Francis Fukuyama

La ola democrática
Karl Marx mantenía que basta la simple existencia de fuerzas y condiciones sociales para determinar ideologías. Sin embargo, para que las ideas adquieran masa crítica es necesario que hagan referencia a las preocupaciones de la gran mayoría de la población. En la actualidad, la democracia liberal es la ideología predeterminada en la mayor parte del mundo, gracias en parte a la existencia de determinadas estructuras socioeconómicas que la favorecen y a las que esta responde. Cambios en dichas estructuras podrían tener consecuencias ideológicas, de la misma manera que cambios ideológicos pueden tener consecuencias socioeconómicas.

Casi todas las ideas de envergadura que han modelado las sociedades humanas hasta los últimos 300 años eran de naturaleza religiosa, con la notable excepción del confucionismo en China. La primera ideología secular relevante en ejercer un efecto global duradero fue el liberalismo, una doctrina asociada al auge de las clases medias, en primer lugar de carácter comercial y, posteriormente, industrial, en ciertas partes de Europa en el siglo XVII. Por clases medias nos referimos a aquellas personas que no están ni en la parte superior ni inferior de sus sociedades en lo que respecta a ingresos, con estudios secundarios como mínimo, y que poseen bienes inmuebles, propiedades duraderas o sus propios negocios.

Como indicaron pensadores clásicos como Locke, Montesquieu y Mill, el liberalismo sostiene que la legitimidad de la autoridad del estado deriva de la capacidad de este de proteger los derechos individuales de sus ciudadanos, y que el poder del estado debe estar limitado por su sometimiento a las leyes. Uno de los derechos fundamentales a proteger es el derecho a la propiedad privada: la Revolución Gloriosa de Inglaterra de 1688 – 1689 fue crítica con el desarrollo del liberalismo moderno, ya que, por primera vez, estableció el principio constitucional de que el estado no puede, legalmente, imponer impuestos a sus ciudadanos sin su consentimiento.

Al principio, el liberalismo no necesariamente implicaba una adhesión a los principios democráticos. Los whigs que apoyaban los acuerdos constitucionales de 1689 acostumbraban a ser los terratenientes más acaudalados de Inglaterra. El parlamento de ese período representaba menos del 10% de la población. Muchos liberales clásicos, como Mill, eran muy escépticos acerca de las virtudes de la democracia: creían que para ejercer una participación política responsable eran necesarias una educación y un interés, es decir, propiedad, en la sociedad. Hasta el final del siglo XIX, el voto estaba limitado por requisitos educativos y de propiedad en prácticamente toda Europa. La elección de Andrew Jackson como presidente de EE UU en 1828 y su abolición de los requisitos de propiedad para el derecho al voto de, al menos, los barones de raza blanca, fue una temprana e importante victoria para la consecución de unos principios democráticos de mayor solidez.

En Europa, la exclusión de la gran mayoría de la población del poder político y el auge de una clase trabajadora industrial facilitaron la emergencia del marxismo. El año 1848 se publicó el Manifiesto comunista, y ese mismo año una ola revolucionaria inundó los países europeos de mayor relevancia, con la excepción del Reino Unido. A partir de entonces, se inició un siglo de competición por el liderazgo del movimiento democrático entre comunistas (dispuestos a omitir el procedimiento democrático – elecciones multipartidistas – en favor de lo que creían era el principio fundamental, la redistribución económica) y los demócratas-liberales, que propugnaban una mayor participación política y el imperio de la ley para la protección de los derechos individuales, como el derecho a la propiedad privada.

La lealtad de la nueva clase trabajadora industrial estaba en juego. Los primeros marxistas creían que podrían ganar mediante su superioridad numérica: a partir de la ampliación del derecho a voto en el siglo XIX, organizaciones como el partido laborista del Reino Unido y el partido socialdemócrata alemán ganaron prominencia a costa de poner en entredicho la hegemonía de conservadores y liberales tradicionales. El auge de la clase trabajadora sufrió una resistencia muy considerable, frecuentemente mediante medios no democráticos. Los comunistas y los socialistas, consecutivamente, abandonaron la democracia formal para preconizar la toma directa del poder.

Durante la primera mitad del siglo XX hubo un consenso significativo en la izquierda progresista sobre la inevitabilidad, para los países desarrollados, de la conveniencia de un cierto socialismo: el control desde el gobierno de los ejes económicos necesarios para garantizar una distribución igualitaria de la riqueza. Un economista conservador como Joseph Schumpeter escribía, en 1942, en su obra titulada Capitalism, Socialism, and Democracy (Capitalismo, Socialismo y Democracia), que el socialismo acabaría por prevalecer ya que la sociedad capitalista, en términos culturales, es contraproducente. El socialismo, aparentemente, representaba los deseos e intereses de la gran mayoría de los habitantes de las sociedades modernas.

Aún así, mientras los grandes conflictos ideológicos del siglo XX se desarrollaban a nivel militar y político, se producían a nivel social cambios de grandísimo calado que ponían en entredicho el escenario dibujado por el marxismo. En primer lugar, se produjo una mejora constante del nivel de vida de las clases trabajadoras industriales, hasta el punto que un gran número de trabajadores y sus hijos pasaron a formar parte de las clases medias. En segundo lugar, el tamaño relativo de la clase obrera dejó de crecer y, de hecho, empezó a declinar, particularmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando el sector servicios empezó a sustituir a la industria en las llamadas economías postindustriales. Finalmente, un nuevo grupo sin recursos o desfavorecido emergió por debajo de la clase obrera industrial: una mezcla heterodoxa de minorías raciales y étnicas, inmigrantes recién llegados y grupos socialmente excluidos, como las mujeres, los homosexuales y los discapacitados. A partir de estos cambios, en la mayoría de las sociedades industriales la antigua clase obrera ha pasado a ser otro grupo de interés doméstico que usa el poder político de los sindicatos para proteger los derechos ganados gracias a las grandes luchas de épocas anteriores.

El término clase, en su aspecto económico, demostró no ser una buena pancarta bajo la cual movilizar políticamente a la población en países industriales avanzados. La Segunda internacional sufrió un despertar dramático en 1914, cuando las clases obreras de Europa abandonaron las llamadas a la lucha de clases y se alinearon con los líderes conservadores para emitir eslóganes nacionalistas, un patrón que perdura hasta nuestros días. Muchos marxistas intentaron encontrar explicaciones a este fenómeno, según el académico Ernest Gellner, mediante lo que llamaron la teoría de la “dirección incorrecta”:

Tal y como los musulmanes chiítas sostienen que el arcángel Gabriel cometió un error al realizar su llamada a Mahoma cuando en realidad el mensaje estaba destinado a Ali, a los marxistas les gusta pensar que el espíritu de la historia o la consciencia humana cometió un error terrible. El mensaje estaba destinado a las clases, pero por error se entregó a las naciones.

Gellner prosiguió su argumentación con el razonamiento de que la religión en Oriente Medio cumple una función similar a la del nacionalismo. Moviliza a las personas de manera efectiva porque tiene un contenido espiritual y emocional del que la conciencia de clase carece. Tal y como el nacionalismo europeo tuvo como motor el desplazamiento de los europeos del campo a la ciudad a finales del siglo XIX, el islamismo es una reacción a la urbanización y el desplazamiento que se lleva a cabo en las sociedades del Oriente Medio contemporáneo. Básicamente, la metafórica carta nunca se entregará a la dirección marcada “clase”.

Marx creyó que las clases medias, o la parte de estas con capital que él llamó la burguesía, siempre serían una minoría privilegiada en las sociedades modernas. Sin embargo, la burguesía y la clase media acabaron constituyendo la mayoría de la población en los países desarrollados, lo que puso en entredicho las teorías socialistas. Desde los días de Aristóteles, los pensadores han sostenido que las bases de una democracia estable son una clase media amplia, y que sociedades con capas afluentes y pobres extremas pueden sufrir los efectos de dominaciones oligárquicas o revoluciones populistas. La creación de sociedades basadas en las clases medias por parte del mundo desarrollado implicó el eclipse del marxismo. Los únicos lugares donde el radicalismo de izquierdas prevalece como una fuerza notable son áreas con grandes desigualdades como partes de Latinoamérica, Nepal y determinadas regiones orientales de la India.

Lo que el politólogo Samuel Huntington llamó la tercera ola de la democratización global, iniciada en el sur de Europa en los años 70 y que culminó con la caída del comunismo en Europa del Este en 1989, aumentó el número de democracias en el mundo de 45 en 1970 a más de 120 a finales de los 90. El crecimiento económico ha generado el crecimiento de nuevas clases medias en países como Brasil, India, Indonesia, Sudáfrica y Turquía. Como el economista Moisés Naím indicó, estas clases medias gozan de grandes niveles educativos, poseen bienes inmuebles y están tecnológicamente bien conectadas al mundo exterior. Tienen altos niveles de exigencia de sus gobiernos, y se movilizan con facilidad dado su gran acceso a la tecnología más avanzada. No debería sorprender a nadie que los principales instigadores de la Primavera Árabe sean ciudadanos de Túnez y Egipto cuyas expectativas laborales y su participación política se han visto frustradas, hasta la fecha, por las dictaduras bajo las que vivían.

Las clases medias no son democráticas por principio: como todo el mundo, son actores con sus propias prioridades que pretenden proteger sus intereses y su posición. En países como China y Tailandia, las clases medias se han sentido amenazadas por los requisitos redistributivos de los menos favorecidos y, por lo tanto, han apoyado gobiernos autoritarios que protegen sus intereses de clase. Además, las democracias no necesariamente cumplen las expectativas de sus clases medias, lo que puede generar su descontento.

