, Florida, ele obteve o seu Ph.D. em geografia humana pela Universidade de Wisconsin, Madison em 1974. Ele acaba de publicar dois novos títulos: The Left is seldom right e An introduction to Danish culture (A Esquerda raramente está certa e Introdução à cultura dinamarquesa, ambos sem tradução para o português), os quais podem ser adquiridos através da seguinte página da internet: http:www.newenglishreview.org

Título Original: ‘Portunhol and Other Hurdles of Uruguaian Identity’
© Dr. Norman Berdichevsky
Cortesia de: NB
Tradutora: Joaquina Pires-O’Brien

Como citar este artigo:
Berdichevsky, N. (2011). Portunhol e outros percalços da identidade Uruguaia. PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com

Johan Norberg

El premio Nóbel de literatura a Mario Vargas Llosa ha escandalizado a la izquierda sueca, ya que no es “uno de los nuestros”.
“Estoy algo enojada”, afirmó la crítica literaria sueca Ulrika Milles durante la retransmisión de la televisión sueca del anuncio del premio Nóbel de literatura de 2010. La élite cultural del país se dio cuenta inmediatamente de que se había producido un error en el proceso de votación de la Academia Sueca: el ganador, Mario Vargas Llosa, ya no es socialista. “Le perdí cuando se hizo neoliberal”, se quejó Milles. Muchos compartieron esta opinión.

Personas que nunca mostraron ninguna preocupación acerca de las inclinaciones políticas de otros ganadores del Nóbel (como Wisława Szymborska, autora de poesía aduladora sobre Lenin y Stalin; Günter Grass, que alabó la dictadura cubana; Harold Pinter, que apoyó a Slobodan Milošević o José Saramago, que llevó a cabo purgas de antiestalinistas del periódico revolucionario del que era editor) tuvieron la impresión de que la Academia Sueca había, finalmente, cruzado el límite. Al parecer, las tendencias políticas de Mario Vargas Llosa deberían haber descartado su candidatura para cualquier tipo de premio. Al fin y al cabo, es un liberal clásico al estilo de John Locke y Adam Smith.

Periodistas y autores de la izquierda sueca, partidarios del estatismo, indicaron que Vargas Llosa se convirtió en un “traidor” durante los 80, cuando renunció al socialismo e incluso se presentó a las elecciones presidenciales del Perú con una agenda liberal. Sugirieron que probablemente su estilo de vida privilegiado, fruto de su éxito como escritor, minó su capacidad de sentir empatía y ser solidario con los pobres y oprimidos.

En el periódico más relevante de Suecia, Aftonbladet, las opiniones de tres escritores el día después del anuncio del premio fueron extremadamente críticas. Uno de los autores indicó que el premio suponía una victoria de la derecha sueca. Otro, que lo era de la derecha latinoamericana autoritaria. También se calificó a Vargas Llosa no solo de neoliberal sino también de machista (Vargas Llosa no sabía que hoy en día solo las escritoras pueden escribir sobre sexo. Al parecer, si lo hace un hombre es porque tiene mal gusto y es chauvinista).

Martin Ezpeleta, de Aftonbladet, afirmó incluso que el premio representaba una victoria para el racismo, ya que Vargas Llosa escribió en una ocasión un ensayo crítico acerca de la ideología del multiculturalismo. Ezpeleta prefirió ignorar el hecho de que el artículo también apostaba por una política inmigratoria más abierta, hasta que sus afirmaciones fueron rebatidas y se vio obligado a omitir con disimulo su acusación de racismo y pretender que nunca se había producido.

Fue Flamman, un periódico muy izquierdista, el que sugirió calma a sus correligionarios. Según el periódico, Vargas Llosa es, en efecto, un liberal, pero también es un escritor genial y una “elección excelente” para el premio Nóbel. Ciertamente, lo es. Incluso si uno odia los mercados, el libre comercio y otras cosas de las que Vargas Llosa se declara partidario, es difícil negar que es uno de los mejores narradores de nuestro tiempo.

Vargas Llosa ha escrito algunas historias sencillas, algunas incluso irrelevantes, pero novelas como La fiesta del chivo y La guerra del fin del mundo son obras ambiciosas de un tipo que ya no se estila, en unos tiempos en los que la mayoría de escritores solo tiene paciencia suficiente para compartir con su público sus bares favoritos y sus trágicas historias de amor. En sus mejores momentos, Vargas Llosa es la respuesta literaria a los científicos de la teoría de cuerdas: gestiona más dimensiones de las que podemos experimentar con nuestros sentidos. Como Víctor Hugo, encapsula una era o la tragedia de un país en unos pocos capítulos, pero como los mejores escritores de intriga, también nos mantiene en suspense con tramas dramáticas. Como los grandes escritores rusos, es capaz de administrar un gran número de personajes, cuyas relaciones, conversaciones y su desarrollo interno generan el auténtico escenario de la historia.