La mejor de las malas opciones
Hoy en día, hay un consenso global general sobre la legitimidad, como mínimo en principio, de la democracia liberal. En palabras del economista Amartya Sen, “A pesar de que la democracia no se practica de manera universal, ni se acepta de manera uniforme, para la opinión mundial los métodos democráticos de gobierno han ganado un estado de aceptación general”. Generalmente, en países que han llegado a niveles de prosperidad material suficiente se acepta que una mayoría de sus ciudadanos se considere clase media: esta es la razón por la que acostumbra a haber una correlación entre altos niveles de desarrollo y democracias estables.

Algunas sociedades como las de Irán y Arabia Saudita rechazan la democracia liberal en pro de una forma de teocracia islámica. Sin embargo, estos regimenes no tienen ninguna posibilidad de desarrollo, y solo sobreviven mediante sus vastos recursos petrolíferos. En el pasado se podía considerar que existía una gran excepción árabe a la tercera ola democratizadora, pero la Primavera Árabe ha probado que las sociedades árabes se pueden movilizar contra las dictaduras de la misma manera que las poblaciones de Europa del Este y Latinoamérica. Por supuesto, esto no implica que la vía para conseguir democracias funcionales en Túnez, Egipto o Libia sea fácil o sencilla, pero sugiere que el deseo de libertad y participación política no es una peculiaridad de europeos y americanos.

La amenaza principal para la democracia liberal hoy proviene de China, que combina un gobierno autoritario y, parcialmente, una economía de mercado. China es la heredera de una larga y orgullosa tradición de gobiernos burocráticos de gran calidad, de más de dos milenios de antigüedad. Sus líderes han gestionado una transición de gran complejidad de una economía centralizada y de planificación de estilo soviético, a una economía dinámica y abierta, y lo han hecho de una manera muy competente: para ser honestos, mucho más competente que la gestión de la política económica llevada a cabo por los líderes de EE UU recientemente. Muchos admiran actualmente el sistema Chino no solo por su rendimiento económico sino porque también puede llevar a cabo decisiones complejas y de gran envergadura con una gran rapidez, sobretodo en comparación con la parálisis política que ha asolado tanto a EE UU como a Europa en los últimos años. Especialmente a partir de la reciente crisis financiera, los chinos han empezado a promover su modelo como alternativa a la democracia liberal.

Es poco probable que este modelo llegue a ser una alternativa seria a las democracias liberales fuera del ámbito asiático. En primer lugar, el modelo está determinado por una especificidad cultural: el gobierno chino se constituye a partir de una larga tradición de incorporaciones meritocráticas, pruebas de acceso del funcionariado y un gran énfasis en la educación, además de la deferencia a la autoridad tecnocrática. Pocos países en vías de desarrollo pueden emular este modelo: aquellos que lo han intentado, como Singapur y Corea del Sur (como mínimo en períodos anteriores) ya estaban en la órbita cultural china. Incluso los chinos son escépticos acerca de si su modelo puede ser exportado; el llamado consenso pequinés es una invención occidental y no china.

Tampoco es claro si el modelo es sostenible. Ni el crecimiento basado en exportaciones, ni la toma de decisiones dirigida desde la cúspide del poder, continuarán generando resultados excepcionales de manera eterna. El hecho de que el gobierno chino no permitiera una discusión abierta sobre el desastroso accidente ferroviario de alta velocidad del pasado verano, y que no pudiera exigir responsabilidades al Ministerio de transportes, sugiere la presencia de riesgos ocultos bajo la máscara de una eficiente toma de decisiones.

Finalmente, China tiene una gran vulnerabilidad moral. El gobierno chino no impone a sus oficiales el respeto a la dignidad básica de sus ciudadanos. Cada semana se producen nuevas protestas sobre la confiscación de tierras, delitos contra el medioambiente o corrupción funcionarial. Mientras el país crece rápidamente, estos abusos pueden ignorarse. Sin embargo, este crecimiento no continuará eternamente, y el gobierno deberá pagar el precio de esta rabia contenida. El régimen ya no tiene ningún ideal bajo el que organizarse: lo gobierna un Partido Comunista supuestamente comprometido con la igualdad y que preside sobre una sociedad marcada por unas desigualdades enormes y crecientes.

Por lo tanto, la estabilidad del sistema chino no puede darse por garantizada. El gobierno chino sugiere que sus ciudadanos son culturalmente distintos y siempre preferirán una dictadura benevolente y que promueva el crecimiento económico a una democracia caótica que amenace la estabilidad social. Por otro lado, es poco probable que una clase media creciente se comportara en China de una manera distinta a la de otras clases medias en otras partes del mundo. Otros regimenes autoritarios pueden estar intentando emular el éxito de China, pero hay las probabilidades de que en 50 años el mundo se parezca a la China de hoy en día son escasas.

El futuro de la democracia
Hay una correlación notable entre crecimiento económico, cambios sociales y la hegemonía de la ideología democrática liberal en el mundo actual. Por el momento, no hay ninguna ideología que realmente pueda ponerla en cuestión. Sin embargo, hay determinadas tendencias sociales y económicas problemáticas que, si continúan, podrían amenazar la estabilidad de las democracias liberales contemporáneas y destronar a la ideología democrática como se entiende hoy en día.

El sociólogo Barrington Moore una vez aseveró, “Sin burguesía no hay democracia”. Los marxistas no consiguieron realizar su utopía comunista porque el capitalismo maduro generó sociedades de clase media en vez de sociedades de clase obrera. Sin embargo, cabe preguntarse qué pasaría si la mejora de la tecnología y la globalización debilitara a la clase media e hiciera que más de una minoría de los ciudadanos de una sociedad avanzada adquiriera el estado de clase media.

Hay un gran número de señales que indican que esta fase de desarrollo ha empezado. Los ingresos medios en EE UU se han estancado en términos reales desde los años 70. El impacto económico de este estancamiento ha sido atenuado por el hecho de que la mayoría de hogares estadounidenses han pasado a tener dos proveedores de ingresos durante la generación más reciente. Además, como el economista Raghuram Rajan ha indicado de manera muy incisiva, como los estadounidenses no parecen desear llevar una redistribución directa de los recursos, durante la última generación se ha iniciado una forma de redistribución muy peligrosa e ineficiente caracterizada por la subvención de hipotecas para los hogares con menores ingresos. Esta tendencia, facilitada por la liquidez proporcionada por China y otros países, puede dar a la mayoría de norteamericanos la impresión de que su nivel de vida ha estado mejorando progresivamente durante la última década. En este respecto, la explosión de la burbuja inmobiliaria en 2008 y 2009 no fue nada más que un cruel retorno a los niveles medios. Actualmente, los norteamericanos pueden disfrutar de teléfonos móviles económicos, ropa barata y Facebook, pero no pueden sufragar sus propios hogares, el seguro médico o las pensiones de jubilación.

Un fenómeno más problemático identificado por el inversionista de capital de riesgo Peter Thiel y el economista Tyler Cowen, es que las ventajas proporcionadas por las olas de innovaciones tecnológicas más recientes han recaído desproporcionadamente en los miembros con más talento y mejor educación de la sociedad. Este fenómeno contribuyó al enorme crecimiento de las desigualdades en EE UU durante la generación pasada. En 1974, el 1% de la población con más recursos obtenía el 9% del PIB. En 2007, este índice había aumentado hasta el 23,5%.

Las políticas comerciales y fiscales han acelerado esta tendencia, pero el autentico culpable es la tecnología. En fases más tempranas de la industrialización, como la época de los tejidos, el carbón, el acero y el motor de combustión interna, las ventajas de los cambios tecnológicos siempre se transfirieron de manera significativa al resto de la sociedad en términos de empleo. Pero esta característica no es una ley de la naturaleza. Hoy vivimos en lo que la académica Shoshana Zuboff ha llamado “la edad de la máquina inteligente”, en la que la tecnología es, cada vez más, capaz de sustituir un número mayor de funciones humanas progresivamente más avanzadas. Cada avance de Silicon Valley es probable que implique una pérdida de empleos de poca calificación en la cadena económica, una tendencia que no parece que vaya a acabar en un futuro próximo.

La desigualdad siempre ha existido, como resultado de las diferencias naturales en talento y carácter. Sin embargo, el mundo tecnológico de hoy en día magnifica estas diferencias. En sociedades agrarias del siglo XIX, aquellos con grandes habilidades matemáticas no tuvieron muchas oportunidades de sacar partido a su talento. Hoy en día, pueden convertirse en ingenieros informáticos o magos de las financias y obtener una proporción de la riqueza nacional cada vez mayor.

Otro factor que socava los ingresos de las clases medias en países desarrollados es la globalización. Con la reducción de los costes de transporte y comunicación, y la entrada en el mercado laboral global de cientos de millones de nuevos trabajadores de países en vías desarrollados, los trabajos que acostumbraban a ser realizados por las clases medias de los países desarrollados pueden ahora llevarse a cabo de una manera más económica en otros lugares. Bajo un modelo económico que da prioridad a la optimización total de los ingresos, la externalización de los trabajos es inevitable.

Los daños potenciales de este fenómeno han sido contenidos mediante ingeniosas políticas e ideas. Alemania ha conseguido proteger una parte significativa de su base y mano de obra industrial, y sus empresas han conseguido seguir competitivas a nivel global. EE UU y Reino Unido, por otro lado, se han incorporado con presteza a la transición a una economía de servicios postindustrial. El libre comercio ha pasado a ser un ideología, más que una teoría. Cuando el Congreso estadounidense intentó implementar sanciones comerciales contra China por la subvaloración de su moneda, fue acusado de proteccionismo, como si las reglas de juego fueran ya iguales para todos. Se habló mucho de las maravillas de la economía del conocimiento, y de cómo los trabajos industriales sucios y peligrosos serían inevitablemente reemplazados por empleos para trabajadores muy capacitados que llevarán a cabo tareas creativas e interesantes. La verdad es que la realidad de la desindustrialización se cubrió con un tupido velo. Se ignoró el hecho de que las ventajas del nuevo orden se acumulan en un pequeño número de personas en sectores financieros y de alta tecnología, unos intereses que dominaban los medios de comunicación y las tendencias políticas generales.

La izquierda ausente
Una de las características más sorprendentes del mundo posterior a la crisis financiera es que, por ahora, el populismo ha adquirido una forma principalmente de derechas, y no de izquierdas.
En EE UU, por ejemplo, los miembros del Tea Party, un partido de retórica antielitista, votan políticos conservadores que sirven los intereses de los empresarios y las élites corporativas que dicen rechazar. Hay muchas explicaciones para este fenómeno. Estas incluyen una creencia muy profunda en la igualdad de oportunidades y no en una imprescindible igualdad de resultados, y el hecho de que problemas culturales, como el aborto y el derecho a poseer armas, prevalecen sobre los económicos.

Pero la razón más profunda por la que un apoyo general y popular a la izquierda no se ha materializado es intelectual. Han pasado varias décadas desde que desde las izquierdas se ha sido capaz de articular, en primer lugar, un análisis coherente de lo que pasa a las estructuras de las sociedades avanzadas mientras experimentan cambios económicos y, en segundo lugar, una planificación realista para proteger una sociedad de clase media.

Las tendencias principales del pensamiento de la izquierda en las últimas dos generaciones han sido realmente desastrosas ya sea como marco conceptual o como herramienta de movilización. El marxismo murió hace muchos años: los últimos creyentes en las teorías marxistas están en el ocaso de sus días. La izquierda académica reemplazó el marxismo con postmodernismo, multiculturalismo, feminismo, teoría crítica y muchísimas otras tendencias intelectuales con mayor contenido cultural que económico. El postmodernismo empieza con un rechazo a la posibilidad de una narrativa principal de la historia o la sociedad, lo que debilita su propia autoridad como altavoz de la mayoría de ciudadanos que se sienten traicionados por sus élites. El multiculturalismo valida la victimización de prácticamente todos los grupos minoritarios. Es imposible generar un movimiento progresivo en masa en base a una coalición tan heterogénea. La mayoría de los ciudadanos de clase media-baja y obrera tratados injustamente por el sistema son culturalmente conservadores y se sentirían avergonzados de verse acompañados por este tipo de aliados.

Cualquiera que sea la justificación teórica subyacente en las proposiciones de la izquierda, su mayor problema es la falta de credibilidad. En las últimas dos generaciones, la izquierda generalista ha seguido un programa democrático y social que pone el énfasis en la facilitación por parte del estado de una gran variedad de servicios, como las pensiones, los sistemas sanitarios y la educación. Ese modelo está exhausto: el estado del bienestar ha ganado tamaño, burocracia y falta de flexibilidad. Suele estar secuestrado por aquellas organizaciones que deben administrarlo, como los sindicatos. Finalmente, son económicamente insostenibles, dado el envejecimiento de las poblaciones de prácticamente todos los países del mundo desarrollado. Por lo tanto, cuando los partidos socialdemócratas llegan al poder, ya no aspiran a ser los guardianes del estado del bienestar que se creó hace décadas, y ninguno de ellos propone nuevas estrategias para unir a las masas.

Una ideología del futuro
Imagine por un momento que hay, en algún lugar, un escritor desconocido en una buhardilla diseñando una ideología del futuro que pudiera proporcionar una ruta realista a un mundo con sociedades de clase media afluentes y democracias sólidas. ¿Cómo sería esa ideología?

Precisaría, como mínimo, de un componente político y un componente económico. Políticamente, la nueva ideología necesitaría reafirmar la supremacía de las políticas democráticas sobre la economía, y legitimar de nuevo el gobierno como una expresión del interés público. Pero los planes que debería proponer para proteger los estándares de las clases medias no podría simplemente basarse en los mecanismos existentes del estado del bienestar. La ideología necesitaría rediseñar, de alguna manera, el sector público, liberándolo de su dependencia de aquellos relacionados con el mismo y usando nuevas estrategias, basadas en los avances tecnológicos, para proporcionar los servicios. Debería proponer de manera directa una mayor redistribución y presentar una ruta realista para acabar con el dominio de la política por parte de los grupos de interés.

Económicamente, la ideología no podría empezar con la denuncia del capitalismo, como si el socialismo fuera todavía una alternativa viable. La cuestión es más qué variedad de capitalismo se debe seguir, y el grado en que los gobiernos deben ayudar a las sociedades a ajustarse al cambio. La globalización no debe ser vista como un hecho inevitable de la vida, sino como una oportunidad que debe ser controlada de manera política cuidadosamente. La nueva ideología no debería ver a los mercados como un fin en sí mismos, sino que debería valorar el comercio y las inversiones a nivel global en la medida que contribuyen al crecimiento de la clase media, no solo a la acumulación nacional de riqueza.

No es posible llegar a ese punto, sin embargo, sin proporcionar una crítica seria y continua a la mayor parte de las teorías neoclásicas modernas, empezando por asunciones fundamentales como la preponderancia de las preferencias individuales y la teoría de que los ingresos totales de un país son una mediada adecuada de su riqueza. Esta crítica debería indicar que los ingresos de las personas no representan necesariamente su contribución a la sociedad. Debería ir más allá, sin embargo, y reconocer que incluso si los mercados laborales fueran eficientes, la distribución natural del talento no es necesariamente justa, y que las personas no son entidades plenamente independientes sino seres moldeados por las sociedades en su entorno.

La mayoría de estas ideas ya se han estado anunciando de manera parcial durante los últimos tiempos. El escritor debería ponerlas en orden y construir un relato coherente. Igualmente, debería evitar el problema de la dirección incorrecta indicado anteriormente. La crítica a la globalización debería vincularse al nacionalismo como una estrategia para la movilización que definiera el interés nacional más sofisticadamente que, por ejemplo, las campañas Buy American (Compre productos estadounidenses) de los sindicatos en EE UU. El producto sería una síntesis de ideas de derechas e izquierdas, independiente de las estrategias de los grupos marginales que forman los movimientos progresivos existentes. La ideología sería populista, el mensaje empezaría con una crítica a las élites que permitieron que el bien de muchos se sacrificara por el de unos pocos, y una crítica a las políticas del capital, especialmente de Washington, que benefician sobremanera a los más pudientes.

Los peligros intrínsecos en un movimiento de estas características son obvios: un rechazo por parte de EE UU de su defensa de una abertura progresiva del sistema a escala global podría provocar respuestas proteccionistas en otros lugares del planeta. En muchos sentidos, la revolución de Reagan y Thatcher tuvo el éxito que muchos de sus defensores deseaban, lo que generó un mundo más competitivo, globalizado y carente de fricciones. Además, generó niveles de riqueza enormes y creó un aumento de las clases medias en el mundo desarrollado, a la vez que propagó la democracia. Es posible que el mundo desarrollado esté en la cúspide de una serie de avances tecnológicos que no solo incrementarán su productividad, sino que también proporcionarán empleo de manera significativa a un gran número de ciudadanos de clase media.

Sin embargo, este escenario es más una cuestión de fe que un reflejo de la realidad empírica de los últimos 30 años, que más bien indica lo contrario. De hecho, hay un gran número de razones para pensar que las desigualdades seguirán creciendo. La concentración de riqueza actual en EE UU se reafirma a sí misma: como el economista Simon Johnson ha indicado, el sector financiera ha usado su influencia en grupos de presión para evitar formas de regulación más acentuadas. Las escuelas de las personas con recursos son mejores que nunca, mientras que las otras continúan deteriorándose. Las élites de todas las sociedades usan su mayor acceso al sistema político para proteger sus intereses, aprovechándose de la ausencia de una movilización democrática que ejerciera de contrapeso para rectificar la situación. Las élites americanas no son la excepción que confirma la regla.

Dicha movilización no se producirá mientras las clases medias del mundo desarrollado se mantengan cautivas de la narrativa de la generación anterior: que la manera de preservar mejor sus intereses consiste en la existencia de mercados cada vez más libres y estados cada vez más pequeños. La alternativa está a punto, a la espera de ser escrita.


Dr. FRANCIS FUKUYAMA es un miembro senior del Center on Democracy, Development, and the Rule of Law (Centro de desarrollo democrático y del imperio de la ley) de la Universidad de Stanford. Su obra más reciente es The Origins of Political Order: From Prehuman Times to the French Revolution (Los orígenes del orden político, desde la prehistoria a la Revolución francesa).