Vargas Llosa fluye entre estas dimensiones, cambia la narrativa y el tiempo para contar la historia desde distintos ángulos y hacerla más completa y, a la vez, más compleja. Su técnica es elaborada pero, simultáneamente, accesible y de fácil lectura: irresistible. Puede caracterizar de manera seria e importante los personajes más irrelevantes, y escribe acerca de la miseria y la tragedia humana en tonos humorísticos e irónicos.

Sin embargo, antes de que se dejen llevar y concluyan que Vargas Llosa es un justo merecedor del premio… ¿les he comentado que ya no es socialista? Lo fue: durante un tiempo apoyó la revolución cubana y fue un comunista convencido. Vargas Llosa cambió no porque dejara de simpatizar con los pobres y oprimidos, sino porque todavía lo hacía cuando otros empezaron a identificarse más con los revolucionarios que con aquellos por los que se llevaba a cabo la revolución. Vio a Castro perseguir homosexuales y encarcelar a la disidencia: mientras otros socialistas miraban hacia otro lado y argumentaban que el fin justifica los medios, Vargas Llosa empezó a cuestionarse las razones por las que la realización de sus ideales se parecía más a un campo de internamiento que a una utopía socialista.

Es en ese punto en el que el autor empezó a gestar la idea de que la acumulación de poder y riqueza en manos del Estado conduce al autoritarismo, y que las barreras comerciales, las normativas y la ausencia del derecho a la propiedad protegen a los poderosos e impiden a los pobres iniciar proyectos comerciales y vitales propios. Se convirtió en un liberal clásico, enfrentado permanentemente a la corrupción y al autoritarismo sin importarle con que guisa se camuflen, ya sea como juntas militares, mercantilistas de derechas o dictadores socialistas. Alzó la bandera a favor de la lucha en pro del imperio de la ley y del derecho a la propiedad de los pobres y los oprimidos.

Los intentos de caracterizar a Vargas Llosa como un simpatizante de la derecha autoritaria y conservadora en Latinoamérica producen vergüenza ajena. La única prueba que el artículo de Aftonbladet presenta es su apoyo a la candidatura de Sebastián Piñera en las últimas elecciones presidenciales chilenas. Este argumento no tiene sentido: Piñera es un político de carácter democrático y moderado que ha combatido la tradición autoritaria de la derecha chilena, y que votó en contra de Pinochet en el referéndum sobre su régimen en 1988.

Los intentos de Vargas Llosa de medir con el mismo rasero a todos los gobernantes hacen que las críticas acerca de su traición a la izquierda sean tan reveladoras: muchos intelectuales han condenado las dictaduras de derechas de Perú y Chile, y muchos han criticado los regimenes dictatoriales de izquierdas en Cuba y Nicaragua. Muy pocos han, como Vargas Llosa, mostrado su oposición a ambos.

Si eso es un ataque a la izquierda, lo es porque esta ha puesto todas sus esperanzas en generaciones sucesivas de caudillos como Castro y Chávez. Los que insisten en que las normas de la democracia deberían aplicarse a sus héroes se convierten en traidores, rajados, conservadores. Vargas Llosa encarna un papel muy desagradecido: el del esclavo en el carro de la victoria, que entre susurros recuerda al poderoso la temporalidad de la gloria, la propia mortalidad. Como una vez comentó: “Por razones que se me escapan, aquellos que defendemos la libertad de expresión, las elecciones democráticas y el pluralismo político en Latinoamérica somos tachados de conservadores por sus intelectuales”.

Los intentos de politización de un premio literario y la exigencia de que los autores sean izquierdistas con carné del partido no son muy esperanzadores. Sin embargo, es posible que los críticos tengan algo de razón: quizás no es posible separar las novelas de Vargas Llosa de sus opiniones políticas, su obra literaria de su fe en la libertad. En un ensayo acerca de la escritura, escribió: “la literatura de calidad es radical, y nos presenta interrogantes radicales sobre el mundo en el que vivimos”. También afirmó que la literatura es “el sustento de los espíritus rebeldes, el promulgador de disconformidades”.

Se podría incluso decir que la Academia Sueca comparte la misma opinión, ya que otorgó a Vargas Llosa el premio “por cartografiar las estructuras del poder y por sus incisivas representaciones de la resistencia, revolución y derrota del individuo”. La diferencia entre él y sus adversarios, sus otrora amigos, radica en que Vargas Llosa se toma ese poder y esa capacidad de resistencia muy en serio. Para él no son solo ficción.


Johan Norberg es periodista y escritor sueco. Es el autor de Financial Fiasco: How America’s Infatuation with Home Ownership and Easy Money Created the Economic Crisis (El fiasco financiero: cómo la pasión inmobiliaria y crediticia norteamericana causó la crisis económica).
Título original: Don’t Give Him the Nobel – He’s Right-Wing!
© Dr. Johan Norberg
Cortesía de: JN y Spiked-online (http://www.spiked-online.com)
Traducción de: Jo Serra

Referencia:
Norberg, J. No le den el Nóbel… ¡es de derechas! PortVitoria, UK, v. 3, Jul-Dec, 2011. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com