Título original: The Future of History. Can Liberal Democracy Survive the Decline of the Middle Class?
Fuente: http://www.foreignaffairs.com/articles/136782/francis-fukuyama/the-future-of-history

© Dr. Francis Fukuyama
Traductor: Jo Serra
Por cortesía de: Dr. Francis Fukuyama y Foreign Affairs, Enero/Febrero 2012. Copyright © 2002-2011, The Council on Foreign Relations, Inc.

Cómo citar este artículo:
Fukuyama, F. El futuro de la Historia. ¿Puede sobrevivir la democracia liberal al declive de la clase media? PortVitoria, UK, v. 5, Jul-Dec, 2012. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com/

Francis Fukuyama

A onda democrática
As forças e as condições sociais não “determinam” simplesmente as ideologias, como Karl Marx afirmou uma vez, pois as ideias não se tornam poderosas a menos que toquem nas preocupações de um grande número de pessoas comuns. A democracia liberal é a ideologia default na maior parte do mundo de hoje em parte porque responde e é facilitada por certas estruturas socioeconômicas. Mudanças nessas estruturas podem ter consequências ideológicas, da mesma forma que as mudanças ideológicas podem ter consequências socioeconômicas.

Quase todas as ideias poderosas que forjaram as sociedades humanas até os últimos trezentos anos eram de natureza religiosa, com a importante exceção do Confucionismo na China. A primeira grande ideologia secular a ter um efeito duradouro em todo o mundo foi o liberalismo, uma doutrina associada com a ascensão de uma classe média primeiramente comercial e depois industrial, em certas partes da Europa do século dezessete. Por “classe média,” eu quero dizer pessoas que não estejam nem no topo e nem na parte inferior de suas sociedades em termos de renda, que receberam pelo menos a educação secundária, e que possuem bens imóveis ou bens de longa duração, ou seus próprios negócios.

Conforme enunciado pelos pensadores clássicos como Locke, Montesquieu, e Mill, o liberalismo assevera que a legitimidade da autoridade do estado deriva da capacidade do estado de proteger os direitos individuais de seus cidadãos e que o poder estatal precisa ser limitado pela aderência à lei. Um dos direitos fundamentais a ser protegidos é o da propriedade privada; A Revolução Gloriosa da Inglaterra de 1688–89 foi decisiva para o desenvolvimento do liberalismo moderno, pois foi a primeira a estabelecer o princípio constitucional de que o estado não pode taxar legitimamente os seus cidadãos sem o consentimento destes.

De início, o liberalismo não implicava necessariamente a democracia. Os Whigs que apoiaram o acordo constitucional de 1689 tendiam a serem os proprietários mais ricos da Inglaterra; o parlamento daquela época representava menos que dez por cento de toda a população. Muitos liberais clássicos, incluindo Mill, eram céticos sobre as virtudes da democracia: eles acreditavam que a participação política responsável requeria educação e alguma cota na sociedade – isto é, ser proprietário de bens. Até o final do século dezenove, o direito de cidadania era dependente de requisitos proprietários e educacionais em virtualmente todas as partes da Europa. Assim sendo, a eleição de Andrew Jackson a presidente dos Estados Unidos em 1828 e sua subsequente abolição do requisito proprietário para votar, pelo menos para homens brancos, marcou uma primeira importante vitória direcionada a um princípio democrático mais robusto.

Na Europa, a exclusão da vasta maioria da população do poder político e a ascensão de uma classe industrial de trabalhadores pavimentou o caminho do Marxismo. O Manifesto Comunista foi publicado em 1848, o mesmo ano em que revoluções se espalharam por todos os principais países da Europa com exceção do Reino Unido. E assim começou um século de competição pela liderança do movimento democrático entre comunistas, que estavam dispostos a deitar fora a democracia já estabelecida (de eleições multipartidárias) a favor daquilo que acreditavam ser a democracia concreta (de redistribuição econômica), e os liberais democratas, que acreditavam na expansão da participação política enquanto defendiam um estado de direito capaz de proteger os direitos individuais, incluindo os direitos proprietários.

O que estava em jogo era a aliança à nova classe dos trabalhadores industriais. Os primeiros Marxistas acreditavam que iriam vencer simplesmente pela força dos números: à medida que a cidadania era expandida no final do século dezenove, partidos tais como o Trabalhista do Reino Unido e o Social-Democrata da Alemanha cresceram em grandes saltos e ameaçaram a hegemonia tanto dos conservadores quanto dos liberais tradicionais. A ascensão da classe trabalhadora foi agressivamente rechaçada, frequentemente por métodos não democráticos; os comunistas e muitos socialistas, por sua vez, abandonaram a democracia formal a favor da tomada direta do poder.

Durante a primeira metade do século vinte, havia um forte consenso na esquerda progressiva de que alguma forma de socialismo – o controle governamental no comando das rédeas da economia voltado a assegurar uma distribuição igualitária da riqueza – era inevitável em todos os países adiantados. Até um economista conservador como Joseph Schumpeter escreveria no seu livro Capitalismo, Socialismo, e Democracia, publicada em 1942, que o socialismo emergiria vitorioso, pois a sociedade capitalista era culturalmente autodestrutiva. A crença era que o socialismo representava o desejo e os interesses da vasta maioria das pessoas das sociedades modernas.

Mesmo assim, enquanto os grandes conflitos ideológicos do século vinte se desenrolavam nos planos político e militar, mudanças decisivas que estavam acontecendo no plano social solapavam o cenário Marxista. Em primeiro lugar, o padrão de vida real da classe trabalhadora industrial continuou subindo, até o ponto em que muitos trabalhadores ou os seus filhos foram capazes de ingressar na classe média. Em segundo lugar, o tamanho relativo da classe trabalhadora parou de crescer, e na realidade começou a diminuir, particularmente na segunda metade do século vinte, quando o setor de serviços começou a desbancar a manufatura, gerando aquilo que foi rotulado de economias “pós-industriais”. Finalmente, um novo grupo de pobres ou desfavorecidos emergiu abaixo da classe trabalhadora industrial – uma mistura heterogênea de minorias raciais e étnicas, imigrantes recentes, e grupos socialmente excluídos tais como mulheres, gays, e deficientes físicos. Em decorrência dessas mudanças, na maioria das sociedades industrializadas a antiga classe dos trabalhadores se tornou apenas mais um grupo de interesse interno, e que ainda usa o poder político dos sindicatos laborais para proteger os ganhos obtidos com dificuldade numa era anterior.

Além disso, a classe econômica acabou não sendo mais do que uma grande bandeira usada para mobilizar as populações dos países adiantados industrializados para a ação política. A “Segunda Internacional” teve um despertar penoso em 1914, quando as classes de trabalhadores da Europa abandonaram as chamadas para a luta de classes e se alinharam sob líderes conservadores que pregavam slogans nacionalistas, num padrão que persiste até o dia de hoje. Muitos Marxistas tentaram explicar isso, e de acordo com o estudioso Ernest Gellner, através daquilo que ele chamou de “a teoria do endereço errado”:

Da mesma forma que os Mulçumanos da linha extremista Xiita sustentam que o Arcanjo Gabriel cometeu um erro, entregando a Mensagem a Maomé quando esta estava reservada para Ali, também os Marxistas basicamente gostam de pensar que o espírito da história ou a consciência humana cometeu um terrível engano. A mensagem de despertar era endereçada às classes, mas devido a um terrível engano postal, foi entregue a nações.

Gellner prosseguiu argumentando que a religião tinha uma função semelhante ao nacionalismo no Oriente Médio contemporâneo: mobiliza as pessoas com eficiência pelo fato de ter um conteúdo espiritual e emocional que a consciência de classe não tem. Da mesma forma como o nacionalismo europeu foi guiado pelo deslocamento dos europeus do campo para as cidades no final do século dezenove, assim também o Islamismo é uma reação à urbanização e ao deslocamento que está ocorrendo nas sociedades do Oriente Médio. A carta de Marx jamais será entregue no endereço indicando “classe”.

Marx acreditava que a classe média, ou pelo menos a fatia desta detentora do capital, que ele chamava de burguesia, iria permanecer sempre como uma pequena e privilegiada minoria nas sociedades modernas. Ao invés disso o que aconteceu foi que a burguesia e a classe média em geral acabaram por constituir a vasta maioria das populações da maioria dos países adiantados, criando problemas para o socialismo. Desde a época de Aristóteles, os pensadores creem que a democracia estável se apoia numa ampla classe média e que as sociedades que apresentam extremos de riqueza e de pobreza são suscetíveis ou à dominação oligárquica ou à revolução populista. Quando uma boa parte do mundo desenvolvido obteve sucesso em criar sociedades de classe média, a atração do Marxismo evaporou-se. Os únicos lugares onde o radicalismo de esquerda permanece como uma força poderosa são as áreas altamente iníquas do mundo, tais como certas partes da América Latina, o Nepal, e as regiões mais empobrecidas do leste da Índia.

Aquilo que o cientista político Samuel Huntington chamou de “terceira onda” de democratização global, que começou ao sul da Europa na década de 1970 e culminou com a queda do comunismo no Leste Europeu em 1989, incrementou o número de democracias eleitorais em todo mundo de cerca de 45 em 1970 para mais de 120 no final de década de 1990. O crescimento econômico levou à emergência de novas classes médias em países como Brasil, Índia, Indonésia, África do Sul e Turquia. Conforme sublinhou o economista Moisés Naím, essas classes médias são relativamente bem educadas, possuem bens, e estão tecnologicamente conectadas ao mundo externo. Elas são exigentes de seus governos e se mobilizam com facilidade devido ao acesso que tem à tecnologia. Não é de se surpreender que os principais instigadores dos protestos da Primavera Árabe eram tunisianos e egípcios bem educados, cujas expectativas de empregos e de participação política estavam bloqueadas pelas ditaduras sob as quais viviam.

As pessoas de classe média não apoiam necessariamente a democracia por princípio: como quaisquer outras pessoas, são atores com interesses próprios que desejam proteger as suas propriedades e suas posições. Em países como a China e a Tailândia, muitas pessoas de classe média se sentem ameaçadas pelas demandas redistributivas dos pobres e por esse motivo se dispuseram a apoiar os governos autoritários que protegiam os seus interesses de classe. Também não é o caso de que as democracias atendam necessariamente às expectativas de suas próprias classes médias, e quando não atendem, as classe médias podem se tornar irrequietas.

A alternativa menos ruim
Hoje em dia existe um amplo consenso global sobre a legitimidade, pelo menos em princípio, da democracia liberal. Nas palavras do economista Amartya Sen, “Embora a democracia ainda não seja praticada universalmente e tampouco seja aceita de uma forma uniforme, a governança democrática alcançou o status de ser considerada geralmente como correta no clima geral da opinião mundial”. A democracia é mais amplamente aceita nos países que alcançaram um nível de prosperidade material suficiente para permitir que a maioria dos seus cidadãos se considere de classe média, motivo pelo qual tende a haver uma correlação entre altos níveis de desenvolvimento e uma democracia estável.
Algumas sociedades, tais como o Irã e a Arábia Saudita, rejeitam a democracia liberal a favor de alguma forma de teocracia islâmica. Entretanto, em termos de desenvolvimento esses regimes representam fins de linha, pois são mantidos vivos apenas pelo fato de estarem apoiados sobre vastas reservas de petróleo. Apesar da grande exceção árabe à terceira onda, a Primavera Árabe mostrou que a população árabe pode ser mobilizada contra ditaduras tão rapidamente quanto as do Leste Europeu e da América Latina. Naturalmente isso não significa que o caminho para uma democracia bem lubrificada na Tunísia, Egito, ou Líbia será fácil ou simples, embora sugira que o desejo de liberdade e de participação política não é uma peculiaridade cultural dos europeus e dos americanos.

O único grande desafio da democracia liberal no mundo de hoje vem da China, que combinou um governo autoritário com uma economia parcialmente mercadejada. A China é herdeira de uma longa e orgulhosa tradição de governança burocrática de alta qualidade, que data de mais de dois milênios. Os seus líderes conseguiram realizar uma enorme e complexa transição de uma economia de estilo soviético planejada e centralizada, para outra aberta e dinâmica, e fizeram isso com uma marcante competência – francamente com mais competência do que aquela que os líderes norte-americanos mostraram recentemente na gestão de suas próprias políticas macroeconômicas. Muitas pessoas correntemente admiram o sistema chinês, não só pelos seus recordes econômicos, mas também pelo fato de conseguir tomar rapidamente decisões grandes e complexas, em comparação com a agonizante paralisia política que atingiu tanto os Estados Unidos e a Europa nos últimos anos. Em especial desde a recente crise financeira, os próprios chineses tem começado a apregoar o “modelo China” como uma alternativa à democracia liberal.

Entretanto, este modelo é improvável de vir a ser uma alternativa séria à democracia liberal em regiões fora da Ásia Oriental. Em primeiro lugar, o modelo é culturalmente específico: o governo chinês é construído em torno de uma longa tradição de recrutamento meritocrático, concursos para a entrada no serviço público, uma elevada ênfase na educação, e da deferência à autoridade tecnocrática. Poucos países em desenvolvimento tem esperanças de emular este modelo; os que tem, como Singapura e Coréia do Sul (pelo menos na época anterior), já se encontravam dentro da zona cultural chinesa. Os próprios chineses são céticos de que o seu modelo possa ser exportado; o chamado consenso de Beijing é uma invenção do Ocidente, e não chinesa.

Também não é claro que o modelo seja sustentável. Nem o crescimento empurrado pela exportação nem a abordagem de cima para baixo do processo decisório continuarão a dar sempre bons resultados. O fato do governo chinês não ter permitido uma discussão aberta sobre o desastroso acidente do trem de alta velocidade no verão passado, e não ter responsabilizado o Ministério Ferroviário, sugere que existem outras bombas-relógio escondidas por detrás da fachada de eficiência em tomadas de decisões.

Finalmente, a China está voltada para uma grande vulnerabilidade moral mais adiante. O governo chinês não obriga seus oficiais a respeitar a dignidade básica dos seus cidadãos. Todas as semanas há novos protestos sobre apropriações de terras, violações ambientais, ou corrupção grossa por parte de algum oficial. Enquanto o país está crescendo rapidamente, tais abusos podem ser varridos para debaixo do tapete. Mas o crescimento rápido não continuará para sempre, e o governo terá que pagar o preço em termos da revolta reprimida. O regime já não possui nenhuma baliza ideal em torno da qual é organizado; é gerido por um Partido Comunista supostamente comprometido à igualdade e que preside sobre uma sociedade marcada por uma desigualdade crescente e dramática.

Assim, a estabilidade do sistema chinês já não pode mais ser tida como favas contadas. O governo chinês argumenta que os seus cidadãos são culturalmente diferentes e sempre preferirão uma ditadura benevolente e promotora de crescimento a uma democracia desarrumada que ameaça a estabilidade social. Mas é improvável que uma classe média em expansão irá se portar de forma tão diferente na China do que tem se portado em outras partes do mundo. Outros regimes autoritários podem estar tentando emular o sucesso da China, mas há pouca chance de que uma boa parte do mundo venha a se parecer com a China daqui a cinquenta anos.

O futuro da democracia
No mundo de hoje há uma correlação ampla entre crescimento econômico, mudanças sociais, e a hegemonia da ideologia liberal democrática. E no momento, não há nenhuma ideologia rival impendente que seja plausível. Entretanto, algumas tendências econômicas e sociais bastante preocupantes, caso persistam, irão ameaçar a estabilidade das democracias liberais contemporâneas e destronar a ideologia democrática como é hoje entendida.

O sociólogo Barrington Moore certa vez afirmou categoricamente, “Sem burguesia não há democracia.” Se os Marxistas não ganharam a sua utopia comunista foi porque o capitalismo maduro gerou sociedades de classe média e não de classe operária. Mas e se os novos desenvolvimentos da tecnologia e a globalização solapar a classe média de uma sociedade avançada e tornar impossível que não mais que uma minoria dos cidadãos consiga alcançar a classe média?

Existem abundantes indícios de que essa fase de desenvolvimento já começou. As rendas médias nos Estados Unidos estagnaram em termos reais desde a década de 1970. O impacto econômico dessa estagnação tem sido de alguma forma amortizado pelo fato de que na geração anterior a maioria das famílias americanas passou a ter dois ganhadores de renda. Além disso, conforme argumentou persuasivamente o economista Raghuram Rajan, como os americanos estão relutantes de se engajar numa redistribuição direta, os Estados Unidos tentaram uma forma de redistribuição ineficiente e altamente perigosa na geração anterior, subsidiando as hipotecas das famílias de baixa renda. Esta tendência, facilitada por uma inundação de liquidez oriunda da China e de outros países, deram a muitos americanos comuns a ilusão de que seus padrões de vida estavam crescendo gradualmente durante a última década. A esse respeito, o estouro da bolha da casa própria em 2008–9 não passou de uma cruel reversão à média. Os americanos de hoje podem se beneficiar de celulares baratos, vestuário em conta, e do Facebook, mas eles tem dificuldades crescentes em custear suas casas próprias, seus seguros-saúde, ou bons planos de pensão para quando aposentarem.

Um fenômeno ainda mais perturbante, identificado pelo empresário de capital de risco Peter Thiel e pelo economista Tyler Cowen, é que os benefícios das ondas mais recentes de inovação tecnológica tem se acumulado desproporcionalmente a favor dos membros da sociedade mais bem educados e de maior talento. Este fenômeno contribuiu para causar o enorme crescimento da desigualdade nos Estados Unidos na última geração. Em 1974, o topo um por cento das famílias com maior renda ganhava nove por cento do PIB; em 2007, esse quinhão subiu para 23,5 por cento do PIB.

As políticas de comércio e de impostos podem ter acelerado essa tendência, mas aqui o real vilão é a tecnologia. Nas fases iniciais da industrialização – nas eras dos têxteis, do carvão, do aço, e do motor de combustão interna – os benefícios das mudanças tecnológicas quase sempre fluíam para baixo de forma significativa em termos de empregos para o resto da sociedade. Mas isso não se trata de uma lei da natureza. Hoje em dia estamos vivendo aquilo que o estudioso Shoshana Zuboff designou “a idade da máquina inteligente”, onde a tecnologia é cada vez mais capaz de substituir mais e maiores funções humanas. Cada grande avanço do Vale do Silício significa uma perda de empregos de baixa-especialização em algum lugar da economia, tendência que é improvável de cessar no futuro próximo.

A desigualdade sempre existiu, em decorrência das diferenças naturais em talentos e personalidades. Mas o mundo tecnológico de hoje em dia magnifica bastante essas diferenças. Na sociedade agrária do século dezenove, as pessoas que tinham fortes aptidões matemáticas não tinham tantas oportunidades de capitalizar seus talentos. Hoje em dia, podem se tornar magos das finanças ou engenheiros de software e ganhar parcelas cada vez maiores da riqueza nacional.

Outro fator que está a solapar a renda da classe média dos países desenvolvidos é a globalização. Em decorrência da diminuição dos custos de transporte e da comunicação e a entrada na força de trabalho global de centenas de milhares de novos trabalhadores dos países em desenvolvimento, o tipo de trabalho feito pela antiga classe média do mundo desenvolvido agora pode ser feito mais barato noutro lugar. Num modelo econômico que prioriza a maximização da renda agregada, é inevitável que os empregos sejam terceirizados.

Ideias e políticas mais inteligentes poderiam ter contido os danos. A Alemanha conseguiu proteger uma parte significativa de sua base manufatureira e da sua força de trabalho industrial ao mesmo tempo em que suas empresas continuaram competitivas globalmente. Os Estados Unidos e o Reino Unido, por outro lado, abraçaram de bom grado a transição para a economia pós-industrial baseada em serviços. O livre mercado se tornou menos uma teoria do que uma ideologia: quando os membros do congresso dos Estados Unidos tentaram retaliar com sanções comerciais contra a China por manter sua moeda desvalorizada, eles foram indignamente acusados de protecionismo, como se o campo de jogo já estivesse nivelado. Houve muita discussão animada sobre as maravilhas da economia do conhecimento, e sobre como os sujos ou perigosos empregos de manufatura seriam inevitavelmente substituídos por empregados altamente educados fazendo coisas criativas e interessantes. Isso foi um véu diáfano colocado sobre a dura realidade da desindustrialização. Tal discussão deixou de considerar o fato de que os benefícios da nova ordem convergiam desproporcionalmente para um reduzido número de pessoas nos setores de finanças e da alta tecnologia, interesses que dominavam a mídia e o debate político de modo geral.

A esquerda ausente
Uma das características mais enigmáticas do mundo de após a crise financeira é que até agora o populismo tem sido primariamente de direita e não de esquerda.
Nos Estados Unidos, por exemplo, embora a “Tea Party” seja antielitista na sua retórica, os seus membros votam em políticos conservadores que servem precisamente aos interesses dos financistas e das elites corporativas que eles afirmam desprezar. Há diversas explicações para esse fenômeno. Essas incluem uma profunda crença na igualdade de oportunidades ao invés de igualdade de renda e no fato de que certas questões culturais, como o aborto e o direito ao porte de armas, entremeiam as questões econômicas.

O maior motivo pelo qual a esquerda populista de base ampla deixou de materializar é intelectual. Diversas décadas se passaram desde que alguém da esquerda tenha sido capaz de articular, primeiro, uma análise coerente sobre o que acontece com a estrutura das sociedades avançadas à medida que sofrem mudanças econômicas e, segundo, uma agenda realista capaz de trazer alguma esperança de proteger a sociedade de classe média.

As principais tendências do pensamento de esquerda das duas últimas gerações foram, francamente, desastrosas, quer em termos de estruturas conceituais quer como ferramentas de mobilização. O Marxismo morreu muitas décadas atrás, e os poucos e antigos crentes que sobrevivem estão prestes a ingressar em abrigos de idosos. A esquerda acadêmica trocou o mesmo pelo pós-modernismo, multiculturalismo, feminismo, teoria crítica, e uma gama de outras tendências intelectuais fragmentadas, cujo foco era mais cultural do que econômico. O pós-modernismo começa com uma negação da possibilidade de qualquer narrativa mestre sobre a história ou a sociedade, desvalorizando a sua própria autoridade como porta-voz da maioria dos cidadãos que se sentem traídos pelas suas elites. O multiculturalismo dá validade a uma vitimização de praticamente todos os grupos externos. É impossível criar um movimento progressista de massa com base numa coalizão tão díspar: a maior parte dos cidadãos da classe trabalhadora e da classe média baixa vitimizados pelo sistema é culturalmente conservativa e se envergonharia de ser vista na companhia de aliados como esses.

Sejam quais forem as justificativas teóricas que forram a agenda da esquerda, o seu maior problema é a falta de credibilidade. Nas últimas duas gerações, a esquerda principal seguiu um programa social democrático voltado para o provimento por parte do estado de uma variedade de serviços como aposentadorias, saúde e educação. Tal modelo encontra-se esgotado: os estados do bem-estar social se tornaram grandes, burocráticos, e inflexíveis; frequentemente eles são tomados como reféns pelas próprias organizações que os administram, através dos sindicatos de servidores públicos; e o mais importante, são fisicamente insustentáveis devido ao envelhecimento das populações de praticamente todo o mundo desenvolvido. Assim, quando os partidos sociais democráticos chegam ao poder, eles já não aspiram ser mais do que zeladores do estado de bem estar social criado décadas atrás; nenhum deles tem uma agenda nova e excitante capaz de unir as massas.

Uma ideologia do futuro
Imagine por um momento, um obscuro escrevinhador de hoje em alguma habitação miserável, tentando criar uma ideologia do futuro capaz de indicar um caminho realista direcionado a sociedades dotadas de classes médias saudáveis e democracias robustas. Como seria essa ideologia?

Tal ideologia deverá ter pelo menos dois componentes, um político e outro econômico. Politicamente, a nova ideologia precisará reafirmar a supremacia da política democrática sobre a econômica e legitimar de novo o governo como expressão da vontade pública. Mas a agenda que ofereceria para proteger a vida da classe média não poderia se basear simplesmente nos mecanismos existentes no estado de bem estar social. Tal ideologia precisaria redefinir de alguma forma o setor público, liberando-o de sua dependência nos atuais acionistas e usando abordagens de entrega de serviços que sejam novas e suportadas pela tecnologia. Teria que argumentar abertamente para mais redistribuição e apresentar uma rota realista para por fim ao domínio político dos grupos de interesse.

Economicamente, essa ideologia não poderia começar com uma denúncia do capitalismo, como se o antiquado socialismo ainda fosse uma alternativa viável. Seria mais sobre qual o tipo de capitalismo a ser posto na mesa e até onde os governos devem ajudar as sociedades a se ajustar às mudanças. A globalização precisa ser vista não como um fato inexorável da vida, mas como um desafio e uma oportunidade que precisam ser cuidadosamente controlados politicamente. A nova ideologia não veria os mercados como fins em si próprios; ao invés, valorizaria o comércio e o investimento global de modo a que contribuam para o crescimento da classe média, e não apenas sirvam para agregar mais valor à riqueza nacional.

Entretanto, não é possível chegar a esse ponto sem fazer uma crítica séria e continuada a boa parte do edifício da economia neoclássica moderna, a começar pelas suposições fundamentais tais como a soberania das preferências individuais e a de que a renda agregada é uma medida apurada do bem-estar da nação. Essa crítica teria que notar que as rendas das pessoas não representam necessariamente as suas verdadeiras contribuições à sociedade. Teria que ir mais adiante, entretanto, e reconhecer que mesmo que os mercados de trabalho sejam eficientes, a distribuição natural de talentos não é necessariamente justa e os indivíduos não são entidades soberanas, mas seres altamente forjados pelas suas sociedades circunjacentes.

A maior parte dessas ideias já existe por algum tempo embora fragmentadas; o escrevinhador teria que colocá-las num pacote coerente. Ele ou ela também teria que evitar o problema do “endereço errado”. A crítica da globalização, portanto, teria que ser vinculada ao nacionalismo como uma estratégia de mobilização, de forma a definir o interesse nacional de uma maneira mais sofisticada do que, por exemplo, aquelas das campanhas “Compre Americano” dos sindicatos dos Estados Unidos. O produto seria uma síntese de ideias tanto da esquerda quanto da direita, independentemente das agendas dos grupos marginalizados que formam o atual movimento progressista. A ideologia seria populista; a mensagem deveria começar com uma crítica às elites que permitiram que o benefício de muitos fosse sacrificado a favor de um punhado, e com uma crítica à política financeira, especialmente em Washington, que beneficia esmagadoramente os ricos. Os perigos inerentes em num movimento desse tipo são óbvios: um retrocesso dos Estados Unidos, em particular, de sua advocacia a favor de um sistema global mais aberto poderia desencadear respostas protecionistas noutros lugares. Em muitos respeitos, a revolução Reagan-Thatcher teve êxito exatamente como os seus proponentes esperavam, trazendo um mundo cada vez mais competitivo, globalizado, e livre de conflitos. No meio do caminho, a mesma gerou uma tremenda riqueza e criou classes médias ascendentes em todo o mundo em desenvolvimento, espalhando a democracia no seu rastro. É possível que o mundo desenvolvido esteja sobre o vértice de uma série de descobertas tecnológicas que não só aumentarão a produtividade, mas também proverão empregos significativos a grandes números de pessoas da classe média.

Mas isso é mais uma questão de fé do que uma reflexão da realidade vivida nos últimos trinta anos, que aponta para a direção oposta. E de fato, há razões de sobra para pensar que a desigualdade irá continuar a piorar. A atual concentração de renda nos Estados Unidos já é autoreforçável: conforme argumentou o economista Simon Johnson, o setor financeiro tem usado o seu influente lobby para evitar formas de regulamentação mais onerosas. As escolas dos mais ricos são cada vez melhores; as de todos os demais continuam se deteriorando. Na ausência do contrapeso de uma mobilização democrática para retificar a situação, as elites de todas as sociedades utilizam o acesso que tem ao sistema político para proteger os seus interesses. As elites americanas não são nenhuma exceção a esta regra.

Essa mobilização não acontecerá, entretanto, enquanto as classes médias do mundo desenvolvido permanecerem encantadas pela narrativa da geração anterior: que os seus interesses serão mais bem atendidos por estados menores e mercados cada vez mais livres. A narrativa alternativa está lá, esperando para nascer.


Dr. Francis Fukuyama é um Membro Sênior do Centro de Democracia, Desenvolvimento, e Estado de Direito da Universidade de Stanford, sendo o seu livro mais recente The origins of political order: from prehuman times to the French Revolution.

Titulo Original: The Future of History. Can Liberal Democracy Survive the Decline of the Middle Class?
Fonte: Foreign Affairs, January/February 2012: http://www.foreignaffairs.com/articles/136782/francis-fukuyama/the-future-of-history

© Dr. Francis Fukuyama

Tradução: Joaquina Pires-O’Brien

Cortesia de: Francis Fukuyama e Foreign Affairs (revista do Council on Foreign Relations, Inc.)

Como citar este artigo:
Fukuyama, F. O futuro da História. A democracia liberal pode sobreviver ao declínio da classe média? PortVitoria, UK, v. 5, Jul-Dec, 2012. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com/

David Sheinin

Book Review of Dignity and defiance: stories from Bolivia’s challenge to globalization. by Jim Shultz, Melissa Draper, eds. Berkeley University of California Press, 2008. x + 341 pp. $60.00 (cloth), ISBN 978-0-520-25698-9; $24.95 (paper), ISBN 978-0-520-25699-6.

In mid-December 2010, tensions in several working-class neighborhoods in Argentine cities erupted into violence. As elsewhere, in the Villa Soldati, Barracas, and Villa Lugano sectors of Buenos Aires, dozens of families moved suddenly into public spaces and other vacant lands. They were without a roof, they told the media, without land. The government had forever promised them shelter; now they were taking matters into their own hands, erecting makeshift housing and making clear that they were there to stay. In the days that followed, violence in Soldati highlighted a sharp division between local residents and the “okupas” (a media-coined term referring to the occupiers and to the occupations themselves). Physical confrontations between local residents and the occupiers quickly overwhelmed the small police presence as Argentine president Cristina Fernández de Kirchner and Buenos Aires mayor Mauricio Macri each passed responsibility for the crisis to the other while exchanging insults. In two long, hot days of small, ferocious pitched battles, local residents killed three occupiers. A fourth was severely beaten after being dragged, injured, from an ambulance.

In how Argentines read the crisis, race and nation shaped the confrontations between “residents” and “occupiers.” Repeatedly, working people who lived around the public spaces in contention made their case against the occupiers by describing themselves to rapt media as the “children and grandchildren of European immigrants who had built Argentina.” They wanted their public spaces back. At the same time, there was no mistaking their racist frustration as they watched Bolivian immigrants–the occupiers–take what they viewed as one more piece of what had once been the promise of a prosperous Argentina. The “k” in the term “okupa” highlighted what many Argentines viewed as a subversive Bolivian presence in their midst (the “k” being foreign to Argentine Spanish while identified with Bolivian, nonwhite, indigenous identities). It also denoted the “K”irchner government as dupes of a massive Bolivian presence in Argentine cities–a nonwhite, impoverished presence that many Argentines across class lines had long viewed as culturally, racially, and politically dangerous.

At the height of tensions, there was word from La Paz. Bolivian president Evo Morales, the figure at the center of Dignity and defiance: stories of from Bolivia’s challenge to globalization, spoke to Bolivians in Argentina. Occupation was not the answer, he told them. Morales urged his fellow Bolivians to abandon immediately the public spaces they had occupied. That was it. There was no offer of assistance or other advice from the man who had placed Bolivia at the center of the new Latin American Left, who had led an indigenous revolution in Bolivia, who had taken on entrenched elites, who had organized dozens of marches and occupations over the years, and who had challenged United States hegemony in Latin America. Where was the firebrand leader who represented millions of working Bolivians and their struggles for dignity?

Like other national leaders in the Americas, Morales has not been immune to a range of pressures that have relegated to the back burner the interests of working Bolivians (both inside and outside the national boundary), as well as to those that have sometimes rendered the interests of working people diverse and conflicting. In this case, the only plausible explanation for Morales’s cold response to desperate and brutalized Bolivian men, women, and children in Argentina is part of what has made him a successful political leader. Quite simply, he was attending to other interests. In this case, Morales was doing a favor for a beleaguered regional ally, the Argentine president, who needed a solution fast (and whose support numbers in public opinion polls dropped a stunning 10 percent during the crisis among Argentines unhappy with her not having dislodged the Bolivians immediately).

Were one to rely exclusively on Dignity and defiance for an understanding of this and other cases of Bolivian power politics, cultural shifts, and social change over the past decade under the Evo Morales presidency, or for an analysis of Bolivian communities broadly conceived, one would be lost. This highlights both what this edited collection does exceptionally well, and what it lacks. Editors Jim Shultz and Melissa Crane Draper have assembled a collection of original chapters on Bolivia’s path to revolutionary change that is of mixed quality. While some authors purport to take their analysis past the 2005 election of Morales to the presidency, none delves deeply into Bolivia’s remarkable social change after 2005. The book is not explicitly about the post-2005 period; however, it does purport to document the Bolivian popular assault on globalization and the remarkable social revolution in that country. As such, the failure to address rapid change after 2005 is not only a problem in and of itself, but it also reflects a larger methodological weakness in these chapters. “Dignity and Defiance” is less a strong analysis of social and political forces in Bolivia over the past thirty years that brought about revolution, than a celebration of the movement Morales led and the ways in which it has challenged national and international authority in a search for social equality.

The difference is crucial. Book contributors treat the post-2005 period methodologically as a postscript to electoral victory rather than as part of an ongoing process of profound social and cultural change. The editors and some authors ensnare themselves in a tautology. In their inherent celebration of the Morales triumph, and what it meant to Bolivia (emphasized on the cover with praise for the book from Naomi Klein and Bolivian ambassador to Washington Gustavo Guzmãn), contributors to the book have neglected a key component of that triumph–the victory of political dissent in its multiple forms.

Since Morales’s Movimiento al Socialismo (MAS) came to power in late 2005, Bolivia has remained a nation in turmoil with ongoing regional, ethnic, urban, and other popular challenges to authority frequently directed at the governing party. Readers would never know that from reading these chapters. Nor would they recognize the Morales who had nothing to offer the “okupas” in December 2010.

Chapters focus directly and indirectly on the challenge to globalization. The results tend to extremes–either to the outstanding or to the very weak, depending on how far problems addressed are set from the complexities of dissent from the Morales-led social project. Melissa Crane Draper’s “Workers, Leaders, and Mothers: Bolivian Women in a Globalizing World” is superb. There has been little attention to a rich literature on women’s leadership in Bolivia over the past fifty years. Even so, the author approaches the lives of five working women to offer fascinating insights into how globalization has touched women in the past decade through interactions with NGOs, the changing nature of work, legacies of sixty-year-old women’s battles in the workplace, and shifts in how both unions and business function. Equally impressive is Nick Buxton’s “Economic Strings: The Politics of Foreign Debt,” which not only traces the history of Bolivia’s foreign debt, but also shows how the movement led by Evo Morales addressed the debt question creatively and effectively.

By contrast the chapter “And those who left: portraits of a Bolivian Exodus” is disappointing. It purports to examine the lives and motives for emigration of the more than two million Bolivians living overseas. But the chapter is a hodgepodge of one-paragraph portraits of Bolivians living elsewhere, the upheavals that have prompted emigration (from the 1952 Bolivian Revolution), and material with little relevance to the current crisis of immigrants living in other countries (including, for example, information on anti-immigrant sentiment in the United States in the 1920s). It offers little insight into the lives of the 1.5 million Bolivians in Argentina, for example, or how their departure transformed family and community in Bolivia.

The chapter “Coca: the leaf at the center of the War on Drugs” is also poor. It cobbles together the musings of six different contributors in offering an overview of familiar, long-standing contours of the cultural meanings of coca production and consumption; the U.S.-led war on drugs in Bolivia; and the links between Morales’s movement and the coca workers sector. The section on the new government’s policy on coca/cocaine is all of two pages. What became of the tens of thousands of coca workers and their families who proved the key political and social base for Evo Morales’s rise? It is as though they fell off the map.

There is a paucity of scholarship by Bolivians in this collection. Where Bolivians are included, they appear under the vague tag of “contributor” rather than “author.” Stranger still, there is almost no attention to vibrant cultural shifts in El Alto, Cochabamba, and elsewhere that accompanied political and social revolution in Bolivia. There is no mention of “cartonera” publishers Rostro asado (Oruro) and Yerba mala (El Alto) and their assault on literary and performative cultural norms. No chapter touches on the immense popularity of “lucha libre de cholitas” (“cholita” wrestling) in El Alto and elsewhere. In fact, thousands of representations of everyday cultural, social, and political subversions that helped shape Bolivia’s challenge to globalization, and have become a reflection of that challenge (often in opposition to norms set by the Morales government) have no place in this volume. In his conclusion to the book, Jim Shultz speaks of “Bolivia,” as in “Bolivia’s experience underscores … ” (p. 294), “Bolivia is resisting … ” (p. 295), and “Bolivia offers a lesson … ” (p. 295).

Despite the strengths of “Dignity and Defiance”, editors and authors have bound themselves to a single representative Bolivian utopian ideal closely tied to an uncritical Morales government vision of its own work. This, in turn, has set in place methodological barriers that limit attention to many relevant, exciting, and subversive forms of social, political, and cultural change over the past two decades –indeed, Bolivia’s most poignant challenges to globalization.


Dr David Sheinin is a professor of History at Trent University, Canada, and author of Argentina and the United States: An Aliance Contained (2008).

© Dr. David Shenin
Reprinted from: H-LatAm (April, 2011).
URL: https://www.h-net.org/reviews/showrev.php?id=31614
Date of Publication in PortVitoria: 01 Jan 2012

Citation:
SHULZ, J. and DRAPER, M., eds. Dignity and defiance: stories from Bolivia’s challenge to globalization. Berkeley, University of California Press, 2008. (cloth), ISBN 978-0-520-25698-9; $24.95 (paper), ISBN 978-0-520-25699-6. Review by: SHENIN, D. (2012). Bolivia’s ascending. PortVitoria, UK, v. 4, Jan-Jun, 2012. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com/

Fernando da Mota Lima

O affair Sakineh, o caso da mulher iraniana que em 2010 foi condenada por adultério e sentenciada com a pena de morte por apedrejamento, repõe mais uma vez no cerne dos contatos entre culturas a controversa questão universalismo versus relativismo. Antes de entrar na questão especificamente referente a Sakineh, ressalto um fato óbvio: o desapreço ou a pura e simples rejeição no presente de qualquer teoria de fundamentação universalista. Sérgio Paulo Rouanet é um dos poucos herdeiros da tradição racionalista que têm corajosamente argumentado e polemizado em defesa da razão e do universalismo. Basta que se pense nestes dois livros em muitos sentidos admiráveis: As Razões do Iluminismo e Mal-estar na Modernidade.

Seria difícil fornecer razões suficientes para a rejeição do universal no clima intelectual e ideológico hoje corrente. Uma delas parece-me evidentemente consistir no fracasso colossal de ideais utópicos inspirados na tradição do pensamento de esquerda. Embora o marxismo, por exemplo, tendesse a adotar feições nitidamente nacionalistas na periferia do capitalismo onde mais fortemente se difundiu, seu alvo último era universalista: a luta de classes sobreposta às contradições típicas do nacionalismo versus imperialismo, a comunidade utópica universal sobreposta ao enxame de particularismos que domina a cena pós-moderna.

Outra razão decorreria de uma contradição gerada pelo acelerado processo de globalização econômica e cultural. Invadidos pela maré montante da globalização, que tende a dissolver as tradicionais fronteiras que antes demarcavam as diferentes nacionalidades, assistimos a uma acentuação contraditória da defesa de valores e símbolos nacionais. Digo-a contraditória porque ela anda ombro a ombro com a absorção de símbolos que a negam. No mundo da comunicação virtual, vinculando todos os extremos imagináveis, persistem ideologias e movimentos espontâneos que espelham de modo atordoante o convívio íntimo, não raro inconsciente, do global com o local, do estranho ou longínquo com o familiar e o próximo.
O affaiar Sakineh ilustra exemplarmente a atmosfera cultural acima grosseiramente esboçada. De repente a cultura ocidental, confusamente movida por valores hedonistas e permissivos, é assaltada por valores típicos de uma ética comunitária que impiedosamente anulam qualquer veleidade de autonomia da mulher no plano da ética religiosa e sexual. Que atitude adotar diante do problema ou mesmo aporia (direi entre parênteses beco sem saída, para ser mais claro) que se abre diante da nossa perplexidade?

Para o relativista cultural, se ele quer ser coerente, parece-me que a atitude é simples. Ele simplesmente cruza os braços, pois adota uma teoria baseada no reconhecimento da singularidade irredutível de cada cultura. Noutras palavras, se cada cultura é única e portanto intraduzível numa outra, tudo que nos resta é coerentemente respeitar os valores próprios a cada cultura. Mais claramente: não há tradução ética no Ocidente, central e periférico, para o que está ocorrendo no Irã com Sakineh.

Meu argumento se desdobra precisamente na linha avessa ao relativismo. Ele se fundamenta no reconhecimento necessário de valores éticos universais. É o único meio passível de autorizar algum tipo de argumentação crítica contra o que, da minha perspectiva, constitui a expressão de uma ética pré-moderna e comunitária que precisamos lutar para que seja superada. É por acreditar no sentido de um valor moderno de procedência ocidental, com perdão do truísmo, que me oponho à punição imposta a Sakineh.

Sei que já disse o suficiente para que relativistas, pós-colonianistas e outras tribos do particularismo irredutível caiam sobre mim. Podem de pronto acusar-me de aderir, sob a pele de uma justiça imbricada no universal, à ideologia da superioridade ocidental, à justificação do imperialismo que sempre se valeu de ideais universalistas para espoliar uma infinidade de culturas periféricas às quais impôs seu poder inclemente. A história é farta de exemplos que o presente pode ampliar ao gosto do leitor ávido por reivindicar a autonomia e singularidade de cada cultura. Trocando em miúdos, esta me parece a conclusão lógica dos relativistas, ninguém tem o direito de meter o bedelho na cultura iraniana. Ela é regida por valores próprios, que decorrem de uma história e de uma formação cultural intraduzível nos termos dos valores individualistas do ocidente cujas consequências estão aí à vista de quem as queira ver: o consumismo infrene, o narcisismo que reduz o outro a puro reflexo do que espelha, o hedonismo dissolvente da unidade e dignidade éticas que antes imprimiam solidez e harmonia à família e às relações humanas fundadas na tradição e na organicidade de uma ética comunitária.

O enredo acima, oposto à babel da cultura ocidental, é sem dúvida tentador. Por isso é compreensível que tantos, inteiramente perdidos no cerne de uma cultura que parece mover-se desprovida de norte e referenciais confiáveis convertam-se a seitas irracionalistas e malandras ideadas por charlatães que vendem qualquer coisa aos mendigos da luz consoladora da religião, aos órfãos da utopia e da esperança capazes assim de renunciar à última moeda da sobrevivência material para cair nas garras de vendilhões e mistificadores da alma e da salvação que querem apenas salvar sua rapinagem num mundo em que o fetiche da mercadoria tornou-se transparência deslavada e cínica. E todavia nem um cego carente de luz mistificadora, nenhum espoliado por falsos profetas ousa remover a névoa do engodo suspensa à luz do dia das farsas que pululam nas emissoras de rádio, na TV e outdoors da cidade, na fachada das igrejas que não passam de mercadinhos da fé.

Sei que meu argumento em defesa do universalismo me expõe a críticas procedentes de todas as correntes teóricas imagináveis. Sei ainda que o próprio conceito de universalismo é vulnerável ou impreciso. Ele é produto da Europa hegemônica, com extensões norte-americanas, que portanto sempre conciliou ideais universalistas com colonialismo e imperialismo. Não sou ingênuo ou tendencioso ao ponto de ignorar esses fatos. Ainda assim, não importando o quanto limitado seja o alcance concreto dos ideais universalistas, não reluto em aderir a eles. Digamos, para simplificar esse ponto, que sejam antes um mito do que um fato, uma realidade efetiva. Pois afirmo que, mito por mito, prefiro antes o dos ideais universais do que qualquer mito particularista, como o do nacionalismo ou qualquer expressão do relativismo cultural.

O mito do universalismo, no meu entender, produz efeitos de realidade muito mais positivos. É claro que nunca alcançamos nem nunca alcançaremos a plena realização dos direitos humanos, a plena realização da dignidade humana universal. Mas a luta por esses ideais tende a produzir efeitos de realidade muito mais positivos. Quem hoje no Ocidente e suas extensões periféricas ousa defender publicamente o racismo, a inferioridade da mulher, a dominação de uma nação por outra, a supressão das liberdades civis, a unificação da religião com o Estado e semelhantes formas de opressão decorrentes de ideologias particularistas? Se nenhum grupo politicamente hegemônico ousa adotar essas ideologias perniciosas, deduzo que esse avanço civilizacional é fruto das lutas e conquistas decorrentes do mito universalista.

Mito por mito, antes um orientado para o bem do que para o mal, antes um mais amplo que restrito. A propósito, gosto sempre de lembrar uma anedota relatada por Ray Monk na sua extraordinária biografia de Wittgenstein. Certo dia um discípulo deste procurou-o ansioso por saber o que deveria fazer para melhorar o mundo. Resposta de Wittgenstein: Procure melhorar a si próprio, pois isso é tudo o que você pode fazer para melhorar o mundo. Transpondo esse sábio conselho da esfera individual para a social, do relativo para o universal, diria eu parafraseando o filósofo: procure cultivar e lutar por mitos culturais que concorram para melhorar a sociedade na qual vivemos. Diria mais: para melhorar o mundo universalmente compreendido em que vivemos. Assim você fará algo no sentido de melhorar o mundo.

Fernando da Mota Lima é poeta, ensaísta, resenhista, crítico cultural e professor universitário recentemente aposentado. O seu blog http://fmlima.blogspot.com/ é lido por milhares de pessoas em todo o mundo.

© Fernando da Mota Lima
Reimpresso do Bloque http://fmlima.blogspot.com/
Recife, 18 de junho de 2010

Como citar este artigo:
Mota Lima, F. Universalismo versus relativismo. PortVitoria, UK, v. 4, Jan-Jun, 2012. ISSN 2044-8236, https://portvitoria.com/